EXTRA FORMACIÓN
Barack Obama, junto a Felipe VI, en su visita oficial del pasado julio. Entre los presentes, los embajadores de ambos países, el español Ramón Gil-Casares y el estadounidense James Costos.
Barack Obama, junto a Felipe VI, en su visita oficial del pasado julio. Entre los presentes, los embajadores de ambos países, el español Ramón Gil-Casares y el estadounidense James Costos.

El embajador (no nace) se hace

Una dura oposición es la llave de acceso a la carrera diplomática. Idiomas, titulación y nervios de acero, la clave.

Fiestas, banquetes, agasajos, viajes, residencias de lujo y codearse con lo mejor de cada casa en cada país en el que uno esté de misión. Son los diplomáticos que describen las películas y algunos anuncios publicitarios. Una profesión llena de glamour y relajo en la ficción. “Nada más lejos de la realidad”, nos aclara con visible irritación una funcionaria de la Oficina de Información Diplomática (OID), dependiente del Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación.

Son muchos los mitos, la mayoría falsos, que rodean la carrera de diplomático. El primero, el del acceso a la profesión. “¡Estoy harta!”, estalla enojada. “No hay que ser hijo de, familiar de algún diplomático, tener un apellido de rancio abolengo…, para acceder al cuerpo y vivir en el extranjero. Tampoco es fácil, el Estado no subvenciona todo”, asegura esta diplomática de carrera que pide no revelar su identidad.

¿Qué hay que hacer para ser embajador? Porque la carrera como tal no se imparte en ninguna universidad. La carrera en sí es el ejercicio de la profesión y es imprescindible entrar a la Escuela Diplomática, una misión difícil, ya que son muy pocos los que consiguen aprobar una durísima oposición –y pocas las plazas que se ofertan–, explica Manuel Larrotcha, embajador en misión especial para Asia Central, con más de treinta años de profesión.

La prueba para entrar en la escuela tiene cuatro fases, todas ellas eliminatorias y muy exigentes

En la actualidad hay en España 800 diplomáticos, el 40% ejerce en el país y el 60% fuera. La profesión “indudablemente se ha democratizado. Antes era una función reservada a la alta burguesía, a la nobleza, era un trabajo de hombres. Hoy solo con el apellido no apruebas y hay cada vez más mujeres diplomáticas”.

Creada en 1942, la Escuela Diplomática dependiente de Exteriores tiene entre otras funciones “la formación de candidatos a la carrera diplomática, de funcionarios destinados en el exterior, la preparación de aspirantes a la función pública internacional”, según reza en la web ministerial y confirma Larrotcha, presidente además del tribunal de la oposición en curso para acceder al cuerpo.

En total se ofrecen 20 plazas, en un proceso que dura 7 meses; consta de cuatro pruebas eliminatorias –la segunda se acaba de celebrar el 5 de septiembre– a las que suelen concurrir entre 250 y 400 candidatos tras varios años de preparación.

  • Solo 20 plazas

Una titulación universitaria e idiomas son requisitos imprescindibles para opositar. “Tener la cabeza bien amueblada, un buen discurso y locución en público y nervios de acero para aguantar el proceso es un plus”, señala Larrotcha. “Entre los diplomáticos tenemos ingenieros aeronáuticos, algún médico, arquitectos y filósofos, aunque la mayoría, el 85%, ha estudiado Económicas y, sobre todo, Derecho, ya que gran parte del temario tiene que ver con estas disciplinas”.

De destino en destino

Aprobar la oposición y el curso de la Escuela Diplomática no garantiza el sillón de embajador ni el destino soñado. Como en el Ejército, ascender de escalafón en la carrera diplomática es cuestión de tiempo, experiencia, idoneidad, más cursos y más exámenes.

De la escuela se sale como secretario de tercera. Se asciende a secretario de segunda y primera antes de llegar a consejero de embajada; luego, ministro y embajador. Una carrera que puede durar entre 8 y 15 años. Cada dos o tres se suele cambiar de destino, el plazo máximo que se puede estar en misión fuera de España es de nueve años y ningún funcionario puede permanecer en el país más de ocho años seguidos.

En los destinos considerados calientes o más duros –conflictos, guerras o países del Tercer Mundo–, la estadía es entre un mínimo de dos años y un máximo de tres, y en los considerados como “peritas en dulce” –Estados Unidos, Canadá o Europa– se está entre tres y cinco, similar a las plazas intermedias. Y no se repiten consecutivamente destinos “malos” o “buenos”.

La primera prueba es un test de 100 preguntas y respuestas múltiples. La mitad de los candidatos quedarán apeados del proceso aquí. La segunda prueba es un tema de actualidad que el tribunal elige y sobre el que el opositor tendrá que escribir durante dos horas en papel autocopiativo y luego leerlo ante este.

Así no puede omitir nada de lo que haya escrito ni inventarse algo que se haya dejado en el tintero. Tras la lectura hay “un turno de preguntas del tribunal, en el que vemos cómo se desenvuelve el candidato, cómo reacciona, vamos trazando un perfil y valoramos el manejo de la tensión. Es un momento duro en el que el memorión no sirve de nada y es importante no bloquearse”, reconoce el embajador. La mitad no superan este lance.

La prueba de idiomas es el tercer ejercicio. Español e inglés son obligatorios, pero además los opositores deben elegir otra entre las restantes lenguas oficiales de Naciones Unidas –francés, ruso, chino y árabe–.

Tienen “la posibilidad de escoger otro idioma optativo para subir nota. Además de los de la ONU, este año pueden también entre alemán y japonés”, añade el diplomático. “Alemania y Japón son socios económicos y tecnológicos y tienen mucha importancia para España”. Solo unos 70 u 80 candidatos superan la prueba.

El último ejercicio es una especie de cuarto grado para los aspirantes, ya que tendrán que examinarse sobre 200 temas distribuidos en cuatro bloques de 50. Uno, jurídico, pues “no hay que olvidar que en nuestra profesión a veces tenemos que actuar como notarios, jueces o registradores, hacemos labores consulares”; otro, sobre sistemas políticos; un tercero, sobre economía, sector público y cooperación para el desarrollo, y un cuarto, sobre historia mundial y de España. El tema lo elige el candidato a través de un sorteo –uno por cada bloque–. Dispone de 15 minutos para disertar sobre cada uno de los cuatro.

  • Más escollos

No será el último escollo. Los aspirantes “tienen una charla con el tribunal en la que vemos cómo se desenvuelven, si saben responder a situaciones inesperadas; trazamos el perfil completo y se decide si ese candidato es apto para la Administración española.”

Los 20 que aprueben entrarán en enero en la Escuela Diplomática para hacer un curso de siete meses, un entrenamiento práctico con el que estarán listos para la función. Aprenderán a redactar testamentos, adopciones, contratos de compraventa, defensa de ciudadanos españoles, tramitación de visados… Tantas cosas que poco tienen que ver con fiestas y banquetes.

Normas
Entra en EL PAÍS