Cuando los beneficios van por libre, las empresas se portan mal

Las compañías que más dinero ganan tienden a ganar aún más, y eso frena la innovación, entre otros problemas

Letrero de la calle Wall Street, junto a la Bolsa de Nueva York.
Letrero de la calle Wall Street, junto a la Bolsa de Nueva York.

Los inversores de renta variable preocupados solo por el corto plazo pueden alegrarse. La rentabilidad de las empresas sigue en tendencia al alza en las economías desarrolladas. Todos los demás deberían estar preocupados por el motivo: la dinámica de que el ganador se lo lleva casi todo.

Esa frase la utiliza un equipo de investigación del FMI que se propuso medir el poder de fijación de precios de las empresas. Se centró en los “márgenes de beneficio”, un cálculo complejo que intenta medir la “relación entre precio y coste marginal”. El grupo, encabezado por Federico Díez y Romain Duval, examinó los estados financieros detallados de 900.000 empresas de 27 países, dos tercios de ellas de economías desarrolladas, entre 2000 y 2015.

Lo que encontraron es deprimente, aunque no sorprende. Las empresas y sectores más rentables hace 15 años lo son aún más ahora, en todo el mundo desarrollado. Más exactamente, a lo largo del periodo estudiado, los márgenes de beneficio en las economías más ricas crecieron un 6% en general, frente al 30% en las empresas que ya tenían el 10% más alto de los márgenes de beneficio.

Los autores concluyen que, en la mayoría de los casos, la fuerza motriz fue “la capacidad de una pequeña fracción de las empresas con altos márgenes para reforzar su poder de mercado”. La tendencia es desalentadora para los creyentes románticos en el poder de la competencia de mercado. Incluso aunque la competencia en recorte de beneficios sea la situación natural, la rivalidad basada en los precios parece estar disminuyendo. Esto es especialmente cierto, según el estudio, en las industrias que utilizan las tecnologías digitales de forma más intensiva.

Esto refleja una tendencia natural. En industrias sofisticadas y altamente especializadas, los líderes del mercado se benefician de los efectos de red y de las economías de escala que exprimen a los rivales más pequeños. Con pocas limitaciones en cuanto a precios, los ganadores del mercado son también ganadores en beneficios. Esta tendencia hacia una mayor rentabilidad y dominio del mercado puede causar problemas. El estudio del FMI señala varios.

Para empezar, parece que cuando las empresas se vuelven dominantes, frenan su ritmo de mejora técnica. Los investigadores del FMI estiman que si los márgenes de beneficio aumentaran entre 2015 y 2030 como en los 15 años anteriores, las principales empresas invertirán menos y crearán un 4% menos de patentes que si los márgenes de beneficio se mantuvieran en los niveles de 2015.

Luego está el efecto sobre las fusiones. Uno de los lugares comunes de la investigación académica es que las adquisiciones que aumentan la cuota de mercado rara vez valen la pena para los accionistas de las empresas adquirentes. Visto en el contexto de una cultura corporativa de altos márgenes de beneficio, eso puede no ser cierto.

Por el contrario, ahora el aumento de tamaño suele traer consigo mayores aumentos de precio. Sin embargo, la aceleración de las subidas en cuota de mercado también aceleran la llegada del punto de inflexión tecnológico, cuando las empresas tienen más que perder revolucionando su propia tecnología de lo que pueden ganar sumando nuevos clientes.

Más difícil de medir es el efecto sobre la fanfarronería en la gestión, que no se presta a un estudio demasiado cuantitativo. Sin embargo, es justo suponer que esta tendencia de los beneficios anima a la gente ya arrogante en la cima de las grandes empresas a aumentar su autoestima, porque es fácil que crean –erróneamente– que los altos beneficios son una señal de su propio mérito.

Los salarios multimillonarios encajan perfectamente con esa mentalidad, y el éxito y la enorme riqueza animan a la gente de arriba a vivir en condiciones de exclusión casi total del 99,9% de la gente. Están rodeados de aduladores y sirvientes, viajan en aviones privados y se alojan con gran lujo. No es exactamente su culpa: las fuerzas económicas y tecnológicas están relegando cada vez más el concepto de igualdad de oportunidades a los libros de texto introductorios de economía.

Probablemente sea cierto que la sociedad sería más próspera con una menor rentabilidad y jefes más responsables. Sin embargo, el remedio tradicional para los monopolios, dividirlos, no suele ser lo adecuado. Tomemos, por ejemplo, el motor de búsqueda Google, propiedad de Alphabet. Domina el mercado de la búsqueda de información online, pero es difícil ver cómo se puede dividir sin reducir la comodidad y funcionalidad para los usuarios.

La regulación directa es una forma mejor de reducir los márgenes de beneficio. Los controles y decisiones burocráticos ya determinan los caminos de la investigación, los estándares de la industria y muchas reglas de funcionamiento. La rentabilidad podría añadirse fácilmente a la lista.

La idea no es nueva. Los gremios premodernos a veces establecían “precios justos”. En los tiempos modernos, los precios de todo, desde la electricidad hasta los taxis, se han fijado por decreto administrativo en muchos países. Sin embargo, ese enfoque ha pasado de moda. Los Gobiernos, especialmente los de EE UU, llevan cuatro décadas prefiriendo confiar en la magia de los mercados para controlar los beneficios.

Como muestra el estudio del FMI, esta magia se ha ido torciendo cada vez más. Afortunadamente, hay un instrumento más contundente. Primero, decídase cuánto es suficiente. Luego, utilícense las leyes y los reglamentos para asegurarse de que las empresas y los jefes no ganen más de lo que necesitan y merecen. Casi ningún Gobierno es lo suficientemente valiente como para dar ese salto. La próxima generación podría dar los primeros pasos.

Los autores son columnistas de Reuters Breakingviews. Las opiniones son suyas. La traducción, de Carlos Gómez Abajo, es responsabilidad de CincoDías

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