Editorial

Menos jugadores, pero más fuertes

El proceso de saneamiento y reestructuración del sector financiero español ha supuesto una catarsis cuyas dimensiones se aprecian con toda claridad al analizar las cifras del registro del Banco de España. En el sector bancario, la reordenación llevada a cabo como consecuencia de la crisis ha reducido a poco más de una quincena el medio centenar de entidades que existían en nuestro país. Si se examina la totalidad del mercado financiero, que incluye, además de bancos, a otro tipo de entidades –desde a firmas especializadas en facilitar créditos al consumo hasta sociedades de tasación– el número de sociedades extinguidas en los últimos años suma 335. El ejercicio más duro fue sin duda el de 2011, cuando nada menos que 92 entidades desaparecieron del sector.

Las razones de esa notable merma son variadas, pero entre ellas destaca la potente ola de fusiones y absorciones generada como consecuencia y por exigencia del proceso de recapitalización y reordenación del mapa financiero español. Ese fue el caso, entre otros, de operaciones como las de Banesto y Santander, Unnim y BBVA, Caja3 e Ibercaja o las múltiples uniones realizadas entre cajas de ahorros. Otras bajas se explican por la virulencia de la propia crisis, así como por las exigencias de la normativa aprobada en ese período. Un ejemplo de esto último es la transformación de cajas de ahorros en fundaciones bancarias, como consecuencia de la nueva ley de cajas.

Esta revolución, llevada a cabo en un tiempo extraordinariamente breve, no ha sido fácil y ha exigido una elevada dosis de sacrificio y de esfuerzo por parte del sector financiero español. La banca ha realizado un ejercicio de saneamiento al que no todas las entidades han logrado sobrevivir, pero que era imprescindible y obligado completar. Fruto de ello ha surgido el actual mapa financiero español, cuyo número de jugadores es sustancialmente menor, pero que dispone de las exigencias de solidez, solvencia y fortaleza, en términos de capitalización, necesarias para afrontar los altibajos del ciclo económico.

La dureza de esa transformación y las dificultades de la propia crisis han reducido en los últimos años la capacidad de las entidades para realizar su función natural: hacer fluir el crédito en el mercado. Una situación que ha mejorado gracias a la recuperación económica y, muy especialmente, al respaldo de la política monetaria del Banco Central Europeo (BCE). Es tiempo, por tanto, de que la banca recupere todo su potencial para financiar e impulsar el crecimiento. Una tarea clave para acelerar la recuperación que exige una normativa reguladora que no sea demasiado rígida u obstaculizadora, sino que facilite que el flujo de crédito irrigue como savia fresca el tejido empresarial.

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