A fondo

La productividad aparente y la real

La industria manufacturera es la que tiene en su mano la llave del cambio de modelo.

Una trabajadora de una fábrica textil
Una trabajadora de una fábrica textil

La economía descendió al averno en 2013, tras haber tocado el cielo con los dedos en la cresta de la ola del crecimiento en 2008. De los 20,75 millones de empleos de entonces cayó a los 16,95, con una corrección de 3,8 millones de puestos de trabajo, algo que no le ocurrió ni de lejos a ninguna economía de un tamaño comparable. Tres años después deambula por el purgatorio tratando de deshacerse de las intensas brumas que impiden ver el horizonte y ha devuelto el empleo a los 18,5 millones de ocupados. Ese hito supone haber recuperado el 41% de la pérdida (4 de cada 10 puestos) y colocar de nuevo la ocupación en el 89,2% de su máximo.

Una recuperación tan vertiginosa ahora como intensa era la destrucción en los primeros años de la crisis, en los que los fundamentos de la economía eran el recurso abusivo al endeudamiento y la demanda de vivienda. Gracias a aquella, 1,55 millones de personas de las que habían perdido su renta del trabajo la han recuperado, y los terribles 6,2 millones de desempleados sin esperanza se han reducido a 4,2, con una tasa de paro (18,6%) que roza la media de los últimos 25 años (17,54%). La elasticidad del empleo se ha comportando de forma generosa durante tres años consecutivos, y en 2016, aunque se ha relajado, aún ha proporcionado un avance del 2,29% para un PIB que lo hacía al 3,2%. Lo lógico es que en los próximos años la intensidad del empleo se modere más, puesto que el ciclo puede empezar a considerarse maduro, y solo muy fuertes aumentos de la demanda sobre las empresas pueden replicar esos avances en las plantillas.

Pero la cuestión, más allá de la cantidad, que por supuesto importa, es la calidad del empleo. Y tal variable tiene una relación muy directa con el modelo de producción que el país desarrolle en el futuro. Elevar la calidad para hacer lo mismo que ahora no es posible. El modelo de ahora es notablemente más sano que el de hace 10 años, cuando reventó la burbuja de endeudamiento. Pero dista mucho del adecuado para devolver el empleo a los casi 23 millones de activos existentes, y para cuya consecución nadie se atreve a hacer cábalas. El propio Gobierno, generoso con la ficción en estos asuntos, únicamente se atreve a hablar de la quimera del 20-20: 20 millones de ocupados en 2020, que todo bienintencionado debería firmar ahora de buen grado.

Un simple vistazo a los números nos revela que ya ahora con solo un 89% del empleo de hace 10 años, los españoles producimos lo mismo; esto es: con dos millones menos de empleos (18,5 millones donde había 20,7 millones) este año haremos el mismo PIB que en 2008, lo que llanamente significa que la productividad aparente del factor trabajo se ha incrementado en el decenio en un 10% largo, haciendo abstracción del cómputo horario, que puede estar ligeramente sesgado por el avance del trabajo a tiempo parcial.

La productividad aparente ha cambiado porque la economía no hace ahora exactamente las mismas cosas ni al mismo precio ni con el mismo valor que hace 10 años. Ha reducido drásticamente el peso de la construcción residencial y civil, y de forma significativa en la industria, mientras lo ha elevado en los servicios. Pero la productividad medida con el valor de la producción, la productividad real, se ha incrementado muy modestamente, y de que lo haga de forma sustancial y sostenida depende el cambio del modelo productivo que el país necesita. Lo ha hecho en una pequeña dosis, puesto que los bienes y servicios exportables, que se han incrementado en más de 10 puntos de PIB en los últimos años y que son los que mejor miden tanto la marcha de la competitividad como el giro del modelo productivo, se han fabricado con un recorte apreciable en la remuneración del trabajo empleado en ello (el valor de los salarios se ha reducido en un 6%, según estimaciones hechas sobre datos de la EPA y contabilidad nacional).

Mientras que en el sector servicios se ha recuperado ya el nivel de empleo de 2008, los 14,1 millones, en la industria manufacturera, que es la que tiene en su mano la llave del cambio de modelo, solo tiene aún un 77% de los asalariados de 2008 (2,58 millones ahora por 3,35 millones entonces). Bien está que la construcción siga bien alejada de las cifras del boom (1,07 millones de empleos ahora por 2,68 millones en 2008, un 40,2% solamente, con un déficit de 1,6 millones de asalariados), pero la economía precisa caminar hacia un estatus productivo que suponga un salto cuantitativo en la productividad real. Solo con tal sorpasso se reforzarán los sueldos, puesto que si crece la productividad real podrá hacerlo la remuneración del factor trabajo, y con ella lo harán las cotizaciones que ha de soportar un Estado del bienestar que tiene que absorber el tsunami del envejecimiento que se echa encima a marchas forzadas.

Pero para ello se precisa un reforzamiento de la educación y formación laboral; una intensificación tecnológica y digital en los procesos productivos; una apuesta industrial por bienes de alto valor añadido y demanda no cíclica; una flexibilidad más intensa en las relaciones industriales, y culminar la agenda de reformas de los mercados de bienes y servicios que ahora encarecen artificiosamente la producción.

Hemos hecho, por tanto, la mitad del trabajo: hemos recuperado la mitad del empleo y hemos pinchado la burbuja de la productividad aparente, poniéndola en sus términos justos. Queda la mitad del trabajo, la más difícil y apremiante: devolver el empleo a todos con una economía en la que la productividad vaya más deprisa.

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