COLUMNA

Retos en el norte del Mare Nostrum

Los países de la ribera norte del Mediterráneo están sufriendo una oleada de crisis que rivaliza con los serios cambios que experimentan sus vecinos del sur. Desde los Dardanelos al Algarve, desde Alejandría (por lo menos) hasta Casablanca, toda la región se enfrenta a una etapa crucial de su historia. Los países norteafricanos encaran una transformación político-social urgente. El norte desarrollado, compuesto por antiguas metrópolis de la colonización del sur, se cuestiona su pertenencia a la Unión Europea, talismán hasta ahora de la reconstrucción tras la ruina de la Segunda Guerra Mundial y las dictaduras de diversa gama fascista. Por una vez desde el Imperio Romano, el Mare Nostrum está íntimamente unido.

Contra lo que pudiera hacer creer la dureza de los enfrentamientos y los cambios drásticos en Túnez, Egipto y Libia, además de las tensiones en el estricto Oriente Próximo, la presión que sufren las sociedades europeas de la ladera norte es formidable. Amenazan con modificar el tejido no solamente nacional de cada país, sino de todo el contexto de la Unión Europea. Si históricamente se ha creído que no es posible una Unión Europea sin una coalición sólida entre Alemania y Francia, Europa no puede progresar en la era de la globalización sin la estabilidad de los países mediterráneos y su inserción sin fisuras en la integración continental. Pero cada uno de los países en cuestión rivaliza en presentar grietas en su arquitectura política y económica (por no hablar de la social) y en su anclaje en la Unión Europea.

La oleada de problemas comenzó en Grecia, paradójicamente la cuna de la democracia, al revelar su bancarrota financiera. Los niveles de déficit en casi todos los indicadores convirtieron al país en una dependencia de los organismos internacionales. Las ayudas financieras subvencionadas por los países ricos del norte provocaron resquemores en Berlín y otras capitales, al agotarse su paciencia por cubrir las veleidades sureñas. La última víctima del desastre de sus finanzas ha sido Portugal, donde el sismo económico se ha cobrado la notable víctima de la dimisión del primer ministro, José Sócrates.

El caso de Portugal es especialmente sintomático. El país ha conseguido en su larga historia mantenerse incólume a las tensiones regionales y presiones de nacionalismo de su vecino, España. Portugal, el Estado-nación más antiguo de Europa, podría sentirse protegido en su saudade atlántica, aunque fuera engullido en gran parte por las inversiones españolas. Además, la crisis portuguesa puede al mismo tiempo aumentar la inestabilidad financiera española, tanto por efecto de dominó como por directo impacto de las dificultades de las empresas españolas establecidas en las desembocaduras del Tajo y el Duero.

Cuando parecía que la espada de Damocles del control del FMI había respetado a España, los indicadores no predicen una mejoría más allá de 2012, mientras el desempleo sigue firme alrededor del 20%. El anuncio de la renuencia del presidente Zapatero a presentarse a una tercera elección no ha conseguido calmar los ánimos. Por el contrario, ha acrecentado la incertidumbre por las demandas de la oposición del Partido Popular para un adelanto de las elecciones legislativas. Paradójicamente, el sector más alarmado por esta expectativa es precisamente el empresarial, que no considera oportuna esa distracción política cuando la urgencia se basa en la aplicación de las reformas económicas y los ajustes presupuestarios programados por el Gobierno, bajo la presión de sus socios en la UE y Estados Unidos. La quiebra de la octava potencia económica del mundo rebasa el nivel de la anécdota.

Pero los otros dos Estados mediterráneos miembros del G-8, Francia e Italia, también se enfrentan a sus especiales desafíos. La crisis del norte de África ha impactado contundentemente en París y Roma, aunque en este caso ha sido la minúscula isla de Lampedusa, donde han desembarcado millares de refugiados huyendo predominantemente de Túnez. Berlusconi ha intentado presionar a la UE para que se haga cargo de la diseminación de esta invasión por toda la geografía europea. Pero, de momento, sus socios se han mostrado reticentes, en un ejercicio más de ambigüedad que se ha revelado espectacularmente en la absoluta falta de sintonía ante la erupción del volcán libio. Roma ha cuestionado su pertenencia a la UE.

Francia se ha movido por el protagonismo estelar del presidente Nicolas Sarkozy. El Elíseo fue el primero en reconocer a los rebeldes libios (sin siquiera alertar a la UE), en prácticamente una ruptura con Gadafi. Reactores franceses fueron los primeros en disparar para lograr la imposición de la zona de exclusión aérea en territorio libio. A pesar de que Reino Unido se ha unido activamente a esta acción, controlada al principio (y ahora) por Estados Unidos, el tándem Londres-París ha sido abandonado por Berlín, donde Angela Merkel cuida sus espaldas electorales. El mismo problema tiene Sarkozy con el avance del ultraderechista partido de Jean-Marie Le Pen, ahora liderado por su hija Marine (quien ha amenazado con la salida de la UE y el abandono del euro, chivo expiatorio de conveniencia). Sarkozy ha replicado con la prohibición del velo integral a las mujeres musulmanas en espacios públicos.

Para terminar de redondear los dilemas europeos, la OTAN ha recibido la patata caliente de Estados Unidos y comienza a comportarse como una Unión Europea bélica, sin nadie al timón, imposibilitada de lograr un consenso bajo la cimitarra de la unanimidad. Se dice en Bruselas que para una OTAN así ya tenemos una UE. Pero el problema es que, en las actuales circunstancias, no sabemos para qué. Siempre existe la esperanza de, como en otras ocasiones en la historia, la UE escarmiente y reaccione.

Joaquín Roy. Catedrático Jean Monnet y director del Centro de la Unión Europea de la Universidad de Miami