Directivos públicos para ciudades globales

Las ciudades van a ser, si no lo son ya, la unidad de análisis preferente de la economía, las ciencias políticas, la salud pública, la demografía, las relaciones internacionales y las infraestructuras, entre otras áreas de actividad pública. La tendencia mundial apunta cinco tesis de gobernanza que explican cómo ha cambiado el planeta desde 1996. En primer lugar, la urbanización es un proceso imparable: el 60% de la población ya vive en núcleos urbanos y el 25%, en megaciudades o corredores urbanos que aglomeran una cadena de núcleos, como el eje Manchester-Milán, el Gran Estambul o el Delta del Río Perlas en China. La segunda tesis de gobernanza es la transformación del poder y el crecimiento del peso de las ciudades. Éstas agregan riqueza, innovación e infraestructuras en el capitalismo creativo. La economía de la innovación se organiza en hubsy clustersque conectan ciudades, producción económica y mercados financieros antes que territorios nacionales. Londres no es Reino Unido igual que Nueva York no es Estados Unidos. El tercer eje es la transformación económica. En el ámbito público, la deuda y la crisis fiscal es una constante desde los años 70. Asimismo, las nuevas geografías digitales han creado un universo conectado a través de los bytes y los dispositivos. La digitalización afecta a las cadenas de suministros, que se soportan sobre infraestructuras conectadas a través del comercio global. En el ámbito de los servicios, la irrupción de nuevos operadores ha afectado al turismo, el transporte de viajeros, el sector retailero el consumo de ocio. La cuarta dimensión es el cambio climático, que cambia las reglas del juego. La influencia humana en el planeta tiene características irreversibles, que afectan al ecosistema. Es un debate enorme que empieza en las ciencias duras y acaba en el diseño (Madrid Design Festival), las ciencias sociales (Arias Maldonado, 2018) o la ficción (novelas de J.G. Ballard o Cormick). La influencia humana en el clima altera la distribución de la población, las fuentes de riqueza y materias primas, la gestión del poder o las políticas urbanísticas (Acuto, 2016). El último elemento es significativo. Los ciudadanos, organizados en torno a movimientos sociales, han liderado el debate sobre las identidades y la agenda política alejados de las instituciones y las estructuras convencionales. En la ciudad, encuentran acomodo estas reivindicaciones de geografía política (Harvey, 2013). El empoderamiento ciudadano identifica tres usos en la comunicación pública: la movilización, la apertura de nuevos espacios de comunicación y la creación de fuentes informativas alternativas.

La transformación estructural del entorno y los componentes de la realidad política crea una nueva agenda urbana que requiere gestores, sí, pero sobre todo directivos públicos capaces de ordenar y priorizar las políticas públicas que se ejecutan en las ciudades y que responden al cambio de paradigma. En mi opinión, la misión de la dirección pública consiste en diseñar, planear, ejecutar y evaluar las demandas sociales de cambio que están en la agenda. No abogo por una tecnocracia sin política ni emociones, sino por la capacidad de profesionalizar la gestión pública a modo de inteligencia directiva. Aquí planteo cinco retos generales que habrán de afrontarse en el próximo ciclo electoral.

La gobernanza. Es una idea compleja, que bebe de la ciencia jurídica, política y económica, de modo que ha extendido su estudio a la organización interna y externa de las instituciones públicas, así como la regulación nacional y europea. Siguiendo a Diamond y MOrlino (2004), podemos indicar que la gobernanza afecta a los procedimientos (normas formales informales), los contenidos (decisiones y prioridades políticas) y los resultados (evaluación y value for money). No hay gobernanza sin gobierno, reflexión ética sobre la responsabilidad política y rendición de cuentas. La transparencia, incardinada en la estrategia, se convierte en un instrumento para la gestión de calidad.

El Estado son conversaciones, a la manera del Manifiesto Cluetrain. En la práctica, las cinco tesis sobre gobernanza necesitan un Estado relacional (Mendoza y Vernis, 2008) que sea capaz de articular una política pública que responda a la demanda social. No cabe un modelo jerárquico –o más bien solo jerárquico – en un entorno abierto, cooperativo y participativo. Puede llamarseflexibilidad, resiliencia o capacidad de aceptar el cambio. Las instituciones tienen que dotarse de instrumentos de gestión para la colaboración público y privada, el interés de las compañías multinacionales, la participación ciudadana, la atención a los grupos y las minorías sociales, así como la inclusión permanente de nuevos actores. Las ciudades, tengan la competencia o no, serán esenciales en el despliegue de una política efectiva contra el cambio climático, por citar la más relevante en el medio plazo. Aquí el directivo público habrá de ser capaz de moverse con soltura ante los grandes desafíos institucionales.

El capital simbólico del territorio. Ya has estado en Nueva York, Londres, París, Beijing o Roma. Porque sus edificios, paseos o monumentos ocupan buena parte de nuestra memoria cultural construida a través del cine y la literatura. En la captación de inversiones e infraestructuras, la gestión del turismo masificado o la relación con las instituciones europeas, la comunicación pública será fuente de valor e innovación en la gestión. Cómo nos ven influirá de forma decisiva en la cuenta de resultados. En el plano interno, en la ciudad, encontramos tres usos en la comunicación pública: la movilización, la apertura de nuevos espacios de comunicación y la creación de fuentes informativas alternativas. En la agenda del directivo público, aparece la gestión de la reputación y la influencia como ejes vertebradores del discurso público.

El trabajo en red. Las ciudades ganan en capacidad de influencia cuando son capaces de alinear intereses, encontrar espacios comunes de trabajo y sortear las limitaciones propias del derecho administrativa. Es más, el reto actual del neoinstitucionalismo consiste en crear normas que permitan adaptar las reglas del juego al enorme cambio que acontece en el marco de la transformación digital. En red, Barcelona, Milán, Atenas o Copenhague podrán imponer un estándar tecnológico en las infraestructuras (titularidad de la licencia, desarrollo digital, concentración de clientes e inversiones) con mayor facilidad que en el marco normativo del Estado. Necesitamos directivos públicos que comprendan las redes, como juego de actores que compiten y cooperan por un bien común, y las tecnologías que las facilitan.

Las personas. Ojalá podamos comprender que el directivo público es un profesional con talento que despliega sus capacidades de acuerdo con el sistema normativo y regulatorio. Por este motivo, necesitamos gestores de primer nivel que puedan fluir por la administración (ciudad, comunidad, Europa, AGE) y aprender también del sector privado con garantías, no con puertas giratorias de dudoso gusto. Esta demanda supondrá un cambio en el proceso de selección, atracción, capacitación y legitimación de los directivos públicos. Para mí, éste es el mayor reto porque en las personas reside la capacidad de dirigir, gestionar y liderar el cambio. No he dicho que vaya a ser fácil ni inmediato.

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Acabo de publicar “Diplomacia corporativa: la nueva inteligencia directiva” en UOC Editorial (2018)

@juanmanfredi

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