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La felicidad en la empresa

Según estudios recientes en Gran Bretaña y Estados Unidos, el 27% de los trabajadores ha sufrido maltrato de algún tipo en su centro de trabajo. No conocemos los porcentajes de España, ni en lo referente al acoso laboral ni en el doméstico, tal vez porque hay pocas denuncias de los interesados y de su entorno, por miedo o por pasividad. El tratadista McKinsey Quarterly describió en términos económicos el daño que sufre una corporación por tolerar actitudes poco respetuosas o mal educadas de los trabajadores con sus colegas, sin importar nivel salarial. Los psicólogos definen el maltrato psicológico en la empresa como “la muestra constante de una conducta hostil, tanto verbal como no verbal, excluyendo el contacto físico”. Se califica al abusador de imbécil.

El tratadista Robert Sutton hizo una lista de conductas características de los acosadores, entre ellas: insultos personales, amenazas e intimidaciones, sarcasmos y bromas como vehículos de insulto, correos agresivos, tratar a una persona como si fuera invisible, interrupciones sin fundamento, destacar con saña cualquier equivocación del maltratado y lo peor: humillaciones aireadas para provocar el rechazo de los demás compañeros. Las empresas deben reaccionar ante estas conductas que tienen graves consecuencias en la productividad de cualquier organización. Si estimaran el costo real de cada imbécil que tienen en plantilla seguramente intentarían no incluir a ninguno en el organigrama. Se sufren distracciones en el trabajo, todos quieren protegerse y dejan de hacer sugerencias valiosas y no consideran la importancia de aprender de los errores. Se constata en estos casos, la pérdida de motivación y sobre todo la aparición de enfermedades psicológicas derivadas del estrés, así como el hecho triste de que las víctimas se conviertan, a su vez, en abusadores.

Se muestra como ejemplo a seguir a una empresa conocida que incluía entre sus factores de éxito el hecho de no contratar imbéciles (employing no jerks). Para alcanzar el objetivo los empleados debían aceptar antes de firmar el contrato lo siguiente: “Seré un buen compañero de trabajo”. La sociedad que citaba el autor del trabajo es una entidad compuesta exclusivamente por personas que aman lo que hacen y que respetan a los compañeros. Es verdad que casi todas las organizaciones mercantiles tienen en la actualidad códigos de conducta y de ética pero muy pocas veces los aplican y conviene señalar que cuanto antes se advierta lo que sucede si alguien no respeta a sus colegas de trabajo, mejor será el clima laboral y más productiva la empresa.

Por el contrario, cuando se toleran los abusos, será mayor el tiempo invertido en capacitar a los nuevos trabajadores después de que los imbéciles y sus víctimas se hayan retirado de la empresa.Por otra parte, no se trata de conseguir que cada centro de trabajo sea un balneario de personas anodinas con aversión al conflicto, sino un colectivo humano en el que los trabajadores consideren la confrontación constructiva, con educación y respeto a los demás. Lo deben practicar también todos sus líderes, quienes tienen la obligación de establecer claramente cuáles son las políticas para la interacción positiva entre compañeros. El empresario no tiene que pretender que sus empleados sean perfectos, solamente que cuando se equivoquen, se disculpen y traten de no volver a repetir los mismos errores y, sobre todo, desde el punto de vista de la relación laboral, que sean buenos compañeros, amables y tolerantes. Las organizaciones que permiten malas conductas de sus trabajadores tienen, en general, dificultades en lo que se refiere a retener a personas de talento y pierden la confianza de los accionistas y los clientes porque todo trasciende en estos tiempos de la comunicación.

Robert Sutton mantiene que si las empresas estimaran el costo verdadero de cada acosador que tienen en su organización, posiblemente implantarían políticas de tolerancia cero, puesto que se ha demostrado que las interacciones negativas tienen un efecto cinco veces más intenso que las relaciones positivas entre las personas y no se necesita ser un genio para prever las consecuencias de todo ello en la productividad de una organización empresarial. Guadalupe de la Mata ha recogido en su obra La Revolución de la Felicidad unas impresiones y advertencias acerca del bienestar personal y laboral, que son de sumo interés para procurar que se eliminen los malos tratos que tanto sufrimiento producen. Algunas sociedades ya han adoptado medidas importantes como parte de su cultura, que han servido para obtener un alto nivel de felicidad en cuanto condición interna de satisfacción que ayuda a muchos trabajadores y a cualquier persona.

Guadalupe Muñoz Álvarez es Académica correspondiente de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación