Editorial

La banca recupera el crédito

La banca española de hoy, mayoritariamente cotizada y sometida por tanto al escrutinio del mercado financiero, se parece poco a la de hace cinco años, cuando la interesada creencia acerca de que era la más solvente del mundo comenzó a desmoronarse. Es verdad que los niveles de provisiones anticíclicas establecidas en los noventa resultaron insuficientes para hacer frente al tsunami de impagados o amenazas de hacerlo que trajo la crisis inmobiliaria, primero, y económica, después. Si la banca privada y cotizada había medido mejor el riesgo en la concesión del crédito, la otra mitad del sistema, las cajas de ahorros, había hecho dejación de una gestión exigente del riesgo por la naturaleza de su propiedad y la composición politizada y aprofesional de sus consejos.

Ahora, a unas semanas de superar con éxito y en tiempo sorprendentemente récord el rescate iniciado en junio de 2012, no podemos hablar ya de una banca asimétrica prácticamente en ninguna de las variables de medida de su solvencia ni de su negocio, más allá de que unas entidades hayan consolidado sus apuestas en el exterior, diluyendo el riesgo, y otras lo hayan iniciado ahora con cautela. Tras los esfuerzos exigidos por el Gobierno y el Banco de España en la cobertura de provisiones, los ajustes de plantillas y red, las servidumbres en la remuneración del pasivo, la capitalización de las entidades quebradas que esperan postor, la disposición de los márgenes fiscales con el aval precautorio del Estado, la recalificación de créditos refinanciados... tras todos estos ejercicios acumulativos de reforzamiento de las bases del capital, toda la banca pasa el examen más duro del valorador más exigente.

Las incertidumbres para convertirse en un objetivo de los inversores, tras una temporada muy larga con sus cotizaciones varadas, y para movilizar el crédito si la demanda y su solvencia crecen está más bien en unas autoridades políticas y monetarias que no terminan de clarificar ni un calendario integrador que despeje las dudas sobre la unión bancaria europea, ni los criterios para calificar la salud de cada entidad, despertando el fantasma de la deuda pública y el nivel en el que está en los balances bancarios.

Por supuesto que el BCE tiene que ser estricto en el uso que las entidades dan a las ingentes cantidades de liquidez que ha puesto en el mercado en los últimos años a precio de ganga; pero la UE no puede dejar abierto el flanco de una unión bancaria vulnerable y solo consolidada a largo plazo (en 2026). En todo caso, la banca española debe movilizar el crédito ya; la ciudadanía, como contribuyente, ha asegurado los recursos para sanear el sistema financiero y espera la respuesta en materia de crédito, como motor multiplicador del crecimiento. Solo entonces estará fuera de duda lo que hoy es una proyección voluntarista de analistas: que la banca vuelve a ser atractiva como inversión.

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