Editorial

'Era Trump': preparados para las turbulencias

Se impone el temor a una de las consecuencias más claras del relevo en la Casa Blanca: la presión al alza para los tipos de interés

Donald Trump, presidente electo de EE UU.
Donald Trump, presidente electo de EE UU. Reuters

El mercado ha reaccionado de manera dispar a la sorprendente victoria del populista Donald Trump en las elecciones presidenciales de Estados Unidos. Las Bolsas norteamericanas se han situado en zona de máximos, lo que parece dar la vuelta a su inicial apuesta por la demócrata Hillary Clinton. Una explicación estaría en que, resuelta la incertidumbre, las carteras se están adaptando a la nueva situación, apostando por los sectores que deben beneficiarse más. Otro factor es que gana fuerza la idea de que la política económica de Trump no va a ser tan antisistema como se presume, que el pragmatismo, la presión de su partido y los lobbies preservarán los intereses de los mercados y las empresas. Ese cálculo podría pecar de optimista, pues aunque era previsible que el presidente electo rebajara el tono agresivo una vez conquistado el poder, nada en su personalidad apunta a que se convertirá en un gestor prudente. La previsión de que confiará la secretaría del Tesoro a un hombre de Wall Street (se habla de Jamie Dimon y de Steven Mnuchin, procedentes de Goldman Sachs y JP Morgan, respectivamente) es muy contradictoria con sus mensajes de campaña, pero ahondaría en esa línea de tratar de calmar a los inversores.

Las Bolsas europeas parecen menos esperanzadas. Se impone el temor a una de las consecuencias más claras del relevo en la Casa Blanca: la presión al alza para los tipos de interés. Eso explicaría que el sector bancario se mueva en positivo e industrias muy endeudadas, como las energéticas, en negativo. Hay otros temores de índole económica, como el retroceso en el libre comercio;y política, relativos al efecto contagio del populismo en una UE en crisis de identidad. Parece claro que se avecinan turbulencias en los mercados según se vayan despejando las incógnitas –enormes, dada la vacuidad de su programa– del plan de Trump.

En el corto plazo, el presidente electo promete estímulos presupuestarios para la economía de EE UU: rebajas fiscales (en especial para los más ricos), subidas del salario mínimo, lo que beneficiaría el consumo, y aumento de la inversión pública en infraestructuras. Eso animará el crecimiento, pero también es evidente que se producirá un incremento del déficit fiscal y la deuda, que a la larga siempre se demuestra insostenible. El anunciado proteccionismo comercial es uno de los elementos más inquietantes del periodo que se abre. Trump prometió enterrar el tratado comercial con Europa, el frustrado TTIP, y el del Pacífico, el TPP, y revisar los términos del acuerdo con México y Canadá (el NAFTA, que se remonta a 1992). Es un convencido de que el libre comercio ha arruinado a industrias (cierto:sobre todo a las menos competitivas) y empobrecido a sectores sociales, lo que ha resultado una de las claves de su victoria. Deshacer tratados internacionales no es tan fácil y Trump podría encontrar obstáculos en su propio entorno. Además se plantea declarar una auténtica guerra comercial a China con fuertes aranceles.

También es dudoso que pueda adoptar una estrategia muy agresiva contra un país que posee creciente influencia (y enormes sumas de deuda de EE UU). En todo caso, una política de aranceles altos se traducirá automáticamente en alzas de precios de los bienes importados, y aunque beneficie a algunas empresas, desprotege a los consumidores. La ecuación es sencilla:más déficit y más inflación llevarán a tipos más elevados. La subida gradual que preparaba la Fed podría ir más lejos. Probablemente la economía mundial pueda encajar cierta elevación de tipos, pero si la situación se descontrola el riesgo de recesión se disparará. Las peores perspectivas serán para los países emergentes, que perderán acceso al primer importador del planeta y sufrirían tensiones monetarias.

Trump combina en dosis imprevisibles ideas keynesianas (más inversión pública, estímulo de la demanda) y ultraliberales (desregulación financiera, desmantelamiento del Estado del bienestar, nulo compromiso con el medio ambiente). No conocemos todas las recetas, así que es complicado prever sus efectos. Y un factor difícil de calibrar hoy es si su presidencia generará tensiones internacionales que debiliten no solo el crecimiento, sino la estabilidad global. Eso ya son palabras mayores. Aunque se agradece el fin de la retórica incendiaria, los miedos no van a esfumarse por un par de días de palabras amables.

Normas