Aniversarios en Washington -- y lecciones para Europa

En Washington se vive un verdadero frenesí de conmemoraciones. Se cumplen 150 años del famoso discurso de Abraham Lincoln, pronunciado cuatro meses después de la decisiva y sangrienta victoria de la Unión sobre la Confederación en la batalla de Gettysburg. En la alocución de Gettysburg, Lincoln redobló su compromiso con la igualdad de todos los seres humanos, y los derechos a la vida, libertad y la búsqueda de la felicidad, principios consagrados en la declaración de independencia de 1776 y cuya violación más flagrante -- la esclavitud practicada en los estados del sur – quedó anulada de facto por la proclamación de emancipación de 1863 y de iure por la decimotercera enmienda a la constitución, aprobada en 1865.

En 1933, Franklin Roosevelt se alzó con la presidencia en plena depresión económica. Desplegó entre 1933 y 1938 una batería de programas y leyes que proporcionaron las tres “R”, relief (ayuda), recovery (recuperación) y reformas a la maltrecha sociedad y economía estadounidenses. Entre los programas más destacados del New Deal destacan el Social Security Act (sistema de pensiones público); el Public Works Administration para generar empleo mediante la construcción de infraestructuras; el Federal Housing Administration para promover prácticas hipotecarias sostenibles; el Civilian Construction Corps para dar empleo a los parados de menos cualificación y mantener y mejorar los parque naturales; créditos públicos respaldados por bonos del estado otorgados a empresas mediante el Reconstruction Finance Corporation; ayudas públicas a agricultores, propietarios con hipotecas y desempleados; el establecimiento de un salario mínimo y horario máximo; y la regulación y supervisión del sistema bancario y financiero mediante la ley Glass-Steagall (que separaba las actividades de los bancos de inversión de las de la banca comercial), la Securities and Exchange Commission (equivalente a nuestra CNMV) y el Fondo Federal de Garantía de Depósitos (FDIC en inglés).

Treinta años más tarde, el 22 de noviembre de 1963, moría asesinado en Dallas John F. Kennedy (hijo del primer presidente del FDIC, Joseph Kennedy) debido a la amargura de un fracasado llamado Lee Harvey Oswald. A pesar de cincuenta años de intentos bien financiados, nadie ha podido demostrar que Oswald tuviera cómplice alguno ni que actuara bajo una motivación que no fuera la que públicamente declaró semanas antes del magnicidio en México DF: su deseo de asesinar al presidente de EE.UU. Kennedy inició la eliminación definitiva de la discriminación racial (culminada por su sucesor, Lyndon Johnson), negoció desde la firmeza una salida a la crisis de los misiles de Cuba, creó el Peace Corps, y alentó a la NASA a conseguir mandar al primer hombre a la luna antes del final de la década. La magnífica oratoria y las acciones de Kennedy irradiaban el deseo de que EE.UU. promoviera la democracia, los derechos humanos, la libertad y el desarrollo mediante sus reformas internas y su compromiso con los más pobres.

En noviembre de 1993 entró en vigor el tratado de Maastricht, cuyo objetivo de crear una unión económica y monetaria culminó en la creación del euro y la eurozona. Salvando todas las distancias (la actual crisis no se puede comparar con la depresión) y a pesar de las acertadas medidas adoptadas por gobiernos de distinto color político y el BCE, la Unión Europea necesita apostar por medidas de estímulo parecidas a las aprobadas por Roosevelt para salvaguardar su modelo de economía social. Combinando austeridad y crecimiento, la UE puede continuar siendo la primera economía del mundo y el mayor mercado común, integrado por veintiocho democracias comprometidas con los mismos valores que inspiraron la revolución francesa, la declaración de independencia de EE.UU. y las presidencias de Lincoln, Roosevelt y Kennedy.

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