Tribuna

Diversidad bancaria

Si en las microfinanzas el destino inequívoco es la regulación, en el ámbito de la banca europea parece ser que el destino es la bancarización

Recientemente, en un foro con responsables de entidades microfinancieras (IMF), surgió el debate sobre el futuro de las microfinanzas. Como no podía ser de otra manera, una parte del mismo se centró en los problemas de regulación del sector, muy diferente según cada país. Es cierto que la falta de regulación fomenta de forma espontánea la diversidad de entidades que hacen microfinanzas (ONG, cooperativas, etc.) y limita el potencial de las IMF en el ámbito de la inclusión financiera; pero también es cierto que la falta de regulación ha supuesto problemas de gobernanza, malas prácticas y, sobre todo, un deterioro reputacional que siempre ha lastrado al sector en términos de confianza y sustentabilidad.

La regulación, tanto societaria como prudencial, es necesaria para que estas entidades puedan tener un mejor desempeño, ser más eficientes y generar confianza. Sobre todo teniendo presente que uno de los elementos capitales para su sustentabilidad es la diversificación de las fuentes de financiación y, en particular, la posibilidad de financiarse con el ahorro del público. El problema surge cuando el marco regulatorio es tan poco discriminante y homogéneo para todas las entidades que acaba haciendo converger el comportamiento de las mismas y, subsecuentemente, sus formas jurídicas, sus culturas empresariales y sus aspiraciones vocacionales. Se puede decir, entonces, que el marco regulatorio aplasta la vocación de las entidades, haciéndolas perder, cuando las tenían, sus aspiraciones sociales, mutuales y solidarias.

La globalización no es otra cosa que una ola homogeneizadora y empobrecedora que está afectando a todos los ámbitos de nuestras vidas en términos de pérdida de diversidad y sostenibilidad. Pero si algo se ha visto afectado por la globalización, tanto desde el punto de vista del efecto como desde la causa, ha sido la economía financiera y los movimientos de capital: los movimientos de capital han sido el principal detonante y el decisivo catalizador del proceso globalizador; pero, a su vez, han sido los grandes beneficiarios de la globalización y de la existencia de un mundo extremadamente interconectado y que definitivamente ha mitificado el determinismo tecnológico y ha convertido en fetiche al capital.

"La regulación, tanto societaria como prudencial, es necesaria para que estas entidades puedan tener un mejor desempeño, ser más eficientes y generar confianza"

Y el problema al que se están enfrentando los países menos desarrollados en el ámbito de las microfinanzas, en el que el marco regulatorio limita severamente la diversidad y la existencia de organizaciones de la economía social y solidaria, es muy similar al que se está produciendo en Europa con la banca mutual y solidaria. Si en las microfinanzas el destino inequívoco es la regulación, en el ámbito de la banca europea parece ser que el destino es la bancarización. A Mario Draghi y al BCE no le encaja la banca mutual, la consideran realmente una singularidad que va a contracorriente de los avances del modelo regulatorio. De ahí que dicho modelo regulatorio, con la coartada de la crisis y de la necesidad de reformas estructurales, estreche cada vez más el cerco de cara a la eliminación de las diferencias societarias y de los elementos mutuales de una parte muy importante del sector bancario europeo que, en la actualidad, representa en torno al 20% del sector bancario.

En España, con la práctica desaparición de las cajas de ahorros, hemos visto cómo se ha producido una pérdida de diversidad bancaria sin precedentes, tanto desde el punto de vista cuantitativo como cualitativo, que a medio y largo plazo va a tener efectos negativos en lo que constituye la esencia de la banca social y mutual: el desarrollo local sostenible, la fijación de capital al territorio, el apoyo a la economía social y la inclusión financiera.

Y en Europa el camino no va a ser diferente: en parte por la existencia de determinados intereses dominantes, por la falta de conocimiento y, finalmente, por la simple pereza intelectual. La falta de visibilidad y el profundo desconocimiento del sector por parte del legislador y de los órganos reguladores refuerzan de forma clara la idea de que la banca social y mutual es una singularidad que tarde o temprano sucumbirá al proceso de bancarización, al igual que las entidades microfinancieras acabarán sucumbiendo a un proceso regulatorio homogéneo.

Ante esta situación, resulta necesario promover no un modelo regulatorio, sino varios modelos que se adapten a las necesidades y objetivos de los dos grandes tipos de entidades bancarias: los bancos convencionales y los bancos sociales y mutuales. Especialmente porque, por razones netamente arbitrajistas, no parece viable la existencia de un único modelo regulatorio para varios modelos y formas societarias de entidades. Un modelo regulatorio único e indiscriminado acaba eliminando la especificidad de la entidades sociales y mutuales.

Se precisa, por tanto, avanzar y profundizar en un marco regulatorio específico para este tipo de banca que tiene tan nobles y defendibles objetivos como el desarrollo local, la solidaridad y la inclusión financiera. Un modelo regulatorio que refuerce, estimule y preserve las raíces fundacionales de este tipo de entidades y que venga acompañado por un marco legislativo apropiado para que encuentren las reglas de juego adecuadas para evitar su desnaturalización.

Francisco Cortés García es profesor de Finanzas de la UNIR.

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