COLUMNA

No escampa

La evolución de la economía española muestra un perfil plano. Si uno analiza la evolución de los indicadores mensuales de actividad y de demanda y estima sus tendencias, observa que los indicadores que a mediados del año pasado mostraban tendencias decrecientes la siguen teniendo ahora y que aquellos que entonces mostraban indicios de recuperación, o bien porque tenían tendencias crecientes o bien porque el ritmo de caída de sus tendencias se había reducido sustancialmente, han abandonado esa mejoría y en el mejor de los casos muestran una tendencia con tasa de crecimiento constante y pequeña. Y eso es así en todos los componentes de la demanda y en todos los grandes sectores de producción. Con estas tendencias, el crecimiento este año se situará por debajo del 1%, insuficiente para crear empleo.

Las causas de esta situación recesiva que se prolonga ya más de tres años se encuentran en: primero, la restricción crediticia; segundo, la crisis de confianza; tercero, el elevado endeudamiento de los agentes económicos, y cuarto, la consolidación fiscal.

Sobre la crisis de confianza y, en parte también, sobre la situación crediticia planea con creciente inquietud la crisis de la deuda soberana de los países periféricos europeos, que está elevando sustancialmente la prima de riesgo. La situación alcanzada es el resultado de un cúmulo de irresponsabilidades de los dirigentes políticos: los griegos, manteniendo un sistema fiscal insostenible que ocultaban con ingeniería financiera; los irlandeses, que tomaron la decisión de asumir como propias y echar sobre los hombros de los ciudadanos y de la floreciente economía productiva las consecuencias de la arriesgada conducta de unos pocos bancos, y ahora la de los dirigentes europeos, que no han abordado con rigor la crisis griega y se han dedicado a ganar tiempo no se sabe con qué objeto.

El último acuerdo parece ser un paso en la buena dirección, reestructurando la deuda griega (un reconocimiento de que Grecia no podía hacer frente a su deuda), implicando a los mantenedores de títulos de ese Estado (a lo que había habido muchas resistencias) y estableciendo mecanismos para socorrer a aquellos cuyos balances sufran excesivamente por la reestructuración de la deuda griega. No es seguro que estemos a las puertas de una estabilización de los mercados de deuda soberana, pero, aunque tarde, se ha avanzado. La presión sobre España podría aliviarse, aunque no es seguro debido al deterioro alcanzado y a la falta de credibilidad de los dirigentes europeos.

Una prima de riesgo de emisor por encima de los 300 puntos básicos indica una escasa confianza en el Reino de España. Esta se debe a las dudas sobre la capacidad de las Administraciones públicas españolas para cumplir, aunque solo sea de forma aproximada, los objetivos de déficit de su Programa de Estabilidad. Si se alcanzaran en 2011-2014 los objetivos de déficit primario implícitos en dicho Programa, incluso si se registrara una desviación al alza de medio punto del PIB, y si el crecimiento fuera algo menor (también medio punto menor) del que el Gobierno prevé, una prima de riesgo de 150 puntos básicos permitiría estabilizar el nivel de endeudamiento en 2014 en el 70% del PIB, menor que la mayoría de los países de la Eurozona. Que la prima de riesgo se sitúe por encima de los 300 en lugar de 150 muestra que se desconfía en la capacidad de cumplir el citado Programa (y/o en que la crisis bancaria no vaya a generar nuevos pasivos públicos). Y eso supone un serio obstáculo, pues habría que dar una nueva vuelta de tuerca al déficit total para generar el mismo déficit primario. Si no, se pone en peligro la estabilización de los niveles de deuda. Peor si los mayores tipos de interés produce un crecimiento aún menor.

La desconfianza es en parte por contagio (desconfianza en los países del Sur del continente), pero también hay algo de castigo, a ellos mismos y a los gobernantes españoles, por haberse creído la solidez de la economía española que diagnosticaban muchos analistas y proclamaba el necio triunfalismo de los dos últimos presidentes de Gobierno. Lo desgraciado es que, pese a mi pesimismo crónico, creo que los objetivos del déficit del Programa se cumplirían con una prima de riesgo menor.

Para ensombrecer aún más el panorama aparece la irresponsabilidad de los políticos estadounidenses, los republicanos sobre todo, que tampoco quieren afrontar el problema del déficit federal. ¡Con lo que se avanzaría en su solución imponiendo un impuesto sobre los derivados del petróleo similar al de los países europeos, que contribuiría, además, a la reducción de la emisión de CO2 en EE UU, el país más contaminante del planeta!

Carlos Sebastián. Catedrático de Fundamentos del Análisis Económico de la Universidad Complutense