Cuidado con los cantos de sirena del bitcoin

La popular criptodivisa experimentó una subida hasta 19.345 dólares el año pasado

Un token de la criptomoneda Bitcoin.
Un token de la criptomoneda Bitcoin. REUTERS

En la mitología griega, las sirenas eran famosas por sus encantos. Los navegantes que al verse atraídos acababan sucumbiendo descubrían su verdadera naturaleza, que nada tenía que ver con lo que se esperaban puesto que devoraban a los infaustos que se dejaban seducir. Posiblemente el relato más famoso en el que aparece la figura de estos seres mitológicos sea la Odisea de Homero.

Éste explica cómo Ulises, avisado por la diosa Circe del peligro del canto de las sirenas, ordenó a su tripulación que se tapara los oídos con cera y que lo ataran al mástil del barco. La premisa era que bajo ningún concepto le liberaran, fuera lo que fuera lo que él les dijera. Gracias a esta estrategia sobrevivieron y de este modo consiguieron volver a casa.

En los mercados también pueden encontrarse con elementos de igual índole. La relación que guardan con lo anteriormente introducido, es la capacidad que tiene de atrapar al inversor. A simple vista parecen ese tipo de inversiones que uno no puede desaprovechar. De manera gráfica y sin perder el hilo de la historia, hay oportunidades que no se ven todos los días.

La percepción que tenemos frente aquello que experimenta grandes subidas en periodos de tiempo relativamente cortos, aflora en su conjunto mayor curiosidad que aquello que simplemente va fluctuando a lo largo del tiempo. Este hecho es el que hace que a lo largo de la historia se repitan episodios en donde un gran número de inversores hayan sucumbido ante aquello que aparentemente les causó gran atracción.

Ejemplo de ello podrían ser la Tulipamanía, compañías sumamente sobrevaloradas durante el estallido de las puntocom y actualmente el fervor por las criptodivisas con el bitcoin al frente.
Cada uno de estos ejemplos guarda relación con lo que les he venido comentando y cumplen a la perfección los cánones para ser consideradas verdaderas sirenas dentro de nuestro sistema económico. Pues aquello que consigue atraer a tanta gente hay que mirarlo con lupa. Así pues, les propongo que dejemos por unos instantes la historia de lado para centrarnos en analizar brevemente el último de los casos comentados, el bitcoin.

La popular criptodivisa experimentó una subida vertiginosa durante el pasado ejercicio que la llevó a alcanzar los 19.345 dólares. Se podrían preguntar cómo es que los inversores que se dedican profesionalmente a la gestión no vieron esa oportunidad y sin embargo siguieron peleando contra unos mercados en constante fluctuación.Pues bien, déjenme recordarles que antes de que se formulen cualquier pregunta deberán tener claro en qué van a invertir, es decir, si son capaces de entender en qué consiste el activo en cuestión.

En el caso del bitcoin, numerosos inversores particulares no invertían en la tecnología que éste utiliza, sino más bien especulaban con la posibilidad de que éste se convirtiera en una “ciberdivisa” que reinara a nivel global. Gráficamente podría ejemplificarse en la siguiente ecuación: mayor aceptación x mayor número de transacciones = mayor demanda (y por consiguiente mayor precio).

Sin embargo, es importante tener presente que siempre hay variables que no se tienen en cuenta pero que pueden tener mayor relevancia en el resultado final. Si lo analizamos en términos económicos, vemos que el principal problema viene por el lado de la oferta. Ya que como bien saben, no hay una oferta fija y por tanto no es cuantificable a diferencia de otras commodities como son el oro o el petróleo.

Por tanto, si no podemos saber qué cantidad hay en el mercado, ¿cómo se fija el precio?. La respuesta la encontramos en la variable contrapuesta, la demanda. Una demanda que se centra en la especulación de un conjunto de inversores particulares que ven, o quieren ver, la posibilidad de ganar dinero rápidamente con un activo que de repente ocupa titulares y ríos de tinta en todo tipo de medios.

Sin extenderme más, les diré que cuando escuchen varias veces “mi amigo está muy metido en esto de los bitcoins”, les sirvan de reflexión estas breves líneas. Por cierto, para aquellos que no lo siguen tanto les indico que a día de hoy éste cotiza a 8.900 dólares. A todo ello me gustaría parafrasearles una cita de una novela de John Verdon que dice: “La curiosidad puede ser un problema cuando las cosas que uno no sabe son cosas que debería saber”.

En numerosos casos, los inversores tienden a actuar de forma ajena a sus principios o peor aún, a sus conocimientos. Incluso a sabiendas de que cada individuo tiene un horizonte temporal y riesgo de inversión determinado, se suele caer en el error de querer ser más listo que el vecino y adentrarse en terrenos que podríamos denominar como pantanosos por el hecho de estar pisando suelo desconocido dentro de un universo de activos disponibles.

La naturaleza humana nos hace predecibles a ojos de los demás y sin que nos demos cuenta, hace que sin querer mostremos nuestras debilidades. En los mercados, la codicia es de las peores. El autoengaño, probablemente la peor. Volviendo al episodio mitológico, el peligro al que se encontraba expuesto Ulises venía de la tentación de querer ver con sus propios ojos el origen de dichos cantos celestiales. Como ejemplificábamos anteriormente, en el ámbito de los mercados financieros suelen producirse episodios similares, aunque siendo más correctos habría que cambiar el “querer ver con sus propios ojos” por el “querer invertir con su propio dinero”.

Como ustedes saben, los precios no son más que fotogramas en el que convergen constantemente oferta y demanda. No hay condición académica que comporte que si el precio de un activo sube signifique que el subyacente en cuestión sea estupendo. Es en este tipo de ocasiones en las que los inversores deben tener la templanza de no desviarse de la ruta establecida y de no verse embelesados como si de cantos de sirena se tratase.

Pere Escribá es gestor de patrimonios de GVC Gaesco

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