Tribuna

La primera virtud de la economía

Hace poco participé en un Encuentro de Excelencia con los Premios Nobel de Economía Christopher Pissarides y Angus Deaton, organizado por la Facultad de Economía de Valencia. Aproveché esa ocasión para plantearles algunas preguntas muy básicas pero que me intranquilizan, pues una vez se empieza a pensar en ellas es difícil dejar de hacerlo. Les comenté que la teoría de la justicia de Rawls nos enseña que la justicia es la primera virtud de las instituciones sociales, del mismo modo que la verdad lo es para los sistemas de pensamiento. Quise saber cuál debía de ser, según su criterio, la primera virtud de la economía, si era la justicia, la verdad, la eficiencia, lo correcto, la precisión, etc.

Una contestación adecuada habría requerido más tiempo y detenimiento del que disponíamos. Pero me tranquilizó ver que no era el único a quien le inquietan estos asuntos. El profesor Deaton me comentó que me interesaría saber que algunos republicanos americanos defienden que la desigualdad es justa, y que tienen buenos argumentos para hacerlo. Tras mi desconcierto inicial, pensé que sus argumentos quizás estuviesen fundamentados en la idea de que es justo que cada cual sea remunerado de acuerdo con su esfuerzo en el trabajo.

Sin embargo, dado que la gente hereda la pobreza de la misma forma que la riqueza, ¿no tendría sentido entonces que los economistas nos propusiésemos discutir en serio sobre la justicia en economía, en lugar de abordar el asunto como si se tratase de un oxímoron? Si la economía es una ciencia que se ocupa de instituciones sociales deberíamos reclamar la equidad como primera virtud aunque fuese al coste (¿para quién?), quizás ocasional, de una menor eficiencia. Si, por el contrario, la economía descansa más bien sobre un sistema de pensamiento científico específico, entonces debería de tener la verdad como primera virtud. Pero, en ese caso, ¿qué tipo de verdad?

A menudo se entiende la economía a nivel abstracto (¿más sublimado, más procaz?) como la ciencia de la escasez que gracias al mercado nos asegura la asignación eficiente de recursos escasos entre fines alternativos (Robbins, 1932). Esta visión, neutra y de corte ingenieril, no suele contemplar los costes de transacción, es decir, el precio que los agentes económicos deben de estar dispuestos a pagar si quieren que funcionen los mercados en los que se intercambian bienes y servicios por dinero (Coase, 1937). Al hacerlo, olvida la acumulación inicial de la riqueza y el contexto social que la perpetúa.

Al final, los economistas solemos adoptar un enfoque más pragmático cuando, como subrayó el profesor Pissarides, intentamos resolver problemas económicos con los utensilios analíticos que tenemos a mano y cuya eficacia hemos tenido ocasión de contrastar. Que la economía venga a ser “aquello que hacen los economistas”, nos retrotrae a la definición tautológica de Viner y la obliga a comportarse como un mero aparato instrumental que se reclama libre de valores y sirve para proporcionar soluciones concretas a problemas técnicos renunciando a consideraciones políticas y democráticas. Esto equivale a plantear la acción de los economistas como técnicos que asesoran a los Gobiernos y les proporcionan una función de preferencias entre las que deberán tomar decisiones que tendrán consecuencias.

Sin embargo, si la justicia fuese la primera virtud de la economía podríamos hablar, por ejemplo, de mercados de trabajo justos en los que la negociación entre los agentes sociales persiguiese reconciliar los valores de eficiencia para las empresas y de seguridad para el trabajador, al tiempo que respetase los derechos de los afectados tanto actuales (parados) como futuros (jóvenes inactivos) al garantizar la sostenibilidad financiera de las pensiones. Mercados laborales eficientes que permitiesen a las personas usar sus capacidades para proteger su dignidad y ensanchar su libertad real de llevar a cabo una vida con buenas razones para valorar (Sen). Para todo esto la libertad de mercado es esencial porque las barreras de acceso y de participación en el mercado de trabajo es una de las formas modernas de mantener a los ciudadanos en una situación de esclavitud.

Asimismo, podríamos abordar el crecimiento justo sin tener que limitar las fronteras del debate académico al óptimo paretiano de la economía del bienestar; y, también, estudiar el modo en que la teoría de la justicia de Rawls afecta a los mercados financieros, etc., etc. Es cuestión de ponerse manos a la obra y cuanto antes mejor.

Manuel Sanchis i Marco es Profesor de Economía Aplicada de la Universitat de València y miembro de AFEMCUAL

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