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Los organismos de control de Estados Unidos están a punto de patear a los bancos extranjeros aprovechando su fragilidad. Los prestamistas europeos ya han pasado por la agitación posterior a la crisis y están siendo golpeados por sus accionistas. Antes de julio, cualquiera con un gran negocio estadounidense también tendrá que cumplir con las nuevas normas de compartimentación. Es probable que eso exprima las ganancias aún más, aunque la cantidad depende de detalles todavía difusos. Se requieren cambios en virtud de la Ley Dodd-Frank de 2010 y afectan hasta a una docena de instituciones financieras con base en Europa, Canadá y Asia con más de 50 millones de dólares en activos. La idea es asegurar que sus operaciones estadounidenses puedan superar una crisis sin la ayuda de sus respectivas compañías matrices o de los contribuyentes americanos. Barclays y Deutsche Bank tienen que establecer nuevas sociedades de cartera y cumplir con los mismos requisitos de gestión de riesgo, apalancamiento y capital que los bancos estadounidenses. Por ejemplo, deben mantener un ratio de capital en el primer nivel de al menos el 6%. La Fed publicó sus normas definitivas hace dos años, por lo que las compañías afectadas han tenido tiempo para preparase. Deutsche, por ejemplo, decidió mover 100.000 millones en activos a otros países. Hay muchas dudas todavía por aclarar.
La Fed podría acabar usando sus test de estrés anuales de los grandes bancos para rectificar las deficiencias que percibe. Un par de entidades extranjeras ya participan en el proceso y todas deberán ajustarse a ellas en 2018. Es posible que la Fed exija un cierto capital, liquidez o ambos y que apriete en la gestión de riesgos. Todo el proceso debería hacer más resistentes a los bancos. Sin embargo, aún es otro obstáculo hacia el largo camino hacia un retorno que resulte suficiente para los accionistas.