Editorial

Las comisiones o el precio del servicio bancario

El negocio bancario ya no es lo que era. Esa actividad secular tan cómoda que consistía en tomar dinero de todo el mundo y prestárselo solo a los solventes, y tan lucrativa que permitía que con un capital arriesgado del 5% se podían alcanzar rentabilidades del 25%, ya no existe. La sobrerregulación, la vigilancia enfermiza y la exigencia extrema de capital, así como el entorno de tipos de interés nominales cercanos a cero lo han convertido en una actividad muy aburrida y con muy poquitos márgenes para ganar dinero. Ahora las exigencias de capital impuestas para tratar de corregir los excesos que generaron la mayor crisis financiera desde el crac del 29 han dado la vuelta al paradigma del capital y su retorno: son necesarias aportaciones de capital del 25% por parte de los accionistas para obtener rentabilidades financieras del 5%. El banco al revés.

Los niveles de capital exigidos hasta que saltó por los aires Lehman Brothers, junto con la libertad de movimientos permitidos a los gestores bancarios en cuanto a la elección y compartimentación del riesgo, eran cuasi ridículos. Pero la sobrerreacción ulterior ha llevado a unos requisitos que en buena parte desincentivan la actividad crediticia o fuerzan operaciones de concentración para que una rentabilidad apreciable solo llegue por el tamaño del balance. En todo caso, dado el efecto mutiplicador que tiene sobre la economía la actividad financiera, es preferible que esté bien supervisada, bien capitalizada y bien gestionada. Aunque sea aburrida.

Otra circunstancia que ha limitado y mucho la capacidad de generación de recursos de la banca es el entorno, ya más permanente que circunstancial, de tipos nominales de interés tan bajos que han aplicado las autoridades monetarias en todo el mundo para combatir primero la parálisis de la liquidez y después la amenaza de deflación. Tipos tan bajos tanto tiempo, tanto en el activo como en el pasivo, estrechan mucho los márgenes de intermediación de la banca, convirtiendo a buena parte de los servicios proporcionados en actos gratuitos e incluso onerosos.

La combinación de ambas circunstancias, agravadas también por la falta de demanda de crédito solvente en los últimos años en España y la contracción no deseada de las carteras de crédito, ha forzado a los bancos a aflorar el cobro de comisiones en casi todos los actos financieros. Hasta tal punto llega la presencia de las comisiones en el negocio, que suponen ya ahora el 22% del margen bruto de la banca, casi tanto como el margen de intereses, en el que siempre se ha fundamentado la cuenta de resultados de los bancos. Los servicios que prestan los bancos, desde custodiar el dinero ajeno hasta prestarlo para inversiones de los particulares, tienen un precio, y difícilmente puede prestarse con gratuidad. Hasta ahora también lo han tenido, aunque estuviese subvencionado, camuflado en la supuesta gratuidad que cubría el abultado margen de intereses que proporcionaban los tipos elevados en los que la banca, la española como ninguna otra, estaba acostumbrada a trabajar. Siempre que algunas entidades han pretendido poner en marcha campañas en las que emitían tarjetas, gestionaban recibos, depositaban nóminas, etc., con el único propósito de ganar cuota de mercado, otras replicaban que todos los servicios bancarios cuestan dinero y que ese precio hay que pagarlo y que duros a cuatro pesetas... no es posible proporcionar.

Ahora la banca cobra por todo, porque la situación se ha normalizado, como lo había hecho ya hace años en las zonas económicas en las que los entornos de tipos de interés bajos y estables habían construido ya una banca en buena parte sostenida en las comisiones. En esta nueva situación las entidades deben competir precisamente a la baja para capturar a la clientela y esta debe vigilar que el precio que abonan por los servicios que reciben se ajusta a mercado y está justificado. Los precios máximos son libres; pero el cliente debe exigir transparencia y conocer que su verdadera fortaleza está en los niveles de vinculación con su banco, en la vigilancia para que no existan cobros duplicados y en hacer comparación continua de los precios y de la calidad de la prestación demandada. Además, las autoridades deben preservar la presencia permanente de varias entidades para que haya una competencia efectiva.

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