La guerra comercial, la batalla de las divisas y el miedo a la recesión

Urge aislar la economía y su marchamo de las aspiraciones políticas, para restablecer la confianza

Gobernar a simple golpe de tuit termina banalizando la honorable función de quienes dirigen el mundo y simplificando tanto las propuestas que complica una auténtica solución. En condiciones normales, que es lo que se le supone a personas racionales con elevadas responsabilidades, el presidente norteamericano debe perseguir con sus decisiones el bienestar de sus conciudadanos; pero si nos atenemos al ombliguismo imperante en los últimos tiempos en todos los niveles de la política global, corregido y aumentado en mandatarios como poco semipopulistas, Donald Trump supónese que trabaja por su reelección en las presidenciales de dentro de quince meses. En tal caso, o recurre a selectivas medidas proteccionistas para retener el voto de colectivos determinantes en estados determinantes, o debería dar un nuevo impulso a la economía, ya que es la palanca más considerada por el votante.

Una combinación de ambas cosas no es posible. De poco sirve presionar a la Reserva Federal para que baje los tipos de interés, como ya ha hecho, si a renglón seguido anuncia inminentes incrementos arancelarios a China, si una reacción del gigante asiático puede tener efectos redobladamente perversos para Estados Unidos. China se ha tomado esta vez en serio las amenazas de Trump y ha forzado una fuerte depreciación del yuan (ha bajado a niveles desconocidos desde 2008), que beneficiará las exportaciones asiáticas y neutralizará la bajada de tipos realizadas por la Reserva Federal. Asi las cosas, la guerra de divisas, que estaba tardando en aparecer, surge en medio de la guerra comercial, y podría precipitar una paralización adicional de los intercambios comerciales, y, por ende, de la actividad económica.

De hecho, los datos en Europa apuntan a una desaceleración del crecimiento en los servicios más intensa de lo esperado, al menos en el país manufacturero y mercantilista por excelencia, Alemania, donde el indicador PMI ha caído a los valores de hace seis años; incluso en España ha descendido a valores no registrados desde hace cinco años y medio. Si el pesimismo está instalado en Europa por la lectura que el BCE ha hecho de la situación, y su promesa de inminente bajada de tipos de interés, los datos intensifican el temor. Las Bolsas marcan caídas adicionales y los bonos, también, sobre todo los más sólidos, que funcionan como regugio del dinero.

Todo el mundo sabe que en las guerras comerciales y de divisas no hay ganadores, solo perdedores. Por tanto, urge aislar la economía y su marchamo de las aspiraciones políticas, para restablecer la confianza y un crecimiento mundial más inclusivo. Y eso precisa de diálogo, de cesiones mutuas y de buena fe.

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