Pablo Heras-Casado: “No hay que matar el ego, hay que conducirlo”

Gestiona equipos desde la autoridad, no el autoritarismo

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Está a punto de estrenar, el 17 de enero, la obra Das Rheingold, de Wagner, uno de los autores que más expectación genera y de cuya dirección musical se ocupará durante siete funciones como principal director invitado en el Teatro Real. De Madrid, Pablo Heras-Casado (Granada, 1977) se irá a Chicago, después a París, a Múnich, a Stuttgart... Considerado un director internacional de reputación brillante, tiene ocupada la agenda hasta parte de 2022, lo que le da cierta tranquilidad laboral, a pesar de que le deja escaso margen a la improvisación. En 2017 fue nombrado director del Festival de Granada, así como primer director laureado de la Orchestra of St. Luke’s de Nueva York, de la cual fue director principal desde 2011. Es autor del libro A prueba de orquesta (Espasa), un viaje al mundo de la música clásica, en el que detalla el papel que debe desempeñar al frente de una orquesta. Recibe a CincoDías mientras toma un tentempié en un descanso de los ensayos, que le tienen ocupado más de 12 horas al día.

¿Qué cualidades debe tener el líder que dirige una organización con la precisión con la que debe funcionar una orquesta?

Ha de ser preciso, exacto y exigente, pero también es importante la generosidad y saber dar espacio a todos. Estás en un podio y tienes que aprender a saber que no dependes de ti, sino de 400 personas. Un líder tiene que liderar y sentirse parte de su equipo, pero desde una posición de poder tan visible se puede confundir lo que es el trabajo con un egocentrismo exacerbado. Eso es lo que ha llevado a algunos directores a confundirlo con el liderazgo moderno. Todo eso no se puede entender sin generosidad y sin dar espacio creativo a los artistas, verdaderos especialistas, que necesitan sentirse valorados e identificados con el proyecto.

Cada proyecto artístico, además, es diferente.

Yo cambio de equipo, de orquesta y de programa constantemente, además de que el público cada día es diferente. El secreto para que todo funcione es dejar un margen amplio, que exista un diálogo liderado por el director. Y nunca pretender ocupar el podio de otro director, no ser alguien que no eres. Hay que transmitir autoridad y liderazgo, pero no fabricarse una personalidad falsa, sino actuar con honestidad y preparación. Se trata de mostrar tu propia visión y que no se parezca a la de nadie, porque de eso los músicos se dan cuenta.

Entonces, usted se somete a la opinión de dos públicos: el interno, su propio equipo, y el que acude a ver la función.

Y además está la crítica y la prensa, que también crean opinión, y el público de sala, que es muy importante; pero la más exhaustiva es la de tus compañeros, de esa opinión depende el éxito o el fracaso. Tiene que gustarte trabajar con la gente, y eso no se aprende, aunque habrá fórmulas, pero no puedes obligar a un violinista a que te dé su confianza, su alma, su emoción, y es el 80% del trabajo.

No puedes obligar a un violinista a que te dé su confianza

Forma parte del colectivo de españoles que han triunfado internacionalmente antes que en su propio país.

Nunca me ha preocupado el dónde, sino el hecho de que he podido desarrollar mis proyectos. España ha cambiado mucho, ahora no hay tantos prejuicios, hay algo más de paisaje, es algo más amable para los jóvenes, aunque hay cierto complejo hacia lo nuestro y los nuestros. He salido de España sin amargura, y sigo haciéndolo, pero creo que todo esto ayuda a darte credibilidad. En los últimos 15 años he podido desarrollar relaciones con teatros de todo el mundo, con relaciones estables en Estados Unidos, París, Berlín y Londres, lugares a los que vuelvo cada año. El mundo es un espacio en el que hay muchas orquestas para trabajar con ellas.

Y ahora es el principal director invitado del Teatro Real.

Pero esto no es porque haya triunfado fuera, el Teatro Real me abrió las puertas en proyectos pequeños, es una relación que se ha ido fraguando lentamente. Es mi casa en España, y desempeñar este papel supone tener regularidad y presencia. No tengo la responsabilidad del director musical del teatro, pero me siento muy involucrado. Tengo una situación privilegiada y cada año me hago cargo de una gran producción. Todo esto me permite estar por todo el mundo.
El público asiduo al Real es más bien conservador, poco aperturista.
En los últimos tres o cuatro años el Teatro ha apostado por combinar una variedad de estilos musicales, opciones estéticas, novedades, óperas desconocidas, combinado todo ello con un gran repertorio. Ha habido apuestas arriesgadas y la respuesta, tanto del público como de la crítica, ha sido buena.

Controla cada minuto de su agenda; ¿la disciplina es clave en su oficio?

Es esencial, el anclaje de mi vida, además de la autodisciplina. Estoy regido por horarios, chóferes, agenda, no hay un minuto que perder, todo el tiempo previo de preparación, de búsqueda de cantantes de primer nivel... Hay que estar dispuesto a tener jornadas con un calendario maratoniano. Y todo esto hay que cuadrarlo con la vida personal. Lo que nunca hay que perder es la emoción y la pasión por lo que se hace, dirijas ópera o fabriques tornillos.

¿Cómo le gustaría que le vieran?

En una orquesta hay tantos músicos como personas, hay grados de implicación y de pasión en el trabajo, como también debe haber un grado de frustración. Me gustaría que me vieran como alguien capaz de generar entusiasmo, y de comunicar la suerte de estar haciendo lo que hacemos. Es importante conectar a nivel emocional. Trabajo con las mejores orquestas del mundo, a cuyos miembros se exige mucha preparación, como ellos también me exigen a mí, tienen que sentir que pueden desarrollarse.

¿Cómo deben gestionarse los egos en una organización?

Con autoridad y generosidad. No hay que matar el ego, hay que conducirlo. Es bueno trabajar con gente con carácter, con ideas, mientras no sean destructivas. En una orquesta hay muchos egos, algunos engañados y exaltados. Desde el momento de los ensayos hasta que se llega al concierto se va viendo el tipo de ego que tiene cada persona individualmente, y en función de ello lo vas conduciendo, nunca desde el autoritarismo, pero sí desde la autoridad.

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