Ignacio Mateos, socio de Encuadernación Calero

"Trabajamos con máquinas que podrían estar en museos"

Comenzó en el sector como aficionado, hasta que compró la empresa el pasado enero

Mateos, que se encarga de la coordinación, trabaja junto a cuatro personas más

"Trabajamos con máquinas que podrían estar en museos"

Si no fuese por un par de ordenadores portátiles, las lámparas en el techo y un equipo de música, el taller de Encuadernación Calero trasladaría a una época ya pasada. Fundado en 1907 por un artesano del gremio, el local estuvo dirigido en sus más de cien años de historia por diferentes personas, hasta que, el pasado enero, fue puesto a la venta. Fue en estos momentos cuando Ignacio Mateos (Zamora, 1969) decidió invertir dinero en el negocio, “para que volviese a ser lo que fue siempre”, explica. Mateos, ingeniero técnico forestal por la Universidad de Valladolid, con un máster en Vinicultura y un Programa de Dirección en el IESE, comenzó a reparar y restaurar los primeros libros en sus ratos libres, como afición, “ya que siempre me he considerado, ante todo, viticultor”.

Páginas de quita y pon

"Trabajamos con máquinas que podrían estar en museos"

Aunque aficionado al trabajo con la piel y a la encuadernación tradicional de libros, en el negocio prefiere delegar esas labores en sus cuatro compañeras, “ya que son ellas las que de verdad saben hacerlo”. Mateos es el coordinador de los trabajos del taller, de atender los pedidos y de planificar las clases y cursos que allí se imparten, “a todo tipo de público, desde niños pequeños hasta personas mayores que quieren aprender este arte”.

Es por eso por lo que no cuenta con un lugar fijo de trabajo en un local en el que sus compañeras guillotinan pieles con las que encuadernar, pasan el hilo y la aguja entre las páginas o funden letras con acabados de oro y plata sobre las tapas de los tomos. El resultado, libretas como la que utiliza Ignacio Mateos, con sus iniciales I. M. grabadas y que necesita renovar cada tres o cuatro meses. Lo bueno de trabajar en el gremio, explica, es que se le pueden quitar las páginas y volver a coserle una nueva tanda de hojas en blanco que durarán otros tantos meses de anotaciones.

Fuera de su trabajo, Mateos se dedica a su familia y gasta el tiempo en el resto de sus aficiones. La de encuadernación ya la tiene suficientemente explotada en su empleo, así que una vez acabada la jornada se distrae con deportes como el tenis, la natación o el esquí.

Además, en su faceta de vinicultor, intenta pasar el mayor tiempo posible en el campo y en los viñedos que suministran de vino a su bodega, levantada en un pequeño pueblo manchego de Toledo.

Es por eso por lo que antes de comprar el negocio, puso como condición a dos de las trabajadoras del taller que se asociasen con él. “Yo no sabía nada de encuadernación, así que solo podía estorbar en una empresa que llevaba más de cien años funcionando”, afirma. Es así como Mateos se asoció con Maite Gómez y Chon González, que junto a dos compañeras más forman una plantilla de cinco personas que se coordinan en los quehaceres del taller. El trabajo con la piel, la encuadernación de los libros, la costura de las páginas, el acabado final o las labores artesanales con marcos de fotografías son algunas de las tareas a las que se dedican. Mateos, más aficionado que profesional, se dedica sobre todo a las tareas de coordinación y planificación del negocio, siempre fuera de su despacho: “Para mis tareas solo necesito el ordenador portátil y, sobre todo, una pequeña libreta en la que me gusta apuntar las cosas a lápiz”. El resto del trabajo lo llevan a cabo con grandes y vetustas máquinas, algunas más antiguas que la propia firma. “Bien podrían estar en un museo, pero aquí las seguimos utilizando”, explica Mateos.

Lo cierto es que el taller hace viajar en el tiempo a todo aquel que lo pisa. En la madrileña y céntrica calle Bárbara de Braganza, número 11, las grandes maquinas sirven de decoración en los momentos en los que no se utilizan para la labor. “Son igual de eficaces que las más modernas. Además, son imposibles de romper”, comenta Mateos. Únicamente, por medidas de seguridad, han adaptado algunas de ellas a los tiempos actuales. “Para grabar los títulos, los acabados o las iniciales en la portada de un libro es necesario el calor. Antes trabajábamos con gas, ahora todo es eléctrico”, explica. Las guillotinas, las presas, las cizallas y telares siguen intactos. Varias columnas, unas de madera, otras de hierro, sujetan el techo. “Las paredes las picamos hasta encontrar la piel del viejo edificio. Fue idea de la arquitecta Luisa González Portillo”. Los rojizos ladrillos dan un acabado más tradicional, si cabe, al taller, que guarda como tesoros los sellos de antiguas empresas ya desaparecidas que contrataban los servicios para grabar su insignia. Por sus máquinas también han pasado varias carteras de ministros que precisaban de un acabado en la piel, así como Constituciones y otros libros oficiales. Es por eso por lo que los socios han de poner una cinta que separa el mostrador del resto del taller, ya que más de un cliente ha entrado hasta el final como si de un museo se tratase.

Conservar las técnicas artesanales en un mundo en el que cada vez todo es más artificial y volátil es una de las metas que persigue Encuadernación Calero. “Es mucho mejor un producto hecho a mano, con materia prima natural, con más costuras y con menos cola de pegar. Los libros cosidos no se van, son eternos”, explica Calero.

Por eso, para hacer perdurar este arte y evitar que caiga en el olvido, el taller actúa a su vez como escuela en la que se dan cursos. “Damos clases de varias temáticas, algunas de caligrafía, otras de acabados o de trabajo con piel. Todo sea por transmitir técnicas y disciplinas que hoy están casi desaparecidas”, apunta Mateos.

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