Editorial

Montoro se apunta al arte de lo posible

El ministro de Hacienda y Administraciones Públicas, Cristóbal Montoro, llevó ayer al Parlamento, por penúltima vez en la presente legislatura, los Presupuestos Generales del Estado para el año próximo. En líneas generales, el proyecto de ley está, de nuevo, teñido de sobriedad, austeridad y control de gasto. De realismo, en una palabra. Eso sí, con algunas pinceladas de color –léase estímulos– como la consagración de la reforma fiscal o el incremento de la inversión.

Lo cierto es que el margen de maniobra del equipo de Montoro no es mucho. Los desequilibrios de la economía española distan bastante de estar corregidos definitivamente y cualquier empeoramiento de alguno de ellos puede desempolvar temores ahora olvidados. Además, la suma de los gastos de carácter social más los financieros dejan poco recorrido a las alegrías con el nivel de déficit que aún soporta España y con una deuda pública que superará el 100% del PIB en 2015. Dicho esto, la subida de las pensiones (0,25%) y la congelación del salario de los funcionarios son el mal menor para estos colectivos habida cuenta el comportamiento de la inflación.

En este escenario, la principal novedad viene de la mano de la fiscalidad.La reforma fiscal, con la rebaja del IRPF como bandera, va a poner, por ejemplo, en manos de las familias unos 3.400 millones durante 2015, de acuerdo con los cálculos que maneja el Ministerio de Hacienda. Es, en palabras de Montoro, la manera de empezar a compensar los esfuerzos realizados por los ciudadanos a lo largo de la crisis económica. Con ello, además, el Gobierno espera un tirón del consumo que ayude a que la economía alcance el 2% de crecimiento presupuestado para el año próximo, así como a la mejora del mercado laboral. Un aumento de la actividad y del PIB que están también detrás de la proyección del incremento de ingresos fiscales de 8.000 millones por el impuesto de sociedades y el IVA. El otro gran rasgo distintivo del proyecto de Ley de Presupuestos Generales del Estado para 2015 es el incremento de la inversión pública, algo inédito en los último cinco años. Un aumento, prudente, que irá prioritariamente destinado a infraestructuras ferroviarias.

La propuesta que Cristóbal Montoro ha llevado al Parlamento es, en suma, correcta. Destinada a asentar la incipiente recuperación de la economía. Pero nada más, debido a que, en esta coyuntura, no parecen los presupuestos nacionales las armas más eficaces para provocar un espectacular resurgir de la economía. Su correcta ejecución es condición necesaria pero no suficiente para ello. El despegue depende de la suma de otros factores. Y el más importante es que Europa levante el vuelo. Alemania no para de dar señales cuanto menos contradictorias. Francia se encuentra al borde de la recesión en términos oficiales. Y todos los focos están puestos sobre la efectividad de la gestión del Gobierno de Matteo Renzi. Con este panorama –y con la Comisión Europea en plena renovación y, por ende, en medio del inevitable parón ejecutivo– parece que el presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, ha sido el único en calibrar el riesgo abiertamente y en comenzar a tomar medidas para afrontarlo. Es evidente que la política monetaria tiene un poder decisivo en los mercados. De hecho, Draghi ha tenido ocasión de demostrarlo, a veces simplemente con una advertencia.

No obstante, el presidente del BCE ya ha advertido reiteradamente que sus decisiones deben ir acompañadas de medidas que partan tanto de los Estados como de la Comisión Europea. Es evidente que estas deben ir dirigidas a un doble ámbito. Por una parte, a las reformas estructurales, que se han abordado de manera claramente divergente. Países como España las han acometido con un alto grado de implicación, en tanto que a otros, como Francia o Italia, aún les queda mucho camino por recorrer. El segundo ámbito es la introducción de medidas de estímulo de la demanda, campo en el que Alemania ha de jugar un papel relevante. Solo una buena combinación de este conjunto de medidas puede dar el fuelle definitivo a la recuperación de la economía europea y, por extensión, a la española. Emprender otro camino puede volver a colocar a ambas en serios problemas.