Un crecimiento inmobiliario que solo puede frenar la incertidumbre

Desde las grandes inmobiliarias se espera con razonable optimismo que siga hasta 2022

La caída y recuperación del sector inmobiliario en España tiene todos los elementos para enseñarse en las escuelas de negocios –también en las otras– como modelo sobre los males que producen los excesos y los beneficios que traen consigo la estrategia y la moderación. Tras el desastre que resquebrajó la gallina de oro en que llegó a convertirse este mercado, cuya caída arrastró no solo a las empresas del sector, sino a otras miles de pequeñas compañías relacionadas con él, la actividad inmobiliaria ha afrontado, primero, una larga sequía y, después, una lenta pero constante recuperación. Desde 2014, el sector avanza a un ritmo notable, en un entorno de crecimiento económico general y de mejora del mercado laboral, y se ha convertido en un poderoso atractivo para la inversión, aunque lejos de los excesos que llevaron al desastre en el pasado. En 2018, los inmobiliarios no solo fueron los activos que experimentaron una mayor revalorización en España, sino que fueron los únicos que registraron ganancias en su valoración. El mercado casi se ha recuperado en las zonas de mayor dinamismo –Madrid, Barcelona y Baleares– aunque en el resto sigue lejos de los máximos alcanzados en los años previos al estallido de la burbuja.

Desde las grandes inmobiliarias se espera con razonable optimismo que estos años de desarrollo se prolonguen al menos hasta 2022, con especial hincapié en la construcción de vivienda nueva, una vez que desde 2014 la recuperación se ha focalizado principalmente en el sector terciario –oficinas, retail, hoteles y logística– gracias a las socimis y la fuerte apuesta de los inversores internacionales. El sector ha hecho sus deberes con solidez suficiente como para apostar por mantener esas expectativas de crecimiento, que solo podrían empañar una materialización de riesgos geopolíticos excepcionales, como algún gran conflicto mundial, una fuerte recesión en Estados Unidos o una desaceleración mayor de lo previsto del crecimiento en China que terminase contagiando a Europa. Preocupan también las incertidumbres internas, como un mal manejo del desafío secesionista en Cataluña o una situación política demasiado inestable como para poder aprobar las reformas estructurales que la economía española necesita para seguir creciendo.

Ambos factores, los externos y los internos, están fuera de la capacidad de control de los actores del mercado. Pero estos tienen su propia e importante tarea por delante: la de seguir apostando por un crecimiento del mercado no solo sostenido, sino también sostenible, que evite los errores del pasado y sea capaz de ver las orejas a un lobo que antes o después reaparecerá.

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