Miguel Zugaza: “Necesitamos una ley de mecenazgo generosa”

Ha vuelto a su tierra a dirigir la pinacoteca bilbaína que dejó para gestionar el Museo del Prado, con el proyecto de acometer su ampliación con una inversión de 18 millones

Miguel Zugaza, director del Museo Bellas Artes de Bilbao.
Miguel Zugaza, director del Museo Bellas Artes de Bilbao.

Mira con picardía infantil varías pilas de sobres cerrados que hay al fondo de la sala de reuniones en la que se celebra la entrevista. Los matasellos indican que han llegado de todos los rincones del mundo, y cada uno de ellos contiene la propuesta de un arquitecto, muchos de ellos de renombre, advierte, para la ampliación del Museo Bellas Artes de Bilbao, un proyecto de 5.000 metros cuadrados, que estará acabado en 2022, al que se destinarán 18 millones de euros y que acogerá el depósito de obras de arte, el archivo, la biblioteca y un nuevo centro de Estudios y de documentación de arte vasco, a los que se sumarán cuatro millones adicionales para reformar el actual edificio. Finalmente, competirán por el proyecto definitivo, que se dará a conocer entre el 22 y 29 de julio: Norman Foster, Rafael Moneo, Bjarke Ingels, el estudio Snohetta, Sanaa Jimusho y Nieto Sobejano. Es el reto que se ha marcado Miguel Zugaza (Durango, Vizcaya, 1964) como director de la pinacoteca, a la que regresó después de 15 años dirigiendo uno de los principales museos del mundo, el Museo del Prado.

Su regreso a Bilbao sorprendió a muchos, que enseguida pensaron que volvería para hacer algo grande. No estaban equivocados.

Lo entiendo como algo natural, después del Prado esto significaba volver a mi casa profesional, y también en lo personal porque mi familia vive aquí. No hay nada más divertido que dirigir el Prado, y después de eso no hay más. El Bellas Artes no es tan grande, pero conecta con el arte, con la contemporaneidad. Es inspirador, es el museo que adoran los artistas. Necesitábamos ganar más espacio para las exposiciones, para las colecciones y para el público, y hacerlo con relación al crecimiento de la ciudad, abrirlo a la parte que mira a la ría.

¿A qué obedece este nuevo brío?

Este movimiento estratégico responde a un plan del museo, de acuerdo con el patronato, para afrontar el futuro. Es una apuesta de Bilbao como lugar del arte y de la cultura. Es un museo veterano, con una colección de calidad, que queremos poner al servicio de un nuevo turismo cultural. Pasar de ser un museo de consumo interior a ser un lugar atractivo para el visitante que viene de fuera. El 40% de las visitas son extranjeros y el resto son locales. La idea es cambiar los porcentajes y ampliar el número de visitas. El éxito de la operación será cuando cualquier persona de fuera tenga en su imaginario que además del Guggenheim tiene otro museo que visitar en Bilbao.

El Guggenheim ha cambiado la fisonomía de la ciudad.

También ha aportado una nueva forma de gestionar los museos, atrayendo patrocinio privado y con el deseo de ser ambiciosos con la autofinanciación. Este modelo nuevo de gestión llegó con el Guggenheim.

¿Qué nivel de autofinanciación tienen?

El objetivo es llegar al 50%. Actualmente estamos en el 40%. Pocos museos tienen este porcentaje, pero hacemos el esfuerzo por lograrlo. Tenemos que atraer y fidelizar el ámbito privado, con patronos privados y con los amigos del museo, de los que ya contamos con 3.500 personas. En los últimos dos años hemos aumentado en un millón de euros los ingresos por patrocinio, y contamos con un presupuesto de 10 millones de euros.

¿Un museo debe ser rentable?

Si buscamos la rentabilidad deberíamos cambiar la función. En un museo debemos buscar más el retorno cultural y no tanto el económico. ¿Se debe medir el éxito o el fracaso de una institución pública por cuestiones económicas? Entiendo que son indicadores que hay que medir, pero un colegio o un hospital no se miden por estas cuestiones, ni se les exige éxito. Los museos, desde que se inventaron, siempre han tenido dos funciones, cuidar del arte física e intelectualmente, y poner ese arte a disposición de la sociedad. Y tenemos que extender esa experiencia de arte que ofrecemos, no a más público sino a otro tipo de público.

¿Los jóvenes son la asignatura pendiente de los museos?

Los museos se inventan para democratizar la experiencia del arte, y tenemos que hacer un esfuerzo para atraer al público que normalmente no acude a los museos. Más que batir récord de visitas, queremos convencer a aquellos que no están convencidos. Los museos tienen que adaptarse a la sociedad sin modificar la esencia. Hay que resistirse a convertir el arte en una moda o fenómeno de ocio, no puede perder el valor cultural y educativo. Los jóvenes son una asignatura difícil porque competimos con el mundo digital, pero no hay que frivolizar con el arte para tratar de atraer a los jóvenes por el simple hecho de atraerlos. Tenemos que adaptar los horarios al público joven, citarlo en horario interesante, suprimir barreras. Aquí no cobramos la entrada a menores de 25 años. Tenemos que pensar si los relatos que el museo cuenta interesa a los visitantes, hay que repensar la manera de contar el arte.

Los gestores culturales demandan una mayor atención por parte de Administración.

En España se ha generalizado una sensibilidad entorno al arte, pero cuando hay una crisis, la cultura pierde un tercio del presupuesto porque los políticos responden a las prioridades que marca la sociedad. No se puede responsabilizar a los políticos de esa reducción del presupuesto, sino que hay que convencer a la sociedad que la cultura es un bien y un servicio público prioritario. No he conocido a políticos que se muestren contrarios al arte, pero necesitamos una ley de mecenazgo generosa. El problema es que la cultura no es una prioridad ni para la sociedad. Se requiere de reconocimiento fiscal, pero también público. Hay que acercar los intereses de lo público y de lo privado.

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