Un gesto de responsabilidad política en medio del caos del Brexit

La dimisión de May abre una gran incógnita sobre el futuro inmediato del país, pero también puede ayudar a desatascar el proceso

El enorme lío en que se ha convertido el Brexit, cuya primera víctima política fue el exprimer ministro británico David Cameron en 2016, se ha llevado finalmente por delante también a Theresa May y tiene potencial suficiente para cobrarse una factura aún mayor. Tras una larga agonía en el poder que ha incluido tres intentos fallidos de lograr aprobar en el Parlamento británico su acuerdo de salida con Bruselas, una cuestión de confianza planteada por su propio partido y hasta una moción de censura, Theresa May dimitirá el próximo 7 de junio sin haber logrado cumplir su mandato de sacar al Reino Unido de la Unión Europea. Con su salida, se abre una gran incógnita sobre el futuro inmediato del país, que no pasa únicamente por saber quién será su próximo primer ministro, sino que se extiende a la propia suerte del Brexit, que vuelve a estar, si eso fuera posible, todavía más en el aire de lo que ha estado en los últimos meses de gobierno de May.

Pese a que la dimisión de la premier aumenta las posibilidades de un divorcio duro y sin contemplaciones, su dolorosa debilidad en medio del avispero en que se ha convertido el Partido Conservador británico ha convertido su posición en insostenible y hace de esta salida un gesto de honestidad y responsabilidad política. May es consciente de que la incertidumbre que está generando el tortuoso divorcio entre Londres y Bruselas no resulta beneficiosa para la economía ni para los mercados y está deteriorando a marchas forzadas la tradicionalmente sólida imagen institucional del Reino Unido.

Los tories se enfrentan ahora con la difícil tarea de elegir a un nuevo líder con fortaleza suficiente como para conducir a Reino Unido fuera de Europa, pero también para evitar ser fagocitado por las divisiones y luchas de poder del partido. El sustituto de May, para el que suenan varios nombres con posibilidades, incluído el del exministro de Asuntos Exteriores Boris Johnson, partidario de salir con o sin acuerdo el 31 de octubre, debería ser elegido antes del receso estival para que pueda acudir con plenos poderes a la convención conservadora del 29 de septiembre, un mes antes de la fecha del Brexit.

La gran pregunta es si ese plazo será suficiente para recomponer un partido dividido y enfrentado, elegir un primer ministro con capacidad para gestionar el proceso de salida y, lo que es más importante, con la responsabilidad política suficiente como para evitar que la ruptura abra una brecha entre Londres y Bruselas cuyas consecuencias sufrirán los británicos, pero también el resto de los europeos.

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