Editorial

Una banca capitalizada para competir en Europa

El sector financiero ha sido el que más intensa transformación ha experimentado durante la crisis, con unas modificaciones regulatorias que han cambiado el terreno de juego en el que se movían en los primeros años del siglo. La fuerte acumulación de riesgos durante la etapa de superexplosión del crédito en los primeros años del euro, especialmente por parte de la mitad del sistema financiero que no se sometía al control de los inversores en los mercados, y la excesiva concentración de tales riesgos en el negocio inmobiliario, puso a la economía española contra las cuerdas, y fue preciso reclamar puntualmente un programa de ayuda a la Unión Europea para sanear la parte más dañada, e insolvente en aquél momento, de la banca. Tener el sistema mejor gestionado, más solvente y mejor supervisado, que ese era el mensaje oficial ante las instituciones cuando estalló la crisis, no fue suficiente, porque el deterioro de los balances cuando se cerraron los mercados del dinero y se desplomaron los precios de los activos desbordó las cuentas más aseadas.

Dado que era la primera prueba de fuego de la banca desde el arranque el euro, y que Europa no disponía por negligencia de los mecanismos para frenar el tsunami de la crisis, a punto estuvo de hacer zozobrar el proyecto de moneda única. Ahora por fin, tras varios años de tiras y aflojas, Europa ha construido, aunque no está del todo culminado, un andamiaje regulatorio suficientemente sólido como para pensar que puede ser definitivo. Una supervisión única en manos del BCE para todas las grandes entidades (prácticamente todas las españolas), un mecanismo de resolución de crisis para costear los fracasos bancarios y un fondo de garantía para asegurar los depósitos de la ciudadanía, son los instrumentos para europeizar la banca en la zona euro y eliminar toda suspicacia sobre los niveles de capital y solvencia de cada firma, y eliminar las trabas que hoy fragmentan al mercado financiero y que mantienen diversos zonas con condiciones bien diferentes en unos países u otros en Europa.

La Unión Bancaria prácticamente ha arrancado, aunque este año el sector debe pasar un nuevo test de estrés, tras someterse a un control de calidad de todos sus activos, y tras el proceso de capitalización experimentado en los últimos dos años, tanto la banca intervenida con dinero público como la sana con el esfuerzo de sus socios, parece suficiente para superarlo.

Los niveles de exigencia se han colocado tan altos, y se ha acercado tanto la lupa escrutadora en los últimos dos años, que seguramente es la española la banca mejor colocada para esta reválida. Los expertos así lo consideran tras analizar los niveles de capital, y por ello consideran también a las entidades españolas una muy buena apuesta de inversión para el medio y largo plazo, ya que se convertirán, además, en un actor movilizador del crecimiento económico. Cierto es que se han reducido los balances y que no ha culminado el proceso de desapalancamiento al que estaban obligadas empresas y hogares; pero no lo es menos que en España el sector ha reajustado su tamaño y que, aunque los niveles de rentabilidad se han estrechado por unos tipos de interés desconocidamente bajos, la provisión de liquidez y la red de seguridad proporcionada por el Banco Central Europeo es un activo fundamental para poder reactivar la concesión de crédito y recomponer los balances.

La banca vive de conceder y recobrar crédito, y tras varios años de contracción de sus carteras, no hay una sola entidad en la que no se esté empezando a movilizar la concesión de préstamos nuevos, incluso con planteamientos muy concentrados en franjas del mercado que hasta ahora estaban en manos de otros mecanismos de financiación, como es el caso de las pequeñas y medianas empresas, en las que están depositadas una buena proporción de las posibilidades de superación de la crisis.

Pero la creación y puesta en tránsito de la Unión Bancaria, que es como abrir los peajes de una gran autopista que circula en un mercado de 400 millones de consumidores, de ahorradores y de inversores, es una oportunidad inmejorable para competir con la industria europea y convertirse en jugadores ganadores en el inevitable proceso de concentración que vendrá, y que hasta ahora se ha paralizado siempre por decisiones ajenas al negocio financiero.