Tribuna

El poder como ficción

Frank Underwood es presidente de EE UU. Resulta complicado definirlo como el típico presidente de la nación más poderosa del planeta. En su frenético y despiadado ascenso hasta el despacho oval, Underwood ha matado con sus propias manos, al menos, a dos personas. El personaje principal de House of Cards está interpretado por un Kevin Spacey que logra trascender la historia y ubicar al espectador en la incómoda realidad del poder como ficción.

Underwood hace que tratados como El arte de la guerra o El príncipe sean lecturas para párvulos. Ahora bien, de su amplia gama de maldades, hay una que brilla por su ausencia: el enriquecimiento personal. El dinero es contingente, viene con el desempeño de su cargo, pero dista de ser una finalidad en sí misma. Para este personaje, el verdadero poder reside en la toma de esas decisiones que pueden cambiar un país o el mundo. En cuanto al patriotismo, su importancia se mide por la cantidad de altruismo que es capaz de aglutinar en torno al concepto de bien común. Por desgracia, esta sucinta combinación de ficción y poder nos deja absolutamente atónitos cuando encaramos el informativo sin fin en el que se ha convertido nuestra realidad. No hay manera de acotar el último escándalo, la última corrupción, el último dislate. El sinsentido parece haberse instalado sólidamente en este año del Señor de 2015, también conocido como el de una recuperación económica que, lejos de suscitar entusiasmos, parece propiciar la figura del excéntrico que duerme en la calle por puro vicio del buen vivir.

Como contrapunto a la ficción televisada, nuestro poder, en lugar de pensar en el sitio que le reserva la historia, es más de pensar en fondos de pensiones. El pago de impuestos, más que un ejercicio de autenticidad patriótica, se convierte en una práctica reservada a la mayoría sin el talento necesario para multiplicar capitales de manera exponencial. Las reglas de juego de nuestro poder no se basan en su inmutabilidad; todo lo contrario, son tan caprichosas como demanda la situación. De este modo, se socava desde la raíz los principios que apuntalan una sociedad sana, y presuponer que nuestro poder nos acompaña desde el principio de los tiempos ni siquiera es un consuelo.

Pero lo que de verdad resulta preocupante, lo que asusta como un ataque de tiburón blanco en el océano azul y profundo es la certeza de que lo peor está por llegar, porque nadie se ha tomado realmente en serio que la crisis entrañaba una enseñanza. La necesidad de revisar los errores que nos llevaron al crac de 2008 ha dado paso a la urgencia de sostener que todo va bien y que ya estamos saliendo. Crece el empleo en Administración pública y construcción, baja el paro porque los inmigrantes regresan a sus países de origen y porque nuestros jóvenes se convierten en inmigrantes, crece el consumo porque los bancos vuelven a abrir el grifo de la financiación, el control del déficit –este año– no toca...

Por un momento deberíamos someternos a un ejercicio de reflexión obligada para intentar dar con respuestas precisas a las siguientes cuestiones: ¿en qué ha variado nuestro tejido económico? ¿Hemos mejorado nuestras capacidades productivas? ¿Acaso nuestro modelo de conocimiento se ha reforzado con una adecuada política de investigación, desarrollo e innovación? ¿Es más eficiente la actual estructura de servicios públicos que la de hace cinco años, o contamos con los consensos precisos para redefinir nuestro sistema educativo? En definitiva, conviene definir con transparencia y tino si salimos de la crisis para vivir la ficción de una recuperación o para definir un nuevo modelo de eficiencia en lo económico, político y social.

La sociedad necesita creer en positivo, pero el peligro de sortear la verdad solo conduce a que el mal cale más hondo y se extienda más lejos. En todos reside la toma de decisión, pero en unos pocos la función ejemplarizante. Sin embargo, permanecen ausentes, amparados en códigos de incompatibilidad que no funcionan por puro desuso, dando lugar a que el riesgo de que lo que ahora es un rumor social se convierta en un rugido demasiado elevado para pasarlo por alto. Y en este escenario, lo lamentable es llegar a añorar a un presidente de ficción como Frank Underwood –asesino a tiempo parcial– como modelo de grandeza patriótica o de garante del bien común. Aunque bien visto, el día que nuestros políticos de verdad decidieron pasarse al plasma se hicieron de ficción. Quién sabe. Tal vez ahora lleguen los buenos guiones de verdad.

Xurxo Torres es Director General de Torres & Carrera

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