Editorial

Más beneficio que coste en el rescate de la banca

España ha cerrado con aceptable éxito la reestructuración bancaria, tras unos primeros años de crisis en los que se negaba la profundidad de los desequilibrios y se proponían soluciones superficiales;y tras los dos últimos ejercicios frenéticos en los que se ha nacionalizado el 30% del sistema financiero con la ayuda de Europa y se ha devuelto a manos privadas tras una intensa recapitalización y ajuste de su capacidad. Pero ha abierto con más velocidad un atribulado debate intelectual que pretende clarificar el coste de la operación, y ajustar cuentas de los resultados con las promesas. Se trata de un ejercicio intelectualmente necesario para proporcionar toda la transparencia posible al proceso; pero es en la práctica un experimento baldío, puesto que cuesta creer que a estas alturas de la historia la opinión pública no haya interiorizado que no hay capitalismo sin banca, que no hay progreso sin banca y que si hay algo que en una crisis hay que evitar a toda costa, con riesgo de pulverizar a la economía de un país si no se hace, es la quiebra del sistema financiero.

 Dando esto por bueno, todos los cálculos son válidos; pero ninguno puede considerarse de forma aislada desde el punto y hora que el sistema financiero es el centro del funcionamiento de una economía libre. Tanto valor tiene cuantificar el coste de un rescate bancario, como hacerlo con los ahorros proporcionados por tal rescate para el resto de la economía, puesto que toda ella, todos sus agentes, giran alrededor de la financiación en la que la banca intermedia.

En España, el rescate bancario ha tenido unos costes directos en aportaciones de capital de 61.500 millones de euros, que llegarían a los 108.000 si se computan también las pérdidas estimadas por algunas de las entidades nacionalizadas y luego privatizadas, que correrán con cargo a los presupuestos. Pero hasta dónde habría llegado el coste para la economía de no haberlo acometido; qué habría sido de la banca y de sus acreedores, también los depositantes, en caso de no haber sido capitalizada en punto y hora; qué, de la financiación pública el Estado y las regiones que estaban con el agua al cuello; qué, de las empresas y las familias a los que financia la industria bancaria; qué, de millones de empleos si sus empresas hubieren cerrado sin liquidez.

Tenemos un desgraciado espejo en el que ver, distorsionado y salvando las distancias, lo que habría ocurrido: Grecia, con rescate incluido. La destrucción de valor en la economía, en todos y cada uno de sus actores, sería de tal magnitud si no se atiende a tiempo con firmeza una banca descapitalizada, que se tardarían décadas en recomponerlo. Es verdad que en España se aseguró alegremente a los contribuyentes que no tendrían que poner un solo euro para salvar los despropósitos del sistema bancario, de las cajas sobre todo, y que si lo hacían, les sería repuesto. Y lógicamente la venta de los activos nacionalizados, y desvalorizados, no es suficiente para recomponer el crédito adelantado por los españoles. Y seguramente nunca lo será en términos monetarios tasados. Pero es también verdad que si se considera el coste del rescate bancario como una inversión, se puede asegurar que ha proporcionado réditos visibles. La normalización de la banca, con la ayuda de las políticas monetaria y fiscal del BCE, y las reformas laboral y del gasto público, han devuelto, y lo seguirán haciendo los próximos años en forma de crecimiento, empleo y generación de riqueza, el esfuerzo inicial.

El Tesoro calcula un ahorro en la financiación pública de 66.000 millones, y cada empresa sabe lo que ha supuesto para su tesorería la vuelta a la normalidad tras el abismo al que estuvo a punto de caer el país en 2011 y 2012. Y los particulares han experimentado en las economías familiares, tanto en la seguridad de sus ahorros como en la revalorización de sus pequeños activos financieros, y andando el tiempo, en el empleo. La banca se ha recompuesto, recibe financiación y la distribuye, bien que dosificada, y es cuestión de trimestres que se consolide la recuperación de la actividad. Hay que dar pues por bueno el rescate bancario y su coste, aunque su recuperación sea indirecta. Solo falta un mecanismo para que estos acontecimientos no se repitan, y para ello es preciso ejemplificar sanciones disuasorias a los responsables del desatino. A los banqueros culpables y a quienes los vigilaban.