Por qué nos interesa la tecnología, pero no la I+D

Los colectivos más adictos a las novedades suelen ser insensibles a la urgencia de invertir

Por qué nos interesa la tecnología, pero no la I+D

El término I+D está presente con frecuencia en las páginas de la prensa y en las bocas de los políticos y no son pocos los ciudadanos que se preguntan a qué viene tanto ruido, aunque algunos preferiríamos que el ruido fuera mayor. Las líneas que siguen pretenden ser una primera aproximación a por qué el desarrollo tecnológico es algo que afecta a la vida de cada uno de nosotros y, de alguna manera, a la ética colectiva.

 

Enfrentarse con el concepto de tecnología exige, como primera condición, tomar distancias con la percepción que actualmente se tiene de él. Los hombres y las mujeres de estos prolegómenos del siglo XXI estamos tan acostumbrados a vivir en una sociedad caracterizada por el uso intensivo de toda clase de técnicas que, aunque parezca paradójico, nos resulta enormemente difícil reflexionar sobre ellas. Descolgar el teléfono, conducir un automóvil, sentarse ante el ordenador o abordar un avión maldiciendo de la compañía aérea son actos habituales, totalmente interiorizados por cualquier ciudadano, que van acompañados, prácticamente siempre, por una renuncia expresa a intentar comprender la complejidad que subyace a la posibilidad de realizar estas sencillas actividades.

En el fondo, una cosa es indisoluble de la otra: el uso de los medios técnicos es fácil y accesible para todos, precisamente porque la complejidad de los desarrollos que permiten su puesta a disposición es enorme. Así, nos hemos refugiado en unas simples y confortables técnicas de uso, y hemos dado por hecho que detrás de ellas hay un mundo ajeno a nosotros, la comprensión de cuyos mecanismos y principios no podemos ni siquiera intentar, lo que en parte es bastante cierto.

El que las técnicas de uso no sean muchas veces tan confortables nos hace volver en ocasiones a la realidad. Más todavía volvemos a ella si recapacitamos en lo que se ha dado en llamar la “brecha digital”, término bajo el que se encubre que una buena parte de los ciudadanos, incluso en las sociedades más avanzadas, están quedando, y van a quedar más todavía, al margen del sistema.

Una relación de este tipo con el conocimiento tiene todas las características de una relación de subordinación esotérica. El pueblo fiel se beneficia de las posibilidades y se protege de las amenazas de unas fuerzas que no acaba de entender aplicando disciplinadamente las sencillas reglas establecidas por los chamanes, guardianes del conocimiento de las mismas. Tal ha sido el comportamiento de la humanidad en su relación con lo desconocido en tiempos pasados y, a poco que se recapacite, se convendrá en que algo de este planteamiento está presente en las actitudes frente a la omnipresente tecnología. Ello conduce a que se movilicen los sempiternos mecanismos de la fascinación: ante las amenazas de la enfermedad, la muerte, la desigualdad, el poder, la injusticia..., la aplicación de remedios tecnológicos se contempla como una panacea que resolverá los problemas. Y la esperanza en sus virtudes evita pensar en otras cosas y enfrentarse con la realidad desde otras perspectivas. En definitiva, se pierde la capacidad crítica ante las maravillas anunciadas.

Esto puede llevar, quizá está llevando ya, a una cierta forma de “entontecimiento colectivo”, del que la tecnología no tiene la culpa, pero cuyas consecuencias pueden ser graves. La causa reside (¿hay necesidad de decirlo?) en que se está perdiendo de vista el carácter instrumental de los instrumentos, y la gestión de estos se sustrae, cada vez en mayor medida, a los cauces de reflexión colectiva, entre otras cosas porque esta reflexión colectiva brilla por su ausencia. Seguramente esto no es culpa de nadie, y es culpa de todos, pero lo cierto es que al socaire de una situación semejante apuntan riesgos que no pueden ser ignorados. La recuperación de una visión instrumental de la tecnología se convierte así en una necesidad urgente a la que hay que hacer frente.

Una segunda consecuencia es el desentendimiento de la sociedad respecto a la necesidad de intentar acceder al otro estadio, el del dominio de las complejas técnicas que hacen posible esa facilidad de uso. No deja de ser paradójico que estas colectividades que utilizan productos de las tecnologías más avanzadas a todas horas sean insensibles a la urgencia de emplear una parte importante de sus recursos en lo que se suele denominar I+D. Dicho de otra manera, no hay duda de que la facilidad de uso habitual influye en la evidente renuncia a comprender e intentar dominar la compleja tecnología a la que se debe. El poco interés de las sociedades actuales, tan tecnificadas, por el desarrollo tecnológico y las políticas que lo propician debiera ser motivo de reflexión.

Así, lo instrumental deja de ser tal, y comienza a adquirir unas dimensiones desproporcionadas que lo empujan, casi inevitablemente, a convertirse en un elemento básico de la construcción de un nuevo modelo, del que está ausente la comprensión y el intento de aprehensión de aquello que lo hace posible. Tómese como ejemplo el de las tecnologías de la información, que son algo más que un ejemplo. Las tecnologías de la información, en todo su amplio espectro, son un símbolo de la sociedad en que estamos viviendo. Son evidentes las posibilidades de potenciación individual y colectiva que aportan a las personas, pero junto a ello, y menos evidente, están las capacidades de manipulación sobre esas mismas personas que permiten a quienes controlan de verdad esas tecnologías. No se trata de escandalizar ni hacer demagogia, sino de poner de manifiesto, otra vez, la distancia que existe entre la utilización directa de las habilidades de uso de los instrumentos y el dominio de la verdadera y complejísima tecnología que hace posible esa facilidad de utilización. Lo que puede ser nuevo en esta situación es la capacidad de control y manipulación de los usuarios de la tecnología que se pone en manos de quienes dominan y administran su complejidad real. El recuerdo del Orwell de 1984 empieza a ser una banalidad.

Demos un paso atrás y recapacitemos, para empezar, sobre el hecho de que la tecnología, a lo largo de la historia, es una acumulación de conocimientos y de ingenio humano, materializados en conjuntos de procedimientos y herramientas, que han permitido hacer las cosas mejor, hacerlas más baratas, o hacer cosas que antes no podían ser hechas. Nada más, pero tampoco nada menos. Estar de acuerdo en esto supone un buen punto de partida para emprender ese proceso de recuperación del carácter instrumental de la tecnología que se reclama, y para sentir como cosa de todos la necesidad de ese I+D ambicioso y realista que contribuya a una sociedad mejor.

Jesús Rodríguez Cortezo es miembro del Foro de Empresas Innovadoras

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