TRIBUNA

¿De verdad ha fallado el mercado?

Me resisto a considerar la crisis económica que padecemos como algo inevitable. Quizás sea eso lo que interesa hacer creer desde determinados estamentos, muy afanados en mostrar el viejo señuelo del liberalismo o el exceso de mercado como los agentes principales de la debacle, a la par que insisten en reclamar nuevas medidas intervencionistas para impedir que este estado de cosas vuelva a repetirse. Probablemente, el discurso forma parte de ese análisis instalado en la geografía de lo políticamente correcto, pues los defensores del mercado suelen aparecer retratados como moralmente atrofiados, debido a su insistencia en una eficiencia económica que soslayaría otros valores prevalentes. De esta manera, un problema de perfiles tan complejos se despacha con una sola palabra: codicia. Una codicia a la que los poderes públicos habrían tenido que poner remedio mediante dolorosas pero inevitables intervenciones que retornaran a su cauce natural las embravecidas aguas de un mercado desbocado y enloquecido.

No creo, sin embargo, que toda la explicación que requiere este funesto ciclo económico en el que nos hallamos pueda ser zanjada de una manera tan simple. Es más, empiezo a sospechar que puede haber sido un exceso de intervencionismo el que nos ha conducido a esta situación tan lacerante y que la reacción estatal de apoyo a las entidades financieras en quiebra (ayudas de emergencia, préstamos sin interés o subvenciones) ha empobrecido a aquellos otros agentes económicos más responsables y capaces, impidiéndoles emplear esos ingentes recursos de una manera más eficiente y sensata.

También es moneda común apuntar a las entidades financieras y a su desmedido afán de lucro como la causa del mal causado de la crisis que padecemos. Algo de eso ha existido. Pero resultaría ingenuo pensar que en ello no hayan tenido su buena parte de responsabilidad los Gobiernos y los bancos centrales. F. A. Hayek, Nobel de Economía, basándose en la teoría desarrollada por L. V. Mises, y en la experiencia proporcionada por la Gran Depresión, ya nos advirtió sobre la inconveniencia de unos tipos de interés artificialmente bajos, provocados por las políticas inflacionarias de los bancos centrales y que inducen a la toma de decisiones erróneas. Para Hayek, en un mercado libre, las señales que este emite pueden apreciarse sin interferencias. Si los consumidores ahorran es que están dispuestos a gastar menos en el presente inmediato y los inversores ven un indicio de ello en la baja tasa de interés, por lo que invertirán en fases productivas a más largo plazo.

Pero, como bien ha apuntado W. Garrison, cuando en la economía intervienen los bancos centrales, la baja tasa de interés no refleja ya la verdadera voluntad de los consumidores de retrasar sus compras, y los inversores son inducidos a invertir sus recursos en fases anteriores de la producción, con el desbarajuste que todo ello comporta. En unidad de acto se puede tener más inversión y menos consumo, o menos inversión y más consumo, pero no ambas cosas a la vez. Sin embargo, con su intervención, las reservas federales tratan de lograr ambos objetivos, empujando a la economía a transitar en dos direcciones excluyentes y creando una descoordinación sistemática de fatales consecuencias. A su través, los recursos serán mal invertidos, pues no se dirigirán a satisfacer los deseos de los consumidores, sino a responder a indicios falsos, mutilando la mano invisible smithiana capaz, por sí sola, de equilibrar suavemente el mercado. Y eso, por no hablar de la acerba crítica que M. Rothbard ha dirigido a los sistemas bancarios occidentales de reserva fraccional en los que si las entidades financieras no pueden hacer frente a las obligaciones contractuales asumidas con sus clientes, se les considera tan solo unos insolventes justificados, en lugar de unos desfalcadores atrapados con las manos en la masa. O el olvido de las tesis ricardianas sobre el dinero, en cuya virtud, un aumento de su suministro no provoca ningún beneficio social, al no tratarse de un bien de consumo, sino de un medio de intercambio. Demasiados olvidos para quienes se aferran a la idea de que la intervención administrativa, avalada por las mayorías democráticas, puede, por sí sola, rechazar las leyes económicas más elementales y la justicia esencial de un mercado libre que supone un sistema de cooperación social pacífico, infinitamente superior a otras alternativas basadas en la coacción, que empobrecen a la mayoría y que contribuyen a una peligrosa concentración de poder político.

J. Andrés Sánchez Pedroche. Rector de la Universidad a Distancia de Madrid