El número de registros ha disminuido un 4,7%

La crisis disminuye el número de inventos registrados en España

Desde una almohada con bolsillo para que los niños dejen sus dientes al ratoncito Pérez hasta una lente que protege el ojo de la pérdida de visión, cada año los españoles registran miles de inventos curiosos y sorprendentes como éstos, aunque con la crisis la cifra de patentes se ha reducido por los costes de un proceso que es largo y complejo.

“España es muy inventiva”, asegura en una entrevista a Efe la directora general de la Oficina Española de Patentes y Marcas (OEPM), Patricia García-Escudero, el organismo público encargado de gestionar y conceder las distintas modalidades de propiedad industrial.

Calcula que cada año registran de media 3.600 patentes, de las cuales el 96% las solicitan españoles o residentes en el país, aunque de 2011 a 2012 al número de registros ha disminuido un 4,7% por causa de la crisis económica, ya que para tener los derechos de propiedad de un invento hay que pagar una media de 1.000 euros.

A esto, hay que sumarle unas tasas anuales que van incrementando desde los 23 euros del tercer año hasta los más de 600 que hay que pagar al cumplirse 20, momento en que la patente caduca y pasa a dominio público, como ocurre con los medicamentos genéricos.

Además, si el inventor está interesado en patentar su invento en el extranjero, deberá asumir los costes establecidos en el país en cuestión.

Aún así, esto no es un impedimento para que pequeñas y medianas empresas, universidades, particulares y organismos públicos como el CSIC (Centro Superior de Investigaciones Científicas) sigan lanzándose a registrar en España sus inventos, algunos de los cuales se han ganado el reconocimiento internacional.

Es el caso de José Luis López Gómez, ingeniero español que el pasado mes de mayo ganó el “Premio Popular al Inventor Europeo” del año que otorga la Oficina Europea de Patentes por un sistema que permite a los trenes circular con más seguridad y confort.

Sin embargo, en la historia ha habido casos de otros inventores españoles de éxito, según recuerda la directora de la OEPM, como Ángela Ruiz, una maestra de Ferrol (La Coruña), que en 1949 registró el primer libro mecánico eléctrico del mundo, precursor de los libros electrónicos de la actualidad, o el cántabro Leonardo Torres, que a principios del siglo XX ideó el transbordador que atraviesa las cataratas del Niágara, todavía en funcionamiento.

Lo habitual es que los inventores contacten con intermediarios para ayudarles a gestionar la patente al ser un proceso largo (la concesión puede prolongarse hasta 30 meses) y “complejo”, según ha declarado a Efe la abogada consultora Magdalena Alesci, de la sociedad Naranjo patentes y marcas.

“El inventor conoce en profundidad la invención pero no conoce el lenguaje que hay que utilizar en el registro, que es jurídico y técnico”, afirma.

Para ello, ponen a disposición de los inventores abogados especializados en la Ley de patentes y personal técnico, como ingenieros industriales, que orientan en la redacción de la solicitud de patente en la que se describen las características del invento.

La directora de la OEPM recalca la importancia de que este documento esté bien redactado para describir el invento con las novedades que introduce y definir así de forma adecuada el derecho de propiedad, por lo que ha recomendado “ponerse en manos de un especialista”, ya sea una de las agencias intermediarias o los asesores de la oficina de patentes.

Precisamente, el primer paso a la hora de registrar un invento es investigar si es nuevo o si al menos supone una “mejora sustancial” respecto a lo que había anteriormente.

Además, tiene que ser un bien “tangible” con una “aplicación industrial”, por lo que desde la OEPM indican que no se consideran inventos los simples descubrimientos científicos si no se materializan u otras ideas por novedosas que sean como métodos de negocios, fórmulas matemáticas o softwares, a no ser que vayan acompañados de hardware.

Lo que sí se puede registrar en la OEPM son marcas (tanto el nombre de un comercio como el diseño de un logotipo), ya que sus creadores pueden garantizar de esta manera la explotación de la propiedad industrial e impedir que otros lo hagan sin su consentimiento, igual que en el caso de las patentes.

 

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