Tribuna

Populismos

Es una reacción profunda a la globalización, una vuelta al primitivismo político

Lejos de las lejanas aproximaciones a las formas degeneradas, sofísticas y demagógicas de democracia de Aristóteles, las que más se aproximan en nuestros días al concepto peyorativo de populismo, podemos encontrar en un pasado más reciente sus raíces ideológicas modernas. El populismo del siglo XIX tuvo dos líneas ideológicas bien definidas, muy próximas al movimiento de desobediencia civil y a la lucha contra la servidumbre. Por un lado, el populismo norteamericano, basado en la idealización de las magistraturas del bosque y del primitivismo político ingenuo de Thoreau; y, por otro, el populismo ruso de Herzen, que idealizó, de forma igualmente ingenua, la comuna campesina.

El pensamiento de Marx, proyectado al siglo XX a través de Gramsci, pasando por el concepto de multitud de Negri y por las contribuciones de la izquierda lacaniana, por cierto, muy utilizadas por Podemos, hasta recabar en la formulación más reivindicativa del populismo de Chantal Mouffe y del recientemente fallecido filósofo argentino Ernesto Laclau, constituyen la línea genealógica más reciente del pensamiento populista. Dicha línea ha permitido que el populismo pase de estar asociado a una concepción marginal y correosa en el ámbito de la ciencia política, a otra mucho más central, formalizada y rigurosa.

En concreto, para Laclau, que es el más prestigioso pensador de nuestro tiempo que ha abordado en positivo este concepto político, el populismo es un fenómeno que contribuye a refortalecer la democracia, anquilosada y administrada en muchos casos por una élite, casta u oligarquía extractivas (Acemoglu / Robinson) que se han apropiado de la lógica representativa a través de la burocracia, los partidos políticos tradicionales u otros mecanismos de representación política. En este sentido, el populismo valdría tanto para canalizar la acción política del ciudadano indignado, como es el caso de Podemos en España, al pretender convertir la indignación y el estado de ánimo en ideología política; como para movilizar a la desclasada clase media en crisis (España), al hombre blanco americano (EE UU), o a las comunidades indígenas que nunca se habían comportado como sujeto político (Venezuela o Bolivia).

El populismo, ante tanta amplitud conceptual, y a pesar de los esfuerzos intelectuales de tantos pensadores, no deja de ser un concepto correoso, difícil de llegar a tomar posiciones de poder. Si ya los regímenes democráticos son muy escasos en la historia, mucho más contados son los populistas. No obstante, en nuestros días estamos asistiendo a fenómenos de una gran trascendencia que han sido calificados como populistas. En concreto, los resultados del referendo británico en torno a la permanencia en la UE (el brexit), la inesperada victoria de Donald Trump, el éxito de la izquierda radical en Grecia, el inopinado ascenso de Podemos, o los sorpresivos resultados del referendo sobre el acuerdo de paz con las FARC en Colombia, se están presentando como ejemplos de un cambio de era caracterizada por la desafección política, la burocratización de la democracia, el aumento de la desigualdad, la crisis de dos conceptos clave de la mitología política (la democracia representativa y la soberanía), y las falsas expectativas generadas por el proceso de globalización.

"Bievenido sea para que veamos que la democracia no puede sobrevivir con tanta desafección política"

El populismo es una reacción profunda a la globalización, a la servidumbre del capital, a los procesos de homogeneización, a las instituciones representativas remotas, a la democracia administrada, a las puertas giratorias, a las instituciones intermedias ineficientes, a la sofistificación política, a las crisis de las ideologías y de los partidos políticos, a la disciplina de voto, a la burocracia del euro, al turnismo político, a los intelectuales que se comportan como estómagos agradecidos, a la tolerancia vestida de mansedumbre o servidumbre, a la facilidad monetaria que no genera crédito sino burbujas... En definitiva, es una vuelta al primitivismo político, a las raíces profundas y menos elaboradas de la democracia. Aunque no estaba en la hoja de ruta del pensamiento ilustrado, es la única esperanza emancipadora ante todos estos problemas a los que la clase política tradicional no ha sabido dar respuesta. Bienvenido sea para que abramos los ojos y para que seamos conscientes de que la democracia no puede sobrevivir con tanta desafección política. En ningún caso podemos simplificar el fenómeno al estilo aristotélico, como una democracia degenerada. La democracia degenerada ya estaba antes del populismo. Es el síntoma, no la enfermedad.

Francisco Cortés García es profesor de la UNIR.

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