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El mercado luchará por el clima

La política del escéptico Trump podría incluso potenciar los esfuerzos de las empresas y otros gobiernos

Plaza de Yamaa el Fna, en Marrakech, durante la Cumbre del Clima COP22.
Plaza de Yamaa el Fna, en Marrakech, durante la Cumbre del Clima COP22.

Los mercados ayudarán a mantener vivas las esperanzas del mundo respecto al clima en 2017 y en adelante. La victoria de Donald Trump en las elecciones estadounidenses de la semana pasada lo convertirá en el negacionista en jefe del calentamiento global: el magnate desdeña el fenómeno, que califica como un “engaño” y del que dice que ha sido “creado por y para los chinos para hacer que la fabricación estadounidense no sea competitiva”. Es un gran golpe a la reducción de emisiones, pues EE UU es el segundo mayor contaminador del mundo. Hay, sin embargo, razones para la esperanza.

Puede que no lo parezca. Trump ya está buscando una forma de acelerar el proceso –de cuatro años de duración– de salida del acuerdo de la ONU de París 2015. Mientras, los 200 países que lo firmaron se reúnen estos días en Marrakech (Marruecos) para discutir los próximos pasos.

Trump también quiere revocar una serie de decretos presidenciales de Barack Obama que buscaban frenar las emisiones de gases de efecto invernadero. El escéptico sobre el cambio climático Myron Ebell es uno de las favoritos para la Agencia de Protección Ambiental. Y la Alianza de Fabricantes de Automóviles ya está presionando para que la administración de Trump le de a la industria cierto alivio en cuanto a las normas de emisiones.

Muchos estados y ciudades de EEUU se han comprometido a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero

Estas acciones serían un gran revés para el medio ambiente. Pero el gobierno de Trump no es la única fuerza que influye en la lucha por prevenir el calentamiento global. Para empezar, a diferencia de los acuerdos comerciales, retirarse del acuerdo de París no acabará con él. Muchos otros países, entre ellos China, el mayor contaminante, pretenden seguir con el plan. Eso debería tranquilizar a las compañías que invierten para traer nuevos productos verdes al mercado.

Muchos estados y ciudades de EEUU también se han comprometido a reducir los gases de efecto invernadero; por ejemplo, la ciudad de Nueva York prometió un recorte del 80% de aquí a 2050. Estas metas ayudan a atraer a personas y empresas innovadoras que trabajan en las tecnologías necesarias para ayudar a evitar desastres climáticos –desde el uso inteligente de tecnología y big data hasta proyectos mucho más grandes como construir edificios autónomos y vehículos eléctricos. Alrededor del 75% de todas las emisiones de gases de efecto invernadero emanan de zonas urbanas o se deben a ellas, por lo que la acción de las ciudades es crucial.

Trump tampoco puede impedir que se generalice el uso de energías renovables: la energía eólica, la solar y la hidroeléctrica han representado más de la mitad de la nueva capacidad añadida desde 2013 y deberían ser cuatro veces más importantes que los combustibles fósiles en 2030.

El Consejo Estadounidense para una Economía Energéticamente Eficiente, un think tank sobre energía limpia, calcula que las inversiones de los servicios públicos de EEUU en eficiencia energética han creado más de dos dólares en beneficios para el consumidor por cada dólar gastado.

Mientras, un número pequeño pero creciente de empresas está demostrando que ser más ecológico da beneficios financieros. En cinco años, 62 compañías han reducido sus emisiones en un 29% y sus negocios han crecido un 26%, según el centro de investigación financiera CDP, que representa a 827 inversores con más de 93 billones de euros en activos que quieren una mayor transparencia sobre los riesgos climáticos. Además, la firma de electrónica Philips, por ejemplo, ya obtiene toda la energía que necesita en EE UU de fuentes renovables. Nada de eso desaparecerá cuando Trump se mude a la Casa Blanca.

Algunas de las políticas del nuevo presidente incluso ayudarán involuntariamente a la causa: el programa de infraestructuras de un billón de euros debería incentivar mejoras ambientales en las obras hídricas y las autopistas del país. La inversión verde también debería beneficiarse de que las empresas estadounidenses obtengan una amnistía de unos 2 billones de euros sobre las ganancias que mantienen en el extranjero para evitar la doble imposición.

Acabar con el legado climático de Obama es una mala medida tanto desde una perspectiva ecológica como económica. Pero la lucha contra el calentamiento está lejos de estar muerta. Una nueva y retrógrada política climática en EE UU puede subir la temperatura de los demás participantes.

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