La UE, del revés

¿Un Parlamento sin eurodiputados?

¿Un Parlamento sin eurodiputados?

Por octava vez en 35 años, los europeos tienen la posibilidad de elegir por sufragio universal a sus representantes en Estrasburgo (751 en total, 54 procedentes de España). Y en esta ocasión, según la propaganda institucional, las elecciones al Parlamento Europeo (22-25 de mayo) revisten más importancia que nunca porque del resultado dependerá desde el nombramiento del próximo presidente de la Comisión Europea hasta el diseño de las políticas económicas aplicables en los 28 socios de la UE.

La trascedencia de la cita parece indudable. Pero tal vez no esté tanto en juego el futuro de Europa como el del propio Parlamento. La Eurocámara necesita reivindicarse en un momento en que surgen voces a favor de otro modelo de representación: un Parlamento sin europarlamentarios, es decir, compuesto por diputados nacionales.

Esa fórmula se aplicó hasta 1979. Y según algunos analistas muy en boga, como el economista francés Thomas Piketty, una Cámara europea con representación proporcional de los Parlamentos nacionales “es la única opción para avanzar hacia una unión política”.

Según indica Piketty en un reciente manifiesto (suscrito por otros economistas, investigadores y periodistas franceses), “resulta imposible privar a los Parlamentos nacionales de su poder para fijar impuestos y, por eso, la soberanía parlamentaria europea debe construirse en base a la soberanía parlamentaria nacional”.

La idea tiene profundas raíces en Francia, donde gaullistas y comunistas se opusieron durante varias décadas a la elección del Parlamento Europeo por sufragio universal. Hasta 1974, con Valéry Giscard d’Estaing como presidente, París no aceptó la celebración de elecciones europeas.

A cambio, Giscard arrancó la creación del Consejo Europeo, foro donde se sientan los presidentes de Gobierno para fijar las directrices políticas de la UE. Cuarenta años después, las dos instituciones han sufrido una evolución muy diferente. Y tras la crisis financiera, el desequilibrio es mayor que nunca en detrimento de la Eurocámara.

El Consejo Europeo se ha transformado bajo la batuta de Angela Merkel en un directorio opaco e inapelable, que solo rinde cuentas ante el Bundestag y Karlsruhe (Parlamento alemán y sede del Tribunal Constitucional alemán).

El Parlamento Europeo, por su parte, ha disfrutado en la legislatura recién terminada de más competencias que nunca, gracias a la entrada en vigor (en diciembre de 2009) del Tratado de Lisboa. Pero o no ha sabido o no ha podido aprovechar ese trasvase de poder para convertirse en referencia durante la gestión de la crisis. Y su papel institucional se ha quedado en un peligroso terreno intermedio, sin capacidad de iniciativa legislativa ni autoridad presupuestaria o fiscal independiente.

Su futuro ahora puede quedar en entredicho, sobre todo, si continúa provocando la indiferencia del electorado. La participación ha caído desde el 62% en 1979 al 41% en 2009 (en España, del 68% en 1987 al 45% en 2009).

Esa evolución da fuerza a quienes desconfían de una institución cuyo creciente poder no se ha visto refrendado por una mayor concurrencia en las urnas. Y la reforma del sistema de representación podría imponerse si la zona euro da un salto político y establece un Ministerio de Economía y un Tesoro. Ambas instituciones requerirían un control democrático comparable al que se ejerce a nivel nacional. Y algunos países dudan que el Parlamento Europeo actual pueda ejercer esa labor. La alternativa sería crear una cámara compuesta por diputados nacionales y con potestades fiscales. Y sus defensores no son euroescépticos sino federalistas.

La Comisión presidida por José Manuel Barroso parece consciente de esa deriva e intenta frenarla con una “politización” de los comicios del 25 de mayo. Para ello, ha propuesto que cada partido político designe un aspirante a la presidencia de la Comisión.

Pero los sondeos, al menos en España, indican que el 67% de los electores decidirá su voto en clave nacional (CIS del jueves). Y varios Gobiernos y el presidente del Consejo Europeo, Herman Van Rompuy, se resisten a admitir que uno de los candidatos tenga que ser el sustituto de Barroso. “Si eligen a otra persona, más vale que la próxima vez no convoquen elecciones europeas”, ha señalado el vicepresidente del Gobierno alemán, el socialista Sigmar Gabriel. Más de una capital estaría encantada de tomarle la palabra.

Barroso hace ‘testamento’ a favor de una europa 3.0

El presidente de la Comisión Europea, José Manuel Barroso, parece haber asumido que las elecciones del 25 de mayo marcan el final extraoficial de su mandato, que no expira hasta el 30 de octubre. Tal vez por ello, el portugués hizo la semana pasada testamento político tras 10 años en el cargo. Primero en Berlín (el jueves, en la Universidad Humboldt) y al día siguiente en Florencia (en el Instituto de Estudios Europeos). En ambas ciudades, Barroso defendió el paso hacia lo que definió como la Unión Europea 3.0, heredera, según el portugués, de un club nacido tras la Segunda Guerra Mundial (1.0) y transformado tras la caída del muro de Berlín (2.0).

Barroso, sin embargo, pidió una transición “orgánica, no abrupta; una reforma, no una revolución”. A su juicio, antes de abordar una reforma de los Tratados, los 28 socios deben decidir hacia dónde quieren dirigir el proyecto político de la UE. El presidente de la Comisión cree que ese proyecto debe basarse en el modelo actual, con la Comisión como eje y el Parlamento y el Consejo como Cámaras legislativas, sin experimentos intergubernamentales. Barroso criticó a los partidarios de una refundación en torno a la zona euro, a los que tachó de “nostálgicos de una Europa más pequeña”. La historia, dijo, no se para.

Eurocomisario de economía

El testamento político de José Manuel Barroso como presidente de la Comisión Europea incluye algunas propuestas institucionales. En primer lugar, según señaló el jueves en Berlín, la Comisión debería transformarse en un verdadero poder ejecutivo de la Unión, con un Tesoro propio. Además, piensa que a medio plazo el comisario europeo de Economía debería asumir también la presidencia del Eurogrupo (Consejo de Ministros de Economía de la zona euro). Y a más largo, Barroso considera que su cargo y el de Herman Van Rompuy (presidente del Consejo Europeo) también deberían fusionarse “para reforzar la coherencia y visibilidad de la Unión, tanto hacia dentro como hacia fuera”.