Editorial

La rentabilidad está en la Bolsa, pero exige riesgo

Las optimistas perspectivas de revalorización bursátil manejadas hace un año han entrado en revisión. Si hace 12 meses los analistas auguraban avances de la renta variable para este ejercicio de más del 10%, replicable también en 2015, lo hacían con la pequeña euforia desatada por la vuelta de España al crecimiento económico tras cinco años largos de recesión; los resultados empresariales en una economía demasiado castigada por la crisis hasta entonces solo podían tener un comportamiento positivo. Pero como la evolución de los mercados responde a paradigmas globales, nadie puede caminar solo y convertir a su economía en una isla virtuosa al abrigo de tempestades. España ha logrado instalarse en unas tasas de crecimiento mejores que las europeas, pero en el largo plazo el avance de su economía estará ligado al europeo. Aunque España crezca un 2% y el crecimiento mundial supere el 3,5% en 2015, el persistente coqueteo con la recesión de Europa, la hipotética subida de tipos en EE UU en algún momento del año tras la retirada definitiva de estímulos monetarios y los riesgos geopolíticos dibujan un panorama de cautela. Habrá avances de la renta variable, pero serán más limitados que lo estimado antes; difícilmente se superará una revalorización de más de un dígito, y se instalará de nuevo la volatilidad en las cotizaciones.

El escenario de tipos bajos, en el cero nominal, deja prácticamente fuera de juego la rentabilidad de la renta fija, especialmente la pública, y limita mucho la de los bonos corporativos. Por tanto, los inversores deben acostumbrarse a retornos muy limitados, muy pegados al 1% o al 2%, y solo podrán acceder a rentabilidades notablemente superiores si corren el riesgo de la renta variable. Por tanto, rentabilidad escasa, con riesgo y con el inevitable vaivén de la volatilidad. Ese es el escenario para los próximos 14 meses, en el que podría darse un acceso de optimismo antes de finales de 2014, dado que se ha producido un ajuste de valoraciones muy severo en las últimas semanas.

Más allá del efecto entorno que puede generar en la Bolsa española la duda sobre Francia o Italia, o la velocidad que pueda imprimir Mario Draghi a las compras de deuda privada y pública, que todos los analistas dan por hecho que ejecutará pese a las reservas alemanas, los analistas aprecian un valor adicional en las compañías españolas. Especialmente en aquellas de tamaño pequeño y mediano pegadas al ritmo del ciclo económico, aquellas en las que la diferencia entre el precio de sus acciones y el valor de sus activos y su cuenta de resultados sigue siendo especialmente elevada.

Pero para que aflore el valor en el precio, los responsables políticos y económicos que han logrado despegar a España del ritmo europeo deben consolidarlo. Y eso solo se consigue manteniendo el ritmo reformador explicitado hasta ahora, pues sigue habiendo muchos mercados en los que las trabas a su flexibilidad condicionan decisiones y limitan el crecimiento potencial de la economía. Únicamente tres grandes reformas ha puesto en marcha el Gobierno que han liberalizado el mercado de trabajo, han ajustado los gastos e ingresos del Estado y han puesto los niveles de solvencia de la banca en ratios suficientes como para dar crédito.

Faltan un buen número de pequeños cambios (formación profesional, justicia, energía, infraestructuras de transporte, etc.) para estirar las opciones de la economía; pero además deben cerrarse las vías de agua que puedan minar las expectativas de los inversores, los consumidores y los agentes económicos. Debe darse un carpetazo negociado y durable al conflicto catalán; debe ofrecerse una solución creíble de saneamiento de la vida pública y regeneración democrática que destierre los comportamientos corruptos, y deben absorberse las inquietudes políticas y sociales de una parte de la ciudadanía sin que se ponga en riesgo la gobernabilidad del país, aunque para despejar tales dudas haya que esperar a las elecciones de 2015.

En la solución de las tres cuestiones debe participar una salida vigorosa, pero equilibrada, de la crisis, que reparta con empleo la nueva riqueza y reduzca la desigualdad que el shock financiero amenaza con crear. Y en tal solución debe participar activamente la decisión de la eurozona, pues las economías locales solas no lo lograrán de forma sostenible.