Editorial

Apurar el nuevo mapa bancario

La fusión de BMN y Bankia permitirá avanzar hacia el ultimo paso de la reorganización del sector financiero: la privatización de la banca que cuenta con ayudas públicas

José Ignacio Goirigolzarri, presidente de Bankia, y Carlos Egea, presidente de BMN.
José Ignacio Goirigolzarri, presidente de Bankia, y Carlos Egea, presidente de BMN.

El anuncio por parte del FROB de la fusión de BMN con Bankia, recibido ayer con satisfacción por el mercado, constituye una solución acertada para avanzar hacia el cierre de uno de los últimos frentes del proceso de reorganización del mapa financiero español: la privatización de la banca que cuenta con ayudas públicas. La unión, anunciada ayer, dará lugar a una entidad con un volumen de activos de 228.827 millones de euros y una amplia y diversificada red de 2.515 oficinas. La integración de BMN no cambia la posición de Bankia en el ranking por tamaño de la banca española, pero refuerza considerablemente el cuarto puesto que ya mantenía, completa su presencia geográfica y acorta las distancias con la tercera fuerza, Santander. La fusión, que cuenta con el visto bueno de Bruselas, la cual no ha exigido más condiciones de las señaladas inicialmente, cuando el Gobierno le consultó el proyecto, tiene por delante un calendario que incluye la aprobación de la operación por parte de los consejos de administración de ambas entidades en mayo y la votación por las juntas de accionistas en julio. Ello permitirá a BMN y Bankia iniciar 2018 como un solo grupo.

La primera de las ventajas de la operación es puramente financiera. La fusión proyectada “resulta la mejor estrategia para optimizar la capacidad de recuperación de las ayudas públicas ante un futuro proceso de desinversión”, señala el Frob, toda vez que el organismo no ha contado con una oferta por parte de una tercera entidad que fuese lo suficientemente alta como para recuperar el dinero inyectado en BMN: 1.600 millones de euros. Pese a que en los últimos días se rumoreaba la posibilidad de una compra que cumpliese con ese criterio, finalmente esta no se ha producido. La única oferta firme, en la que no se ha desvelado la identidad del pretendiente, habría supuesto que el Estado recuperase menos de la mitad de las ayudas públicas aportadas a la entidad.

También resulta un acierto que la integración permita concentrar toda la banca que cuenta con ayudas públicas en una sola entidad –Bankia ha recibido 22.424 millones de euros y BMN otros 1.645 millones de los bolsillos de los contribuyentes españoles– en lugar de que ese capital esté repartidos en más de un banco. La fusión, la primera de dos entidades españolas en la que se considera la tercera ola de integraciones de la banca, arranca con las ventajas de lo que el presidente de Bankia, José Ignacio Goirigolzarri, denomina una buena lógica industrial: la red de oficinas de Bankia aumentará y se complementará de forma muy relevante, no habrá excesivos solapamientos y ambas entidades cuentan con ratios de empleados por oficina, niveles de eficiencia, tasas de morosidad y coeficientes de solvencia similares. Esta complementariedad apunta a que la operación –que afectará a 13.400 empleados de Bankia y 4.000 de BMN– no debería exigir una elevada factura en reestructuración laboral, más aún cuando ambos bancos han llevado a cabo varios procesos de este tipo. Los sindicatos de ambas entidades reclamaban ayer una fusión sin “medidas traumáticas”, con mantenimiento de empleo y condiciones, y en cualquier caso, negociada y dialogada.

El horizonte estratégico que se abre a la nueva entidad ofrece características que pueden facilitar su éxito comercial y allanar el camino hacia una posterior privatización: un entorno en el que todo apunta a una próxima subida del precio del dinero, lo que permitiría ampliar los márgenes de un negocio bancario que actualmente no está pasando por uno de sus mejores momentos. Si el proceso de fusión se completa con éxito, el Gobierno debería ponerse manos a la obra para salir cuanto antes del capital de la entidad y de un negocio –el bancario– que no forma parte de sus atribuciones naturales. La aceleración de la privatización de Bankia/BMN pondría fin también a las ventajas competitivas que supone para cualquier entidad operar con dinero público y que han motivado en más de una ocasión en los últimos tiempos recelos en el resto del sector. Una vez dado ese paso, y aclarado también el futuro de Banco Popular, el sector financiero español habrá terminado un severo y largo saneamiento y podrá afrontar con más confianza los retos del futuro, cuyo primer mandamiento es financiar la economía.

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