TRIBUNA

Bienvenida, España, al euro

Creíamos que sabíamos de qué se trataba el euro cuando lo lanzamos en 2002. Comenzamos a gastar esos billetes y monedas nuevos, con un significado casi patriótico para los europeístas. vivimos el redondeo, pero de todas formas estábamos ilusionados con la nueva moneda y con lo que significaba para España y para Europa.

Y los primeros años del euro aportaban los beneficios que esperábamos. Los tipos de interés bajaron a niveles históricos. El comercio aumentó, la inversión extranjera subió a nuevos máximos y España vivió una etapa dorada de crecimiento y rápidos aumentos de renta. Casi se nos puede perdonar por haber creído que pertenecer al euro eran todo ventajas. Nos equivocamos.

Desde el principio, el euro no eran billetes bonitos, sino una renuncia para siempre a dos herramientas fundamentales que habían ayudado a los países miembros a equilibrar sus economías: los tipos de interés y los tipos de cambio.

De los tipos de interés casi no nos preocupábamos. Cuando los tipos bajaban con el euro, el crédito abundaba y vivimos el boom inmobiliario, crecimiento alto y creación de empleo. Decidimos no tomar las decisiones duras de política fiscal que hubieran podido reventar a tiempo esa burbuja y controlar la inflación.

Y del tipo de cambio nos preocupábamos poco. Era un alivio deshacerse de esa peseta débil y cambiarla por un euro de prestigio, cada vez más fuerte en los mercados internacionales.

Sin embargo, el euro en el fondo siempre tenía que ver más que estos últimos que con los billetes y monedas. El euro significaba que economías muy distintas, de pasados económicos muy diversos, se unían a través de una moneda. En vez de refugiarse en sus tipos de cambio para poder competir, se tenían que apoyar en la competitividad real de la economía. Si subían demasiado los costes o los salarios, si la productividad no avanzaba, no se podía arreglar la situación devaluando la moneda. Había que hacer los ajustes que hicieran falta para poder competir dentro de una misma moneda.

Lo curioso es que países con problemas crónicos de competitividad como España, Portugal o Grecia olvidaran antes de empezar lo que realmente suponía pertenecer al euro. En cambio, los países más competitivos se mentalizaron desde el principio. Alemania se esforzó en controlar costes laborales unitarios, alargando horas de trabajo y aumentando productividad para mantener su competitividad. Reformó su Estado de bienestar para reducir el déficit y eliminar incentivos para no trabajar. Mientras tanto, España vivió alegremente los años de bonanza, sin plantearse lo que suponía pertenecer a la misma moneda que Alemania.

En realidad, podríamos ver las crisis de las últimas semanas como el inicio real del euro para España y otros países del sur. Ahora es cuando se ve lo que significa compartir esta moneda.

Y lo que significa puede ser poco agradable. Si han subido demasiado los costes laborales, no tenemos más remedio que bajarlos. Si nuestra baja productividad nos ha hecho perder competitividad frente a los países con los que compartimos moneda, no tenemos más remedio que subirla. Sin un tipo de cambio para ajustar, nos quedan las herramientas más dolorosas e impopulares para restaurar la competitividad e inyectar vida a la economía: reformas laborales, recortes de salarios, cambios de raíz en programas como el subsidio del paro o las pensiones, cambio en el modelo de negociación colectiva. Si una política o una institución nos restan competitividad, no nos podemos esconder detrás de una devaluación para evitar las reformas. Las tenemos que hacer.

Y si estamos en recesión, no podemos devaluar para recuperarnos por la vía de las exportaciones. No podemos bajar los tipos de interés. Y con las nuevas reglas fiscales que han surgido a raíz de la crisis griega, tampoco podemos levantar la economía con la política fiscal. ¿Qué podemos hacer? Reformar, reestructurar, ajustar e innovar hasta que consigamos ser competitivos y exportar de nuevo. No tenemos más herramientas. Ahora es cuando nos encontramos cara a cara con el euro por primera vez, con todas sus consecuencias.

Bienvenida, España, al euro.

Gayle Allard. Economista de IE Business School