EDITORIAL

El largo camino que le espera a Portugal

Los ministros de Economía de la UE han hecho públicas las líneas preliminares del plan de ajuste que Portugal deberá llevar a cabo a cambio de un rescate cifrado en unos 80.000 millones de euros. La reunión del Ecofin se ha saldado con una severa lista de deberes que el país deberá desarrollar en los próximos tres años. El plan -cuya aprobación está prevista para el próximo mes de mayo- incluirá, entre otras condiciones, la imposición de un "ambicioso" ajuste fiscal, la puesta en marcha de reformas destinadas a acabar con las rigideces de los mercados laboral y de bienes, el establecimiento de un amplio programa de privatizaciones y la implementación de un paquete de medidas destinadas a salvaguardar la liquidez y la solvencia del sistema financiero.

Si alguien se permitía dudar de la firmeza de la disciplina comunitaria frente a la portuguesa, la reunión de los Veintisiete ha despejado toda incógnita. Como se esperaba, el plan de ajuste que Portugal llevará sobre los hombros el próximo trienio será bastante más estricto que el que tumbó el Parlamento del país el 23 de marzo y dio lugar a la dimisión de José Sócrates. En palabras del ministro finlandés de Economía, Hyrki Katainen, no hay duda de que sin un programa de ajuste lo suficientemente espartano "no tiene sentido avalar el crédito de nadie". Una seria advertencia que los ministros dirigieron tanto al Gobierno saliente de Sócrates como a la oposición. No en vano, los préstamos están supeditados a que las elecciones del próximo 5 de junio den lugar a un Ejecutivo luso con capacidad para adoptar y aplicar a rajatabla la consolidación fiscal y las reformas estructurales acordadas. Ya fuese entre pasillos o en declaraciones públicas, el mensaje lanzado en Budapest ha sido unánime: se ha acabado el tiempo; ahora toca trabajar en serio.

La advertencia de los Veintisiete a Portugal no es baladí. Precisamente, una de las dudas que se abren tras el acuerdo es si el futuro Ejecutivo portugués tendrá capacidad política suficiente para imponer a la opinión pública un programa de medidas draconianas que abren una larga senda de sacrificios. La dura tarea que espera al equipo de Gobierno que salga de las urnas es implementar, por impopular y doloroso que ello sea, un plan de ajuste destinado a recuperar a medio y largo plazo la economía portuguesa. No queda otro camino, pese a que desde la propia Bruselas comienzan a oírse voces técnicas que ponen en duda si las recetas impuestas a una economía con graves problemas estructurales darán los frutos esperados o si, por el contrario, pueden convertirse en una suerte de vacuna que mate involuntariamente al paciente.

Al margen de esos recelos, una cosa sí es cierta: a España le conviene que las incógnitas sobre Portugal se resuelvan lo antes posible. Pese a las repetidas manifestaciones sobre la ausencia de posibilidades de contagio de las autoridades comunitarias y la respuesta de los mercados, que han establecido diferencias claras entre España y Portugal, cuanto antes se ponga en marcha el plan de ajuste la posición española será más fuerte.

Una de las lecciones positivas a extraer de la crisis portuguesa respecto a anteriores rescates es precisamente el hecho de que los mercados financieros han aprendido a ver las diferencias que existen entre las economías de la zona euro, una circunstancia que ha beneficiado a España. El mensaje que el Ecofín ha querido reiterar en la localidad húngara de Gödöllö es que Portugal cierra definitivamente el capítulo de la crisis de deuda soberana europea y permite pasar página. Es de esperar que ese mensaje se confirme con el tiempo. Como también lo es el que, de cara al futuro económico de la región, los rescates financieros eviten el riesgo de consolidar y perpetuar una dualidad económica y una dependencia financiera entre los países de la zona euro que no beneficia a nadie, y avancen en la búsqueda de fórmulas que permitan, en lo posible, estrechar las diferencias.

Para las empresas españolas, el capítulo que se abre en el país vecino supone la oportunidad de participar en la ejecución de algunas medidas del plan de ajuste; es el caso del programa de privatizaciones que el futuro Gobierno luso deberá llevar a cabo. Todo ello dibuja importantes perspectivas para aquellas compañías que mejor se posicionen de cara a ese proceso. Un gran reto al que responder.