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Columna
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Diez años que conmovieron al mundo

Los aniversarios tienen la virtud de permitir hacer un alto en el camino, sentarse a su vera y evaluar los cambios operados. Y ello, en este turbulento final de verano de 2011, es más necesario que nunca. Siendo cierto que los humanos sobredimensionamos los acontecimientos que nos toca vivir, no me cabe la menor duda, no obstante, que los diez años transcurridos desde septiembre de 2001 han significado la emergencia de una nueva economía mundial, resultado de hechos acaecidos más atrás, en 1989, cuando cayó el Muro de Berlín. Cuatro son los aspectos que definen lo más sustancial de lo sucedido desde 2001, todos ellos vinculados, directa o indirectamente al colapso de la URSS.

El primero, si más no para nosotros, es, a pesar de sus problemas, la consolidación del euro. Y aunque el proceso tuvo lugar, fundamentalmente, en la pasada década, no puede olvidarse que fue la reunificación alemana la que permitió su nacimiento, merced al apoyo francés a la nueva Alemania a cambio de la pérdida de dominio del marco. No obstante, lo acaecido en estos años ha alterado el núcleo de ese histórico acuerdo. Y así, ha emergido una nueva Alemania, desacomplejada de su pasado histórico, que ha tomado las riendas de la crisis en la eurozona y que está definiendo, a su imagen, lo que acabarán siendo, esperémoslo, los Estados Unidos de Europa.

Además, estos diez años han contemplado, también, profundos cambios en el pensamiento económico y en los modelos sociales occidentales a él vinculados, también ligados indirectamente a los hechos de 1989, pero que no se desplegaron en su totalidad hasta los 2000. Me refiero a la aparente victoria de las tesis neoliberales acerca del papel del Estado y la regulación desde los noventa hasta la crisis financiera y, con el estallido de la burbuja de la deuda, su derrota más amarga. Y aunque hoy estamos frente a la necesidad de reducir el peso del sector público, la profundidad de la crisis, y las razones últimas que la explican, sugieren que el modelo de capitalismo anglosajón ha sufrido un duro revés, mientras que, por el contrario, el capitalismo renano emerge como una alternativa mucho más sólida.

Los dos últimos aspectos que definen la década son dos caras de la misma realidad. El primero, la pérdida de peso de EE UU que, de ser el acreedor del planeta, ha pasado a situarse como su principal deudor. Aquí, también, las señales de cambio son anteriores a 2001, aunque se han manifestado con rotundidad en los 2000. Y así, de la hipermegasuperpotencia americana de los años noventa se ha pasado a otra situación donde el dólar ve amenazado su dominio o se reduce el rating de su deuda pública. Además, en una economía en la que el consumo privado explica más del 70% del PIB, el descenso de los salarios reales solo se ha podido contrarrestar por el aumento de la deuda familiar, de la que la crisis de las subprime fue la punta del iceberg.

Finalmente, pero no por ello menos importante, el gran cambio de los 2000 es la explosión de los países emergentes. Una cifra resume lo sucedido: en 2001, China tenía unas reservas internacionales en el entorno de 100.000 millones de dólares. Diez años más tarde, su volumen se sitúa no muy alejado de los 3 billones. Y con una parte, no menor, cerca del 60%, en pasivos americanos. En suma, el mundo regresa a su estado natural, con un PIB mundial crecientemente concentrado en Asia, como fue habitual en los 4.000 años que precedieron a la Revolución Industrial.

Pérdida de peso del dólar, de la visión anglosajona del capitalismo y de la propia economía de EE UU, emergencia del área del euro y, en especial, creciente dominio de los países emergentes. Ha sido, ciertamente, una década que ha cambiado al mundo. Pero ninguna de estas transformaciones podría explicarse sin el tsunami provocado por la caída del Muro, un terremoto cuyas consecuencias no se dejaron sentir plenamente hasta la década que se inició con el 11 de septiembre de 2001.

Josep Oliver Alonso. Catedrático de Economía Aplicada (UAB)

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