Las lecciones que hemos aprendido de la peor crisis de nuestra vida

La mayoría de las autoridades van en la línea de cuestionar la fiabilidad de la autorregulación y la liberalización a tumba abierta

Las lecciones que hemos aprendido de
la peor crisis de nuestra vida

Los bancos desconfiaban unos de otros, no se prestaban dinero entre sí y mucho menos a los clientes, estaban inflados con gigantescas carteras de activos tóxicos y su capacidad para absorber pérdidas se esfumó. Fue entonces cuando explotó Lehman Brothers, una de las entidades más agresivas y expuesta en canal a negocios tan arriesgados como complejos, que había reducido su colchón salvavidas a un ridículo 2% de los activos. Su colapso fue el comienzo de una cascada que llevó a la mayor crisis económica desde la Gran Depresión. Eso fue hace 10 años. ¿Qué hemos hecho desde entonces para que no se repita? Lo primero, aprender que es un error la confianza ciega en mecanismos teóricos de control de riesgos. Porque eso fue lo que permitió a los bancos, con los reguladores y agencias de calificación silbando hacia el cielo, crear la gigantesca burbuja de activos ligados al sector inmobiliario de EE UU.

Hoy los requisitos de capital se han endurecido, como la supervisión de las entidades, tanto en EE UU como en Europa, con la creación aquí del Mecanismo Único de Supervisión. Los supervisores, además de la solvencia, vigilan la liquidez, es decir, la dependencia de los bancos de los préstamos entre sí. A la vez, casi han desaparecido los derivados de crédito (CDS) no cotizados, verdaderas bombas de relojería tanto a la hora de calcular como de propagar riesgos. La cooperación internacional contra las crisis ha crecido a niveles inéditos y se han creado foros de supervisión y centralización de datos. Los propios bancos centrales han comprobado la eficacia de su enorme arsenal para evitar un colapso del sistema, y el ahorrador está más protegido y también más alerta. Las autoridades, en fin, han tomado medidas. Y la mayoría van en la línea de cuestionar la fiabilidad de la autorregulación y la liberalización a tumba abierta.

Pero las vulnerabilidades nunca se esfuman, al contrario, nacen otras. Aunque el sector está mucho más regulado –solo la próxima crisis nos dirá si mejor–, la creciente banca en la sombra, los sistemas financieros paralelos, el mayor control por máquinas o algoritmos, los productos como las criptomonedas o los nuevos entrantes tecnológicos abren un arco de potenciales debilidades a la espera de seguridades aún por ver, como las que promete el blockchain. Y todo en un entorno comercial globalizado e interconectado.

En el mundo financiero, siempre presto a innovar, están en boga ahora productos como fondos cotizados sintéticos, construidos a partir de derivados, o notas ligadas a estructuras complejas, y eso en un campo en el que los riesgos se propagan a la velocidad de la luz. Hoy hemos experimentado ya en la propia carne que las crisis no se pueden prever, pero tenemos mejores herramientas para evitarlas y afrontarlas. Se trata de que no se oxiden, como está ocurriendo en Europa con el retraso en la unión bancaria.

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