Editorial

Una herida en el corazón de Europa

Boris Johnson, exalcalde Londres, partidario del 'brexit'.
Boris Johnson, exalcalde Londres, partidario del 'brexit'.

Los británicos votan hoy la posibilidad de un brexit en un referéndum cuya trascendencia política, económica e histórica va más allá de los límites de Reino Unido y apunta directamente al corazón de Europa. Pese a que las últimas encuestas muestran un empate técnico entre los partidarios de permanecer en la UE y los que apoyan la salida, cada vez parece más evidente que la mera celebración de la consulta, al margen de su resultado, ha abierto una herida en el seno de la Unión Europea que ni siquiera una derrota de los euroescépticos podrá hacer cicatrizar del todo. La imagen de los ciudadanos de un Estado con el peso de Gran Bretaña acudiendo a las urnas para decidir un futuro dentro o fuera de la UE constituye un precedente poderoso para otros países. Y en el contexto histórico actual, con una Europa recién salida de la recesión, políticamente fracturada y en la que crece el descontento y el populismo, el ejemplo británico puede tener un eco aún mayor del previsto.

Aunque las raíces del euroescepticismo en el país son añejas y tienen arraigo en su particularísima idiosincrasia, que cristalizó en política exterior con el espléndido aislamiento que Londres mantuvo de forma intermitente a finales del XIX, la decisión de celebrar este referendum tiene como claro responsable al primer ministro David Cameron. Pese a su postura a favor de la permanencia, el líder conservador pasará a la historia muy probablemente como el artífice de la mayor crisis institucional sufrida por la Unión Europea en sus casi 60 años de historia. Aunque es cierto que este no es el primer referendum al que debe hacer frente la construcción europea ni constituye siquiera la única crisis de euroescepticismo que ha golpeado a Bruselas, sí puede ser la que deje mayores secuelas. No solo por el peso político de Londres, sino por el momento histórico que vive el proyecto comunitario, debilitado por la dureza de los años de la recesión, agotado por la sangría de los rescates, dividido frente a la crisis de los refugiados y sumido en conjunto en un polvorín altamente inflamable.

El tono crispado de la campaña del referéndum británico –marcada por el asesinato de la diputada laborista Jo Cox, a manos presuntamente de un extremista contrario a la permanencia en Europa– constituye en sí mismo una muestra de lo anterior. Los argumentos populistas y las llamadas al miedo y a la xenofobia han sido abundantemente utilizados, hasta el punto de hacer desertar de las filas partidarias de la salida a la antigua presidente del Partido Conservador británico, la baronesa Sayeeda Hussain de Warsi, por el nivel de “odio y xenofobia” de algunos discursos. O de mostrar imágenes como la del polémico cartel utilizado por el Partido por la Independencia del Reino Unido (UKIP, en inglés), en el que se presenta a una larga fila de solicitantes de asilo político, en su gran mayoría varones, como razón principal para el sí al brexit, cuando es la obligación de acoger inmigración europea –y no refugiados extracomunitarios– lo que va ligado a la permanencia en la UE. Los argumentos políticos y económicos legítimos para apoyar la salida se han visto desplazados por discursos en los que se ha apelado directamente a los temores en lugar de a la razón.

De las posibles fórmulas para canalizar el descontento ante el proyecto europeo, la elegida por el Gobierno británico ha sido la peor opción. Sea cual sea el resultado de la votación –pero mucho más si gana el brexit– Reino Unido y la UE saldrán heridas de este pulso político. El proyecto de una Europa fuerte y unida, económicamente interconectada, nació también como un intento de evitar la repetición de los enfrentamientos y conflictos bélicos que desangraron el continente en la primera mitad del siglo pasado. Muy lejos ya de ese espíritu, la actual Unión Europea debe hacer un profundo ejercicio de autocrítica y reconocer su incapacidad para construir un proyecto lo suficientemente atractivo como para alimentar la adhesión de sus miembros más fuertes. El euroescepticismo no es una enfermedad únicamente atribuible a Reino Unido, sino presente en varios estados miembros. Un no al brexit puede ser un primer paso para frenarlo, pero debe ir seguido de otros muchos.