Análisis

Grecia: ¿disparate o tercera vía?

Portugal está llamando a la puerta de sus rescatadores para pedir una dulcificación de las condiciones de su plan de salvamento que le impusieron y que le permita sacar la cabeza de la profunda recesión en la que se ha instalado desde que el FMI, el BCE y la Comisión Europea le socorrieron supuestamente del abismo.

La OCDE acaba de revisar sus previsiones de crecimiento y para la zona euro prevé ahora un avance nimio del 0,3% del PIB para el año que viene. Hace cinco meses la subida esperada era del 2%, ¿cuál será la cifra cuando vuelva a pasar ese mismo plazo? La pregunta que queda en el aire es cuántos países europeos entrarán en recesión para que la media sea un 0,3%. España tiene bastantes papeletas, tras poner fin a tres trimestres de crecimiento y estancarse entre julio y septiembre, según la previsión del Banco de España.

Los mismos rescatadores de Portugal admiten ahora que su plan para Grecia no ha funcionado. En el mejor de los casos, al país heleno le queda una década de sufrimiento económico, ajustes e imposibilidad de financiarse en el mercado, y eso incluso si se acepta la quita del 50% para su deuda.

Pero la receta para todos sigue siendo la misma, más austeridad, reformas y privatizaciones en busca de un equilibrio fiscal que para algunos tiene la cualidad casi mágica de terminar con todos los males, pero que debe de haber perdido sus poderes, sobre todo cuando el conjunto de Europa lo aplica a la vez. En este contexto, los llamamientos de algunos expertos hacia una fórmula alternativa para reconducir a los países pecadores han caído en el saco roto de una Alemania empeñada en hacer pagar a los culpables para que aprendan la lección y decidida a que el BCE mantenga como prioridad la lucha contra la inflación.

Y, mientras tanto, un nuevo protagonista ha salido a escena. No es Alemania, ni Francia, tampoco el BCE o la Comisión Europea, sino una ciudadanía sublevada que ha tomado la calle y que no entiende adónde llevan unas medidas de austeridad que han demostrado ser del todo ineficaces para su futuro.

En este caldo de cultivo se ha fraguado la rebelión de Yorgos Papandreu y su convocatoria de un referendo para que Grecia decida por sí mismo si acepta el último plan de rescate o no. Esta decisión ha despertado las iras de Europa y el pánico en los mercados, con los bancos franceses y alemanes hundidos en la miseria y la prima de riesgo italiana cabalgando por encima de los 450 puntos básicos.

Es muy posible que la iniciativa le cueste el cargo a Papandreu, con su propio partido dividido y que se ha pasado el martes colgado del teléfono de reprimenda en reprimenda, tanto de la Unión Europea en su conjunto como de algunos de sus líderes destacados. En público, las presiones no han pasado de comunicados de Bruselas y de los máximos mandatarios de Alemania y Francia donde se "confía profundamente" en que Grecia respete los compromisos adquiridos. También los bancos han salido al paso del incendio, con otro comunicado de su patronal en el que se muestra, ahora sí, dispuesta a acelerar al máximo y cerrar cuanto antes todos los detalles del plan que llevará a muchos de sus miembros a enrolarse en una pérdida "voluntaria" del 50% en su inversión en Grecia.

Pero en privado la situación siempre es distinta y la presión para que Papandreu vuelva al redil y desconvoque un referendo que pone a Europa (una vez más) al borde del abismo sube de graduación. Y es que un no de la ciudadanía griega implicaría casi directamente la insolvencia y salida del euro de Grecia, lo que llevaría a la quiebra por contagio de varios bancos europeos y es posible que de otros países.

Pero las voces en Europa que dicen que un sí de la población helena o una desconvocatoria de la consulta tampoco garantizan nada crecen, sobre todo si el BCE no mueve ficha, como reclamaba este martes el Nobel de Economía Paul Krugman desde su blog en el New York Times. Y ya no se trata de evitar la quiebra griega, sino la italiana. Desde esta perspectiva, no son pocos los expertos que reclaman el fin de la ortodoxia germana en la crisis europea y ven con nostalgia las soluciones heterodoxas que Islandia o Argentina dieron a sus tormentas financieras.

También en su momento todo el peso de la crítica cayó sobre el Gobierno islandés, que dijo no a las reclamaciones de Gobiernos extranjeros sobre su banca y dio voz a sus ciudadanos en dos referendos históricos, o sobre el Ejecutivo argentino, que decretó la pesificación de la economía y mantuvo congeladas las tarifas de muchos servicios esenciales prestados por empresas extranjeras. El tiempo les ha dado la razón a ambos, algo que no parece estar sucediendo ni con Grecia ni con la crisis del euro. Quizá el movimiento de Papandreu no haya sido todo lo diplomático que se requiere en las esferas europeas y puede que no llegue muy lejos, pero quedará la llamada de auxilio y a la reflexión que lo ha provocado.