Un reconocimiento a los que pagan en tiempo y forma

La insana costumbre de dilatar sin fecha los plazos para abonar las facturas fomenta y alarga las crisis del mercado

Caja registradora.
Caja registradora.

Decía mi abuelo que para cobrar siempre hay tiempo. Uno debe dejar lo que esté haciendo en cualquier momento para poder cobrar una factura pendiente de abono porque puede que ese momento no se repita en meses. Este es un pensamiento empresarial muy enraizado en nuestro país: perseguir a los clientes para que paguen las facturas que deben. Sin duda, es una lacra de pésimas consecuencias para la gestión empresarial. Desde luego, no niego que cobrar es beneficioso en cualquier momento, pero no a costa de ‘dejarlo todo’ para buscar al cliente y que nos abone lo debido.

 Desde hace mucho tiempo, nuestro país tiene un problema endémico de morosidad. Es una cuestión cultural. No sólo de regatear las tarifas, incluso después de haberlas aceptado, sino de regatear, también, los plazos de pago.

Grandes multinacionales sin problemas de liquidez utilizan esa técnica de retraso en los pagos, llegando a tardar incluso 360 días en abonar una factura. Esa política es un claro atentado contra la fluidez del mercado.

Siempre hemos pensado que el cliente tiene la razón y que hay que tenerlo contento, a toda costa. Eso es así. Pero creo que la ecuación es incompleta si no introducimos al proveedor o fabricante en la operación. Al cliente hay que darle el mejor servicio y al proveedor hay que pagarle. Como comerciantes, ese es nuestro servicio, nuestro valor diferencial.

La insana costumbre de retrasar los pagos indefinidamente fomenta y alarga la vida de las crisis económicas porque estamos todos dentro del mismo mercado, formando una cadena. Es imposible salir de una crisis económica si no generamos liquidez. Si un comerciante no le paga (o le paga muy tarde) a su proveedor, el proveedor no tendrá liquidez en su caja y no podrá comprar materiales para poder fabricar los encargos del comerciante, con lo que el comerciante tampoco podrá atender a sus clientes porque no recibirá los pedidos a tiempo y no tendrá mercancía para vender. El cliente se cansará de esperar y buscará otro comerciante. Esa es la dinámica del mercado. Y la generamos nosotros mismos cuando eludimos o dilatamos los pagos injustificadamente.

Los retrasos en los pagos (o los impagos) afectan negativamente a todo el mercado y, sobre todo, a nuestra capacidad económica como empresarios. Mantener una sólida moral o ética de pagos contenta a todos los actores del mercado y, además, genera confianza en los fabricantes y en los proveedores. Confianza que podrás utilizar para realizar mayores pedidos u obtener menores plazos de entrega. ¿A quién van a servir antes, al que paga o al que no paga? La respuesta está clara.

Esa moral de pago es esencial para las patronales, que han puesto el foco en el problema desde hace tiempo. El propio presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en su reciente discurso en la entrega de los Premios Cepyme, reconoció la contribución al crecimiento de la economía española y a la lucha contra la morosidad de las empresas que aplican esta ética de pago en la relación con sus proveedores. Declaraciones como esta valen su peso en oro.

Existen empresas que, cuando tienen un pico de tesorería importante, abonan cuantas facturas pueden, y a veces, estas empresas reciben reconocimientos por sus prácticas de pago. Pero lo cierto es que los premiados deberían ser los que abonan sus facturas sistemáticamente contra la presentación de las mismas, los que pagan automáticamente por transferencia bancaria o los que atienden las domiciliaciones bancarias sin devolver los cobros. Nuestros fabricantes y proveedores tienen gastos y nóminas que pagar, y sin liquidez no pueden hacer nada. Al contrario, una política de pagos inadecuada obliga a las empresas a endeudarse solicitando cartas irrevocables de crédito, líneas de crédito, seguros de crédito y caución, entre otras, e incluso a descontar pagarés, perdiendo el consecuente margen de maniobra y la capacidad de crecer. El mérito siempre ha sido de las empresas que resisten y que pagan religiosamente sin retraso, y son ellas las que deberían ser premiadas.

Es obvio que, recibir un premio que reconoce una gestión ética de pago mejora la imagen de una empresa, genera aún más confianza entre sus proveedores, y es un potente estímulo para que se extienda en el tejido empresarial esta práctica de pronto pago. Y es en esa dirección en la que debemos trabajar todos los comerciantes.

Antonio Fagundo es CEO de Masaltos.com, abogado y profesor

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