Estrategias ‘Smart Beta’: la revolución de los índices

La industria financiera ha logrado transformar el negocio de la gestión pasiva en activa

Hasta hace unos años, hablar de ETF (Exchange Traded Funds) era hablar de gestión pasiva. Esta consiste en tratar de replicar el comportamiento de un índice de referencia, asumiendo que los mercados financieros son eficientes y que la gestión activa no puede añadir valor. En una industria donde la gestión activa ha sido dominante, la gestión pasiva suponía una nueva amenaza para muchos agentes del mercado. Sin embargo, como reza el popular dicho, “si no puedes con tu enemigo, únete a él”. Y eso es, precisamente, lo que ha conseguido la industria, transformar el negocio de gestión pasiva en activa.

Los ETF llegaron al mercado como un nuevo vehículo de inversión que permitía replicar el comportamiento de un índice de forma simple, eficiente y con una estructura de costes muy competitiva. En la primera generación de estos fondos cotizados, la oferta de inversión se reducía a la inversión en índices tradicionales y ampliamente conocidos como el S&P 500 o el Euro Stoxx 50. Estos poseen, en términos generales, una característica común: son índices ponderados por capitalización bursátil, es decir, las compañías de mayor capitalización tienen una mayor representatividad. La principal ventaja de este método a la hora de construir índices es que las compañías que presentan un mejor comportamiento van adquiriendo un peso cada vez mayor en el índice. Un método simple y eficaz que ha sido muy utilizado por los principales proveedores de índices como, por ejemplo, el propio Ibex 35.

La inversión indirecta en índices de referencia a través de fondos indexados o ETF permite al inversor capturar íntegramente la rentabilidad del mercado en el que se invierte, asumiendo para ello el riesgo de mercado. El factor de riesgo asumido para conseguir esa rentabilidad es ampliamente denominado en el mundo financiero como Beta. Sin embargo, durante los últimos veinte años, el mundo académico comenzó a tratar de descomponer ese factor de riesgo genérico de mercado en distintos factores que pudieran explicar de una forma más concisa el riesgo de una inversión. De esta forma, al descomponer la Beta del mercado en una serie de factores más concretos, podemos analizar de una forma más precisa la fuente de rentabilidad futura de un conjunto de activos o de un índice. Aunque no existe un universo concreto de factores, existe cierto consenso de mercado en la identificación de una serie sobre los que tenemos una evidencia empírica de su existencia. Algunos ejemplos son:

1 Valor: compañías que cotizan con un precio de descuento frente a su valoración fundamental. Este es uno de los factores más conocidos y que ha sido muy explotado por profesionales de gestión activa.

2 Momentum: valores que han tenido un mejor comportamiento en el pasado tienden a comportarse mejor que la media del mercado en el futuro.

3 Calidad: valores estables, con una alta capacidad de predicción de sus beneficios y con estructuras de capital sólidas.

4 Tamaño: valores con un tamaño menor ofrecen una mayor rentabilidad a largo plazo, proporcionando una prima por menor liquidez.

5 Baja volatilidad: valores que presentan un comportamiento más estable y poseen una volatilidad menor que el grueso del mercado.

Cuando hemos identificado estos factores, el siguiente paso es construir índices que incluyan valores que compartan las características de un factor en concreto. En la mayoría de los casos, estos nuevos índices consisten simplemente en reordenar otros ya existentes y ampliamente conocidos en función en un factor en concreto. Una labor que, con la tecnología y los sistemas cuantitativos de los que disponemos, ha provocado un crecimiento exponencial de índices en el mercado. Según datos de Bloomberg, el año pasado el número de índices de renta variable superó el número total de acciones disponibles. Una vez construido los índices que despiertan el interés de los inversores, se crea un producto para poder invertir y es ahí donde la figura del ETF encaja como anillo al dedo. Sin embargo, el aumento de la oferta de índices sobre los que invertir genera un nuevo problema para los inversores. ¿Qué índice debo elegir? ¿Qué factor debería incorporar en mi cartera? Un nuevo problema que en muchos casos implica tomar decisiones activas.

En este caso, el aumento de la oferta ha generado una transformación de la demanda, forzando a los inversores a tener que tomar decisiones de gestión activa, aunque sea a través de productos de gestión pasiva. Si bien el debate entre gestión activa y gestión pasiva sigue ahí, parece ser que la industria ha encontrado el espacio donde ambos términos pueden convivir en armonía.

 Francisco Javier Espelosín es Gestor de fondos en Abante

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