Editorial

El deber de neutralizar los propios riesgos

Si hubiera que explicar a los niños en las escuelas lo ocurrido en la economía española desde 1993, año en que se inició una etapa de crecimiento sin precedentes que finalizó de forma abrupta en 2008, podría utilizarse la fábula de la cigarra y la hormiga. Durante esos quince años de bonanza, España superó los 20 millones de ocupados y redujo el desempleo a mínimos históricos, pero también elevó los salarios y aumentó los precios. Mientras nuestros vecinos europeos más industriosos aplicaban políticas anticíclicas –que recomiendan incentivar el ahorro y reducir el gasto en épocas de crecimiento– la economía española se apoyaba en el superávit fiscal y una deuda más que razonable, por debajo del 60%, para ignorar la posibilidad de un invierno precoz. Pero el frío llegó. La brecha entre los precios y los salarios entre España y el resto de países de la UE se ensanchó a partir de 2005 y no comenzó a reconducirse hasta 2009. El resultado fue una caída de más del 70% en la posición competitiva de las empresas españolas en exterior.

Sin las viejas herramientas de la política monetaria, es decir, la posibilidad de devaluar la moneda; con un petróleo que llegó a tocar los 145 dólares y un cambio desfavorable del euro con el dólar, los recursos de España incluyeron los rigores de la austeridad presupuestaria, los balones de oxígeno de la política monetaria del BCE, la caída en picado del crudo y una dolorosa pero necesaria devaluación interna de precios y salarios. Todo ello ha permitido que el país recupere en tres años el 32% –prácticamente la mitad– de la competitividad perdida.

El ejercicio realizado por la economía española en los últimos años ha sido severo, difícil e ingrato. Y sus resultados en términos de rescate del empleo destruido durante la crisis han comenzado a verse, pero tardarán años en completarse. La maquina del crecimiento ha echado a andar y ha adquirido una velocidad mayor que la del resto de los vecinos europeos, aunque queda mucho camino que recorrer. La parte más árida de ese camino está hecha, pero apurar el resto depende de no caer en la tentación de dilapidar el capital que se ha recuperado.

Los datos del primer trimestre del año y las previsiones de los servicios de estudios alertan de que tanto el control de los salarios como el de los precios han comenzado a aflojar. A falta de comprobar si la inflación está aumentando a un ritmo menor que los sueldos, lo que permitiría mantener el nivel adquisitivo, los riesgos que se adivinan en el horizonte aconsejan prudencia. España se halla en la primera etapa de un proceso de recuperación que está por consolidar y cuyo éxito depende no solo de sí misma, sino también de la evolución de la economía global. Ello supone aceptar que los riesgos ajenos no son neutralizables, pero también asumir el serio deber de controlar los propios.