Editorial

Popular o la crisis bancaria no superada

Ángel Ron, presidente de Banco Popular
Ángel Ron, presidente de Banco Popular

El martes anunciaba con solemnidad en Madrid la directora de supervisión del BCE, Danièle Nouy, que la banca española, salvo algún caso puntual, no precisaba de más capital para estar en condiciones de cumplir la labor que tiene asignada en la economía, que no es otra que capturar ahorro y conceder crédito en condiciones eficientes y manteniendo razonables niveles de solvencia. Cuarenta y ocho horas después, la sexta entidad del país por activos, el Banco Popular Español, anunciaba una macroampliación de capital de 2.500 millones de euros, prácticamente por la mitad del valor de su capitalización en la Bolsa. El anuncio es el mejor reconocimiento de que el banco no tiene el balance estabilizado y que el negocio no sostiene la solvencia de la entidad; de hecho, el primer responsable del banco, Ángel Ron, admitía que seguramente este año volverán a entrar en pérdidas y tendrán que suspender el pago del dividendo a los socios.

Pero esta situación aflorada por Popular alerta sobre el verdadero estado de salud del sistema bancario, que aunque es aceptable, guarda dolencias preocupantes en sus balances y en el negocio crediticio que deben ser subsanadas para volver a ser uno de los motores del crecimiento de la economía. El sector dispone aún de un volumen de activos inmobiliarios muy elevado, y en cantidades millonarias aquellos cuyo valor de adquisición es del todo irrecuperable, lo que aconseja una revisión realista de su provisión o su liquidación para que dejen respirar la actividad crediticia pura y la cuenta de resultados, y para que determinadas entidades abandonen su disimulado carácter zombi.

Banco Popular ha sido siempre muy celoso de su independencia y nunca contempló operación corporativa alguna que no preservase su liderazgo. Tal concepción de la vida tras haber expandido en exceso su actividad inmobiliaria le ha costado varias operaciones de ampliación de capital, unas express, marginando el derecho preferente de los accionistas, otras buscando en las aportaciones de los socios esquivar las ayudas públicas. En todas ellas los accionistas, tanto los del núcleo duro como los particulares, han respondido con firmeza, pero lo han hecho a costa de diluir sistemáticamente el valor de su participación.

Ahora Popular plantea un descuento de cerca del 50% sobre el valor de los títulos y tiene la ampliación asegurada, pero la entidad debe comprometerse ante los socios a que esta operación es la última de esta naturaleza, que el banco está suficientemente capitalizado, que aguanta cuantos análisis de estrés sea sometido, que normaliza en beneficios su cuenta de resultados y que distribuye religiosamente dividendos razonables.

La ampliación de 2.500 millones de euros, en la que los accionistas abonarán 1,5 euros por cada título nuevo, se destinará a reprovisionar activos inmobiliarios dañados y poder venderlos a precio real sin pérdida o minimizándola. Popular provisionaría por valor de unos 4.700 millones de euros para equiparar los niveles de cobertura de este tipo de activos con el resto de la banca y poder vender y sacar de su balance cerca de 15.000 millones de tales activos dañados. La pregunta es: ¿Tras este costoso movimiento que financiarán los accionistas queda el banco normalizado y suficientemente fortalecido para hacer banca, hacerlo solo y hacerlo en el estrecho contexto de tipos cero?

La respuesta es: depende. Seguramente los trastornos inmobiliarios quedarían liquidados con la venta de los 15.000 millones en activos citados, aunque nunca debe descartarse deterioro adicional en otros activos, por bien que vaya la actividad inmobiliaria. Popular debió en su día, cuando se creó el banco malo, alojar allí todos sus activos de ladrillo, en vez que guardar en su balance los que finalmente han devenido en problemáticos. Pero liquidado ese frente, hay que hacer banca en un escenario de tipos cero, con márgenes cada vez más estrechos, con inevitable reducción de los costes operativos a medida que la relación banco-cliente se digitalice y con una competencia creciente a nivel europeo. Popular es un banco reconocido en la franja de pymes y particulares y debe defender su condición, pero cuando el mercado es global, es europeo, hay que disponer de tal dimensión para competir en igualdad de condiciones, y seguramente el carácter independiente empiece a resultar demasiado caro e insostenible.