La cautela debe asistir a todas las decisiones de inversión en 2019

Los emergentes volverán a ser una oportunidad, y los bonos de empresas muestran más atractivo que los soberanos

Señores, olvídense ya del pésimo desempeño financiero de 2018. La semana que viene arranca otro ejercicio y aunque las señales de las últimas semanas no son las mejores, las variables subyacentes de la economía siguen mostrando optimismo, con reflejo tanto en el crecimiento como en los beneficios de las empresas. Por tanto, las opciones de que los activos financieros devuelvan una buena parte de lo volatilizado en 2018 son elevadas, aunque no debería tomarse ni una sola decisión de inversión sin aplicar una sobredosis de prudencia. El ejercicio que fenece deja pérdidas muy considerables en todos los activos finanacieros en todas las zonas del mundo, con anecdóticas excepciones en vivienda o en bonos de alto riesgo en localizaciones determinadas. Pero no hay dos opiniones iguales sobre cuáles son las causas de tal ajuste de cotizaciones; incluso haylas también que consideran que, al contrario de lo que ocurre tradicionalmente, no son ahora los mercados quienes anticipan una recesión económica en EE UU extensible al resto del mundo, sino que bien podría ser que fuese la contracción de los precios de los activos los que provocasen tal recesión.

El funcionamiento de la economía no cambia de forma tan radical como para dar por bueno este esquema de funcionamiento. Es verdad que el activismo de los bancos centrales para combatir los riesgos de deflación y la ulterior normalización de sus políticas puede haber modificado parcialmente los paradigmas económicos; pero no tanto. Una interpretación clásica del ajuste del mercado alerta de que habrá un crecimiento más débil, sobre todo en EE UU. La maduración de su ciclo y el encarecimiento de la financiación son detalles a considerar, y la alargada sombra sobre el resto de las economías también enfriará la realidad, como ya ha enfriado las expectativas. Los restos del estímulo fiscal se antojan débiles para neutralizar el alza de tipos y los efectos sordos de la guerra comercial. Pocos apuestan por que no será 2019 el año de la recesión en EE UU, pero todos reconocen que hay que estar más alerta que nunca.

Este escenario obliga a los inversores a aplicar la misma receta, con la toma de posiciones nuevas solo en empresas muy sólidas (poca deuda, mercados oligopolísticos, buen dividendo, mejores gestores), o incluso el trasvase de recursos del riesgo a la seguridad, además de disponer de reserva de liquidez para aprovechar los momentos de alta volatilidad esperada, o como fórmula pasiva de preservar el capital. Fuera de los mercados tradicionales y activos bursátiles, los emergentes volverán a ser una oportunidad, y los bonos de empresas muestran más atractivo que los soberanos, donde los vectores políticos pueden condicionar precios y tipos.

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