COLUMNA

¡Guardaos de los idus de marzo!

Este viernes tuvo lugar el penúltimo acto de la tragedia en que se ha convertido el futuro del euro. Y en la cumbre del 24/25 de marzo quizás termine la obra, y su final alumbre un nuevo orden. Pero permítanme que lo dude. Y ello porque las posiciones alemanas y las del resto de la Unión están demasiado alejadas. Los mercados están ya anticipando empate: esta semana el coste de la deuda para Portugal, Grecia e Irlanda ha alcanzado máximos históricos, y el de España e Italia también se ha elevado. Así, el Gran Acuerdo de enero se ha desdibujado, al igual que lo propuesta franco-alemana de pacto por la competitividad de febrero. Y no parece que las presiones de Estados Unidos (el secretario del Tesoro, Timothy Geitner, estuvo en Berlín a principios de la semana) vayan a modificar la posición alemana.

En este contexto, la rebaja del rating griego al nivel de los bonos basura, la demanda irlandesa de revisión del plan de salvamento de diciembre, la amenaza sobre Portugal y la reducción del rating de España, planean sombríamente sobre esas cumbres. Además, hay que añadir la presión del Banco Central Europeo (BCE), que desea un cambio del Fondo de Estabilidad que lo libere de sus compras de deuda soberana: el anuncio de posibles alzas de tipos de interés no puede separarse de su posición.

Por parte de los antagonistas a Alemania, se defiende la ampliación del Fondo de Estabilidad y su utilización para la compra de deuda o para suministrar créditos, que deberían permitir su adquisición y reducir así la carga financiera. Pero Alemania no afloja. Se argumenta que la canciller Angela Merkel no está dirigiendo Europa tal y como sería necesario. Es decir, poniendo más dinero de sus contribuyentes. Y es cierto que el Gobierno alemán está mirando con el rabillo del ojo las próximas elecciones. Pero, ¿no es lo que hacen todos los países? No hay que olvidar que el euro se introdujo cediendo a la presión de François Mitterrand, que intercambió su apoyo a la reunificación alemana por la dilución del marco en la moneda común, un sueño largamente acariciado por Francia, al que Alemania siempre se había negado. Y, por ello, no debe extrañar que en 1998 cerca del 70% de la opinión pública alemana estuviera en contra del euro, una proporción no muy distante del 60% de alemanes que desearían hoy recuperar su vieja moneda.

En Alemania, el parlamento, organizaciones empresariales, partidos políticos y economistas de prestigio se han posicionado en contra de que la Unión Monetaria devenga una unión de transferencias, desvirtuando así la cláusula de no salvamento establecida en el Tratado de Lisboa. Y se reafirman en las condiciones exigidas por Alemania para ampliar en la fase actual el Fondo de Estabilidad y, a partir de 2013, convertirlo en permanente.

En síntesis, quita de parte de la deuda en manos del sector privado en el salvamento de países en bancarrota, negativa al uso del Fondo de Estabilidad como emisor de eurobonos o como prestamista de Gobiernos en dificultades, mayor control de las finanzas públicas y pacto constitucional para prohibir los déficits estructurales, vinculación de crecimiento salarial al de la productividad y alargamiento de la edad de jubilación, vigilancia del crecimiento del crédito y de los desequilibrios externos. En suma, pacto por la competitividad, estabilidad en las finanzas públicas y control de los desequilibrios macroeconómicos por el directorio germano-francés. Algo muy difícilmente aceptable por Gran Bretaña y, parece, por muchos otros países.

No parece que el consenso se vaya a alcanzar. Y si no se alumbra un nuevo orden monetario en Europa, me temo que España va a verse inmersa de nuevo en turbulencias financieras indeseables. Los elevados intereses de la deuda griega a 3 años (han superado el 17,5%) anticipan su inevitable reestructuración. Y con Irlanda y Portugal en la trastienda, España, y también Italia y Bélgica, inevitablemente volverán a sufrir. Ojalá este sufrimiento sea el preludio de un acuerdo posterior que hoy no parece posible. Pero, en el ínterin ¡guardémonos de los idus de marzo¡

Josep Oliver Alonso. Catedrático de Economía Aplicada (UAB)