El ‘brexit’ obliga a abordar un problema que es mejor dejar sin resolver

Gibraltar es un ejemplo de la ambigüedad constructiva propia de la UE

Si los países recurren al pensamiento puramente transaccional, Europa acabará fracasando

Banderas del Reino Unido, Gibraltar y la UE ondeando sobre el Peñón.
Banderas del Reino Unido, Gibraltar y la UE ondeando sobre el Peñón.

La artificial batalla por lo que sucederá con Gibraltar cuando el Reino Unido abandone la UE es inquietante. El brexit ha creado un mecanismo para forzar la resolución de problemas nebulosos, incluso cuando es preferible la ambigüedad.

Gibraltar tiene 33.000 habitantes, menos que la población no británica de Slough, una pequeña ciudad a las afueras de Londres. Sin embargo, un exministro británico afirma que si España utiliza el Peñón como moneda de cambio, podría haber una guerra. Probablemente esté equivocado, pero técnicamente tiene razón. El brexit da a España una oportunidad teórica para desafiar la reivindicación británica.

La Roca es un ejemplo del tipo de ambigüedad constructiva que ha prosperado en Europa. Otro es el euro, que existe sin unión fiscal o política real. Los Estados han evitado deliberadamente la cuestión de si impulsar más unión o más disolución, aunque es inevitable que se produzca una de las dos.

Gran Bretaña se ha beneficiado también de las zonas grises. Ejerció una influencia significativa sobre la reglamentación europea, a pesar de no pagar todo lo que le correspondía en el presupuesto comunitario ni de ingresar en la moneda única. Vecinos como Francia se quejaron, pero no demasiado. A cambio, los británicos, como el resto de Europa, han ignorado su derecho teórico a expulsar a los ciudadanos de la UE que llegan pero no trabajan, ni estudian ni son autosuficientes.

La ambigüedad constructiva puede no sobrevivir al brexit, porque ahora todos tienen su púlpito intimidatorio. Los otros 27 tienen ahora un veto efectivo sobre las condiciones de acceso del Reino Unido. Es una oportunidad única para expropiar tierras. Y está reapareciendo el separatismo escocés y el norirlandés. Las ganancias individuales han reemplazado el compromiso imperfecto.

Los beneficios de la UE –impedir la guerra entre sus miembros, por ejemplo– son imposibles de cuantificar. Pero los desaires percibidos –tu superávit comercial es mayor que el mío– son fáciles de entender. Si los países recurren al pensamiento puramente transaccional en el proceso del brexit, Europa acabará fracasando, y la Roca no será el único punto de dureza en las negociaciones.

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