Asia

Mil y una rutas para recorrer diez millones de kilómetros

Un solo viaje a China basta para intuir un país de contrastes y largas distancias

El Gran Buda de Leshan, una estatua gigante esculpida en un peñasco en el siglo VIII, da fama al monte Emei, en el suroeste de China.
El Gran Buda de Leshan, una estatua gigante esculpida en un peñasco en el siglo VIII, da fama al monte Emei, en el suroeste de China.

Con 9,6 millones de kilómetros cuadrados y una historia que se cuenta por milenios no es fácil hacerse China en unas vacaciones. El gigante de Asia da para muchos recorridos y merece más de un viaje.

A los imprescindibles Pekín, Xi’an, Shanghái o Hong Kong, con paquetes organizados entre ocho y diez días, suficientes para hacer una primera inmersión turística, se suman itinerarios para viajeros más avezados y acostumbrados a montarse recorridos por su cuenta.

Descubrir los bosques de bambú donde habitan los osos panda, visitar las ciudades y pueblos ribereños del delta del Yangtsé o saltar de lugar en lugar para recorrer los 38 sitios que tiene China calificados como patrimonio cultural y natural del mundo, además de palacios, murallas o restos arquitectónicos, en la retina de todos, sitios y parques naturales igual de espectaculares aunque menos conocidos.

Todo depende del tiempo y del presupuesto para adentrarse en los paisajes de película que se muestran, por ejemplo, en Tigre y dragón.

Lo mejor para desplazarse es el tren de alta velocidad: bueno y barato

El monte Taishan, adonde los emperadores subían a ofrecer sacrificios, la montaña Huangshan, famosa por sus pinos de formas extrañas; las no menos caprichosas formaciones de roca y granito que se alzan sobre un mar de nubes o la montaña Emei, que alberga el Gran Buda de Leshan, una estatua gigante esculpida en un peñasco en el siglo VIII, son algunos de los lugares que se van haciendo un hueco entre las zonas a visitar por los turistas.

El choque cultural, el idioma y las distancias, a ratos enormes, pueden resultar barreras infranqueables para moverse por China, sobre todo si viaja a su aire. Nada que con una buena dosis de paciencia y una conveniente sonrisa unos logren explicar lo inexplicable y otros logren entender lo inentendible.

Los vuelos internos son caros y las conexiones y la frecuencia de vuelos no siempre son las mejores. Apenas hay aerolíneas low cost y las que comienzan a funcionar, como Spring Airlines, no se ajustan precisamente a los estándares occidentales.

China no reconoce el carné internacional de conducir, con lo que no es posible alquilar coches y resulta difícil alquilar uno con conductor. Además, el tráfico caótico y hasta peligroso –incluso en las ciudades impera la ley del más fuerte– desaconsejan la intentona.

Pero no se deprima. La red de ferrocarril de alta velocidad es muy buena y barata, y además, para los más aventureros, siempre queda probar los transportes locales, donde uno será el exótico y el fotografiado.

En la mayoría de los viajes se destinan, al menos, cuatro días para recorrer la capital Pekín y sus visitas obligadas. El Palacio Imperial, conocido como la Ciudad Prohibida, donde vivían los emperadores y su corte; la imponente plaza de Tiananmen o la ineludible Gran Muralla, quizás el mayor reclamo turístico del país, con casi 9.000 kilómetros de largo.

Paseos en pijama y caras de cerdo al vacío

Wu Zhen, el último poblado sobre el agua.
Wu Zhen, el último poblado sobre el agua.

China es un país de contrastes donde se mezclan tradición y modernidad. Su rápido y desordenado crecimiento ha agudizado las diferencias entre ricos y pobres y entre las ciudades y el campo.

Sea cual sea la ruta elegida, el viajero siempre se sorprenderá, incluso en las occidentalizadas Shanghái y Hong Kong.

Uno puede pasear por huaihuai, la zona comercial y de oficinas de la moderna Shanghái, y toparse en pleno centro con altísimos andamios de bambú, atados con lo que parecen ser cuerdecitas.

Si se fija, le sorprenderá que los obreros no lleven ningún tipo de amarre de seguridad. Le llamará la atención que, un sábado a la taurina hora de las cinco de la tarde, se encuentre con gente en pijama y en chancletas dando una vuelta.

Al recorrer las calles de ciudades como Shanghái o Hong Kong notará que el puesto con más éxito es el de cabezas y cuellos de gallina; también se vende la cara del cerdo al vacío y entera, a modo de careta.

Hong Kong es para muchos un pedazo de Occidente en Asia y para quienes buscan una experiencia diferente, quizá le resta encanto, pero luego de un largo viaje allí, a veces, se agradece volver a casa antes de tomar el avión de vuelta.

El legado británico confiere a sus bulliciosas y comerciales calles, a menudo curvas y de suaves cuestas, una estética de piedra gris y húmeda.

La subida al Peak para contemplar Hong Kong en toda su extensión, que no es mucha, y el mar es espectacular si el tiempo lo permite. Por tener, tiene hasta un paseo de las estrellas, en el malecón, dedicado a sus más afamados artistas. Eso sí, en versión amarilla.

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