A fondo

Una década para lograr superávit en España

Las últimas estimaciones hechas públicas por el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, sobre la marcha de la consolidación fiscal en España muestran el enorme camino que aún queda por recorrer. Tras 12 meses de continuos y fuertes ajustes de gasto en el Gobierno central, las 17 comunidades autónomas y los 8.000 municipios del país, el déficit del conjunto de las Administraciones se ha reducido escasamente un punto de PIB, pasando del 9,3% de 2010 a una cifra (aún por cerrar definitivamente) del 8,3% en 2011. Dicho de otro modo, a este ritmo de reducción se necesitarían otros ocho años para alcanzar el equilibrio fiscal. Es de prever que con las últimas medidas de ahorro y subida de impuestos aprobadas por el Gobierno, esta senda de reducción del déficit público se acelere. Con todo, el esfuerzo tardará años para cosechar sus frutos. Si se tiene en cuenta que la economía española acumula ya cuatro ejercicios en déficit y que el nuevo Gobierno cuenta con que, al menos deberán pasar otros cuatro para reducir este desfase, es muy probable que el país necesite casi 10 años para volver a ver unas cuentas públicas saneadas, nadando de nuevo en superávit. El PP suele decir en público que es posible, que ya lo consiguió. Cierto es que en 1996, el primer Gobierno de José María Aznar se encontró con un déficit, parecido, del 9% del PIB que, 10 años más tarde logró reducirse a cero, ya en el primer año de Gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero. Sin embargo, en ese periodo España contaba con fuertes resortes que ahora han desaparecido. En primer lugar, con una senda de reducción de tipos de interés (estaban en dos dígitos) que ahora no se va a dar. Además, la economía española se encontraba ya en 1996, en fase de recuperación económica y de creación de empleo. Por último, la crisis apenas asomaba a los países europeos y el resto de Estados desarrollados con los que España mantiene sus principales relaciones comerciales. Y el Gobierno contaba (hasta 1999, que nació el euro) con la posibilidad de devaluar la moneda y fomentar con ello las exportaciones.

Las circunstancias han cambiado. Por ello, el esfuerzo es aún mayor, toda vez que los principales servicios de estudios y hasta el propio Ejecutivo reconocen que el país ha entrado en otra recesión que, esperemos sea menos acusada que la de 2008.

En estas circunstancias, son dos asuntos los que más preocupan al ministro de Economía, Luis de Guindos, y a su colega de Hacienda, Cristóbal Montoro. El primero: es muy difícil conseguir ingresos tributarios adicionales con un paro del 22%. Dicho de otra forma, no queda más remedio que poner a más población a trabajar para intentar ensanchar las bases imponibles del IRPF, de forma que, tributando individualmente lo mismo se acabe recaudando más.

El segundo quebradero de cabeza, y no menos importante, es la evolución de la deuda. Cada año que España cierra en déficit acumula a la larga mochila del endeudamiento unos cuantos kilos de más. El año pasado fueron 80.000 millones de euros. Ahora, aún consiguiendo reducir el déficit al 4,4%, la deuda volverá a subir en, al menos otros 44.000 millones. España, que inició la crisis entre los países de la UE con menor deuda pública en términos de PIB (por debajo del 40%) va camino ya del 70% (706.000 millones). Esta es la gran penalización de los mercados. Y es que se puede tener algo de déficit y poca deuda a la vez, pero no elevar simultáneamente estos dos ratios durante una década, que es lo que está pasando. Además, con el paro también en récord, España se acerca peligrosamente a una tormenta perfecta, con alto desempleo, déficit y deuda. Los ajustes pues, son inevitables. Pero también lo es aprobar estímulos a la economía para que un mayor consumo anime la recaudación tributaria. Son las dos caras de una misma moneda. La salida solo es viable si se combinan las dos.