Editorial

Draghi: El hombre que derrotó a la deflación

El fantasma que ha planeado de forma recurrente sobre Europa ha desaparecido del horizonte

El presidente del Banco Central Europeo (BCE), Mario Draghi, ayer. i
El presidente del Banco Central Europeo (BCE), Mario Draghi, ayer. i

No se preveían sorpresas y no se produjeron sorpresas, pero cambiaron mucho los mensajes y el mercado lo celebró. La reunión mensual del BCE, que tuvo lugar ayer, no ha tocado el precio del dinero –que seguirá en el 0%– ni la facilidad de depósito, el interés que Fráncfort cobra a los bancos por depositar sus ahorros en la institución, que se mantendrá en el 0,4%. Mario Draghi ha dejado sin cambios el programa de compras mensuales de deuda, que a partir de abril bajará a 60.000 millones de euros al mes y se mantendrá en esa cantidad hasta final de año, como estaba previsto. También ha advertido de que la inflación en la zona euro sigue por debajo del objetivo del 2% y que los repuntes experimentados en los últimos meses son el resultado del encarecimiento del precio del crudo o, lo que es lo mismo, que la inflación subyacente (que no tiene en cuenta el petróleo) sigue sin arrojar signos de solidez. Pero al tiempo ha dejado claro que el riesgo de la deflación, el fantasma que ha planeado de forma recurrente sobre Europa, ha desaparecido del horizonte.

El diagnóstico general de Draghi ha sido optimista: los riesgos geopolíticos han bajado, no hay motivos para aprobar nuevas medidas adicionales, el euro es “irrevocable” y las previsiones de crecimiento para este año mejoran en una décima. Cierto que esa suavización en el balance de la situación económica no llega hasta el punto de plantear la retirada de los estímulos en la política monetaria. Los argumentos con lo que Fráncfort quitó hierro ayer a las amenazas geopolíticas son eminentemente pragmáticos. A día de hoy, ni el brexit ni la llegada de Donald Trump a EE UU ni el referéndum constitucional llevado a cabo en Italia han tenido un impacto económico relevante. Tampoco parecen inquietar a Draghi los comicios franceses, lo que puede explicarse por los últimos sondeos que sitúan por primera vez a Macron por delante de Le Pen.

Los mercados recibieron ayer con lógica euforia el discurso de Draghi y su análisis de la situación. No en vano, la serenidad del presidente es el último eslabón –de momento– de una gestión al frente del BCE que puede calificarse con justicia de hábil y sólida. El pulso con el que el italiano ha dirigido la política monetaria europea, que no ha temblado siquiera frente a las presiones de Berlín, ha guiado a Europa a través de la crisis económica más dura de su historia y de las primeras grietas que ha sufrido la unión política y monetaria, y ha derrotado a la amenaza de la deflación. Pese a ello, Mario Draghi tiene ante sí dos tareas por iniciar. La primera es hacer calar su discurso reformista en los Estados miembros, que siguen resistiéndose a flexibilizar sus economías. Y la segunda, conducir la política monetaria hacia una normalización que permita retirar progresivamente las muletas que suponen los tipos cero y los programas de compra de deuda.

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